7 de julio de 2011

Nubes con forma de hipopótamos, jirafas y camellos


Nicolás cayó de bruces sobre un lecho de hojas secas, bocabajo.

A las siete y media de la tarde salía a regar los rosales del patio de la casa vieja al otro lado de las vías, donde desde pequeño, a la falda de su madre, había visto pasar tantos trenes, que a los treinta ya se había quedado calvo, y a los cuarenta, le daba igual hacer ruidos con la boca mientras cenaban sopa de letras quietos y callados, la vieja y él.
La madre era una alcayata vestida de un negro riguroso y que sólo en ocasiones mal contadas abría la boca: “Voy a morirme en siete días. Encuentra una mujer”.
A los siete días justos, antes de arrugarse del todo y por primera vez en muitos años, lo agarró de la mano y con la voz más dulce que Nicolás era capaz de recordarle, le dijo, “cuídala como a una flor”, y en un vahído, dejó escapar el último suspiro que aún le quedaba en el cuerpo y se murió.
Para entonces El Brillante, ya se había convertido en un bar de paso, porque por allí, ya sólo pasaban mercancías y la gente parecía haberse olvidado de aquel lugar, a no ser que se bajara a mear del tren de las once menos cuarto, que era el único, que misteriosamente, paraba en la estación cinco minutos.
Así que Nicolás había decidido no pintar de verde nunca más las mesas y dejar que los viajeros que tomaban su café pudieran leer sobre ellas lo que otros viajeros- y así sucesivamente desde cuando en Santa Marta la fábrica de cerámica lo movía todo- habían dejado allí escrito. Y había decidido que para qué quería una mujer si ya tenía cada una de todas las estrellas del cielo por ejemplo o por ejemplo los rosales y un manzano en el centro del patio que daba la sombra en forma de galaxia.

Y entonces llegó ella, un día, y se sentó en un banco del andén bajo la lluvia.
Sacó de un papel de aluminio un bocadillo de salami, y con la delicadeza de un pájaro lo comió lentamente mientras se le inundaban los zapatos.

Todos los días, a las siete y media, Nicolás cortaba una rosa del rosal sólo para ella. “Gaviota”, la llamaba, y dormían, como dos animales, abrazados en forma de larvas.
Con el tiempo a Micaela las ojeras se le fueron blanqueando hasta casi convertirse en dos papiros donde aún podían leerse los nombres de sus muertos sarajevos, con los que hablaba, todas las noches, mientras se destrenzaba el pelo antes de acostarse.