25 de agosto de 2011

Tirar los dados a un barranco, y que salga 7


Habíamos terminado de tocar y estábamos sentados tomando una cerveza con cigarro en una de las mesas del salón, todavía llena de copas y platos a medio comer y manchas de vino en el mantel: “Me cago en tus muertos Luis-le dije-.¿Pero qué coño haces?”.
El tío tenía la polla en la mano y se la acariciaba y me miraba con los labios entreabiertos y los párpados caídos: “Es que me gustas tanto...”
Mira Luis, le digo, eso está de puta madre, pero tío, eres un tío, que si fueras una tía, entonces a lo mejor a lo mejor, si fueras guapa, fea no, fea encima no, que no quiero decir Luis que no seas guapo.
“Te la quiero chupar”, me dice.
Mira Luis que te voy a meter dos hostias y vamos a acabar malamente, y él me dice que que pena, que qué pena, con lo bonito que soy y lo cuánto que me iba a querer.

O cuando invité a la Macu al cine y a oscuras me cogió de la mano y yo la miré y ella me dijo “Es que te quiero”.
Pero si me conoces de hace cuatro horas, le dije.
No me soltó de la mano ni en la cola del Burger, ni en la del autobús, ni en el portal de casa, y sólo cuando la puerta del ascensor iba a cercenarle sus lindos deditos pude respirar tranquilo y escribirle un mensaje de texto antes de llegar al tercero que decía exactamente, me voy a Rusia en quince minutos.

Pero sobre todo cuando le dije a Monique que me importaban una mierda sus sueños, todos los sueños de todas las Monique del mundo.

Incluso Charles, un pastor belga viejo y peludo al que sacaba a pasear cuando Claire no estaba en Praga, me miraba suplicando una caricia que yo nunca llegué a darle. Puto perro. Me moriré de viejo y no lograré olvidarlo.

Si viviera otra vez, yo, Gato Bob, la misma vida, dejaría que Luis me la chupara y me quisiera tanto, y a la Macu, a oscuras, le metería la mano dentro de las bragas, que era lo que estaba deseando.
Cumpliría los sueños de Monique uno tras otro: la casa blanca, pequeña y blanca; los niños corriendo por el parque; cositas por las noches en la cama, lindas pero guarras, como bichitos; comprar un cerdito, y llenarlo de monedas hasta que rebosara y cumplir el sueño ciento veintitrés: Venecia.
Soplar velas. Juntos.
Llenar la casa, blanca y pequeña, de personas felices y canarios que cantaran La Traviata a la sombra de una parra de uvas pasas.