20 de agosto de 2011

No creo que vuelva a leer a Shopenhauer


Chuf-chuf...
Chuf-chuf...
Chuf-chuf...

Las nubes en el cielo, parecían enormes montañas con nieves a punto de sufrir una avalancha.
Con los ojos cerrados y los rayos de sol de entre los árboles pintándola por dentro de naranja mientras un tren la alejaba en la distancia, chuf-chuf en la distancia, aún podía sentir cada uno de los dedos de sus manos gigantescas trepándoles la piel como reptiles y hurgándole los poros hasta el hueso hasta que el hueso, todos los huesos, crujían como casas encantadas.
Era jueves, y se marchaba para siempre.

Pensaba en él y a veces sonreía, y el tren, se iluminaba por dentro como un átomo de Helio, como una feria con noria y carrusel, como si todas las farolas del planeta, se hubieran encendido aquel jueves a la vez. “Es que me he acordado de su lengua buscándome en la oreja el pensamiento y en cómo, lo encontraba y luego se metía sin permiso por debajo de las bragas, señora, no-me mire-así”

Follaban en el quicio de las puertas; por delante y por detrás y entre las flores del sofá; sobre la cama, bajo ella; del derecho y del revés y en diagonal, y la gente que pasaba por la calle, podía escuchar perfectamente la voz de una sirena que salía del balcón, cantándole a un Centauro esa que dice, así- así- así, contra la pared.

Nadie en el tren la vio sacar el dedo de debajo de la falda y llevárselo a la boca con una gota en la puntita que sabía entre los labios a melón y a flor de sauco, ni como cada uno de sus vellos se erizó ni cómo en cada uno, vino a posarse un pájaro ni cómo, le estalló en el vientre una tormenta y de la boca empezaron a salirle los alientos del color de las naranjas mandarinas y de los ojos un azul con olas de crestas escarpadas y flecos de leche desnatada y bordados de nácar y trenzados de espuma y bordados de luna en los volantes, chuf-chuf, en los volantes.