18 de julio de 2011

Palermo, año 1000


Esta brisa me recuerda a ti, que no existes. Tal vez la brisa tampoco. Que no exista nada. Tal vez muriera en aquel antro de mierda escondido en las montañas, de un tiro en la cabeza. Mala suerte. Si era buena, sacaba en limpio más de tres mil francos. A veces, alguien se saltaba los sesos. Nunca hablábamos de eso entre nosotros. Ni de ninguna otra cosa. Para qué.
O tal vez todo sea tan cierto como esta brisa, y por lo tanto tú también, que no existes.
Cierto que bebía cubatas a la luz de las velas escuchando a Phill Collins con Patricia, la mejor amiga de Claudia, y que un día terminamos follando en el suelo, muy borrachos, y cierto que me dijo, levantándose a mear, que sí, que el mejor que había echado en su vida.
Mentirosa.
Como esta brisa, la vez que llenamos de hojas secas de la plaza, la única habitación de la casa, no recuerdo exactamente para qué, pero retozamos encima de ellas y así estuvimos, días, Claudia y yo. Eso era cierto. Alguna vez lo fue.
Le gustaba Susanne Vega, porque vocalizaba muy bien, decía.
De cosas, que se acuerda uno.

Ordeno la cocina. Es temprano. Pongo un bote aquí, el otro allá. Bah. Hago tiempo. Intento no pensar demasiado en cómo será “ese” momento. No es que me esté arrepintiendo; pero al fin y al cabo estas serpientes llevan treinta años conmigo.
Riego las plantas. Al photo le ha salido una hojita. Ya tiene cuatro. “Hooooooooooooola”, le digo a la hojita en voz alta.
El tío de la tienda de flores me dijo que vaporizara las fucsias con agua de colillas. Los pulgones de han muerto. La planta también. Su puta madre.

Si existieras, nuestra canción preferida sería She, de Elvis Costello.

Voy al súper.
Helado de chocolate, naranjas, cuchillas de afeitar...
“Tienes un trasero precioso”
Le he dicho.
¿De verdad he dicho eso?
Sí. Paso de todo.
Ha sonreído.
Si hubiera dicho culo, me habría mandado al carajo.

Nos miraríamos en silencio, como en las películas. Si es que existes.
Por encima del amor.
Muy lejos del amor.
Lo más lejos posible.

Llego a casa.
Hay un bichito en la pared.
Lo mato con la escoba.
Por si acaso.
Como se matan tantas cosas.
Por si acaso.

Es la hora.
No habrá nadie cuando entierre a las serpientes. Sólo yo, si es que existo y una maquinita con agujas taladrándome la piel.