20 de junio de 2011

No sé si cuando llueve todo es gris, o todo es gris precisamente porque llueve


Alev es una yegua de fuertes pezuñas y cierta envergadura y a la vez, suficientemente ágil como para franquear los acantilados- esa escalera de caracol que se cierne sobre el oleaje y que se ha cobrado tantas vidas-, sin caer al vacío.
Desde aquí, puedo ver las ruinas.
La yegua está pastando en la meseta. Yo hago planes. Le prometí a Roldán que el día que muriera lo enterrarían en la entraña de la madre Cimeria.

Hay siete hombres custodiando la tumba. Todos armados con espadas. Todos con el brillo en los ojos, del miedo. Debe ser extraño ver como una mujer sobre un enorme caballo surge de repente del horizonte con un ojo guiñado y una flecha, te atraviesa la garganta.
Están aquí para morir. Lo saben. Roldán no es tributo de estas gentes. Es un preso. Un preso muerto sin descanso en estas tierras áridas que nunca han amado a nadie.

Perdimos la batalla. Ganamos otras.
Cayó debajo de una horda de enemigos, porque ninguno solo era capaz de hacerle frente, sólo yo, era capaz de hacerle doblegar, y que se entregara a mí como sólo sabe hacerlo un rey.
Grabaron en su lápida “Sólo era un hombre”. Bajo el sol. Muy lejos de casa.

Un rey no es sólo un hombre. No mi rey. Que fundó escuelas en medio del desierto, donde venían los griegos a impartir filosofía, que jamás se presentó ante ninguna multitud, sino en cada hogar, cada cama de un enfermo, cada tumba de un guerrero, cada familia en descontento, que unió en sacramento, elevando puentes sobre la corriente, pueblos de pieles completamente diferentes de donde los niños los mismo nacían del color de la vainilla que del cobre, no mi rey, que antes de ser rey era mi amante, e hizo escribir en los tratados del cielo una constelación con mi nombre.

Están aquí para morir. Lo saben.