31 de agosto de 2011

Tú dices que me habita una tormenta


A veces he querido meterlo todo en bolsas de basura y arrojarlo por el balcón de mi corazón y luego pasar la fregona y que oliera todo a pino y que mi corazón, pareciera un corazón y no esto, que parece una mierda pinchada en un palo.
A veces, también he querido tirarme de un quinto.
Pero no me he tirado.
Y o sea si lo tiro todo, cuando mueva el corazón como una cajita de regalos y vea, que dentro no suena nada, ¿qué?
Y además cómo coño tiro yo a mi padre. Seguro que me mira con sus ojos de muerto.
¿Y cómo tiro Irlanda?
No he sido más feliz en otro sitio.
¿Y a Alicia? No hay huevos. Seguro que me vuelvo a rebuscar en el fondo de los cubos.
Y así es como he decidido que hoy me voy a dedicar a la marquetería: voy a ha hacer un mueblecito, con muchos cajones.
Tendrá cajones muy grandes para meter los endredones, y cajones pequeños donde diga: “Victoria”, y huela a humo, porque Victoria, de cerca, quemaba. Cajones con pomos en forma de luna y cajones pintados de celeste con puntitos blancos y una rana follándose a otra, como el tatuaje donde Claire me señalaba con el dedo, que entre aquellos nenúfares, podía escucharse si ponías atención, el pálpito divino de la vida, creciendo entre el fango.
A mi padre, le haré un cajón con almohada, donde pueda reposar para siempre su cabeza y por las noches, le arroparé con una manta y le daré un beso en la frente y le diré te amo y cerraré el cajón, suavemente.

Los que necesite.
Y algunos cajones más.
Aún puedo hacer cosas magníficas.
Incluso podría empezar, por perdonarme.