26 de junio de 2011

Zeus y la ballena mecánica


-Si no me dices qué te pasa nadie dormirá esta noche en esta casa...

Philippe está varado en el balcón mermando con los labios apretados la espuma de un cigarro y viendo secar la ropa en las ventanas calle abajo con la espalda encorvada sobre una barandilla surtida de geranios que Monique-dulce Monique-ay mi Monique cuida como a crías de cordero y amamanta con el agua de sus manos y la paciencia de una iguana bajo el sol del mismísimo Mojave.
Lleva las tirillas del sujetador de silicona y brillan como lágrimas de alguien que hubiera estado llorando en su hombro a la luz de las cocinas encendidas en el barrio, y una horquilla en la boca que ponerse en el pelo.
Se quieren desde a veces, sí a veces, no, depende de cómo hayan odiado y vuelto a amarse en espiral todo este tiempo, tanto, tiempo que de no acordarse uno del principio lo llamaron desde siempre.

-Tengo cincuenta y siete años y van a cerrar la fábrica Monique. Te estás mojando los pies.

-Sólo es agua.

-¿Dónde puede ir un hombre de cincuenta y siete años a empezar de nuevo?

-Me encanta cómo corre el agua entre los dedos de mis pies.

Hay tierra por el suelo y Monique se acaba de hacer una coleta y en su cuello brilla el plata de la luna y con el dedo, como un anzuelo, le está diciendo a Philippe ven a la cama, que mañana, tú estarás aquí y yo estaré aquí y eso es todo, lo que un hombre necesita saber para empezar, cada día, el resto de su vida.

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