3 de agosto de 2011

Por entonces en Baltimore olía a fresno


Hablaba un idioma extraño conmigo que yo, porque la amaba tanto, había aprendido con el paso del tiempo y mucho ahincó a reconocer e interpretar con tremenda exactitud y aunque no la soportara ni siquiera un minuto junto a mí por la sencilla razón, de que era realmente insoportable: “ ...ro una...to.”
Eso, en su idioma, que se hablaba uniendo casi los labios hasta que de la boca sólo quedaba un agujerito, quería decir que si no le compraba una moto era una mala persona y no la quería, porque si la quisiera, le compraría una moto bonita y un casco rosa a juego para que fuera para aquí y para allá a hacer sus cosas de mujer cosmopolita; para llevarme a pie de playa y volver luego a la casa oliendo a sal, sabiendo a sal, follando a sal; para ir al trabajo; para hacerme la vida, imposible.
Porque ella era, era, era...se metería entre los coches, joder, discutiría con todo el mundo, se subiría por encima de la acera, y lo peor: nunca sacaría el intermitente y un día, llamarían a casa y alguien me diría, tenemos aquí una princesa llorando con una pierna rota que dice que venga a recogerla el amor de su vida.

Usaba palabras muy cortas, que, yo porque la amaba tanto y bla bla bla, descoyuntaba en mil pedazos hasta que, por ejemplo, de un solo “ jo...d...dre”, era capaz de y con todo acierto, extraer múltiples formatos léxicos y conjugarlos y centrifugarlos y descubrir que efectivamente se estaba cagando en mis muertos.

Podía estar así, meses.

Hace poco la vi en una moto, sin casco y con uno detrás que le iba sonriendo agarrado a su cintura, mientras cruzaban en rojo un semáforo.