13 de julio de 2011

Códex sinfónico o el átomo que dejó la puerta abierta


No tengo por qué obedecerte, voz que me hablas, yo tomaré,
mis propias decisiones de ahora en adelante.
El azul será azul, voz que me hablas, y los lirios: violetas.
Por mucho mar que sea,
el agua será agua,
y un puerto, sólo un puerto, aunque canten a coro los mástiles de barcos.

Me incitas a que alze aquí ahora y para el resto del guión una bandera blanca,
a que me rinda a tu aquelarre de promesas e incluso me susurras
canciones de amor de los ochenta con la absurda intención,
de que deje de latirme el corazón.
Voz que me hablas:
No soy idiota.
En el mar sólo hay agua y en ciertos continentes,
amazonas en cueros sobre caballos negros.
Pero sirenas no
y el agua,
es sólo agua.

Tú y yo,
voz que me hablas,
deberíamos pactar una tregua.

Se nos acaba el tiempo.
Las velas, no se apagan,
de un solo soplido desde hace,
algunos cumpleaños.

Durmamos esta noche abrazados como larvas,
callados,
medio muertos,
de miedo ante mañana, voz,
y todos sus minutos y segundos,
sintiendo en el estomago el suave balanceo de estar vivo.