15 de julio de 2011

A Isabel


Sascha y Aniuska jugaban ya a que eran, de pequeños, novios desde toda la vida aunque Aniuska tuviera sólo cinco años y a Sascha no le hubiera salido, aún ni un sólo pelo del bigote. Cogidos de la mano, recorrían cada día un luminoso sendero con horizontes malvas a las seis de la mañana, y otras veces, con nubes en el cielo que llovían sobre un paraguas viejo color guinda con flores amarillas, que Natacha Brozonsqui le había regalado a su sobrina; llegaban a la escuela y se sentaban, el uno junto al otro porque así, había sido siempre. Siempre años más tarde los domingos al cine, cargados de pistachos, que vendía el único moro de todo Sarajevo por entonces, envueltos en un cucurucho de papel de pescado donde los dos a la vez, metían la mano, mientras el Sheriff, que era siempre rubio, se cargaba a los malos, y del Saloon, salía una chica con los labios tan rojos como una manzana, y caía rendida en sus brazos. Siempre las meriendas en el parque después de trabajar, las migas a los patos, las promesas... “Me caso en septiembre”, le había dicho Aniuska a todas sus amigas. La iglesia se había quemado dos veces. Si la guerra no acababa nunca, si había que morirse, Aniuska quería recordar cuando una bala le atravesara la cabeza, que tenía un anillo en el dedo porque había, alguien que la amaba más que a nada de este mundo desde siempre.

A Sasha lo alcanzaron en la calle y en la callé cayó como una rama, seca, de un tiro entre las cejas.
Tenía una sonrisa tan bonita, que no sonó un disparo en siete días.

Era julio.
Hacía calor.