18 de septiembre de 2011

Oh. Ah. Uf.


Huele a un niño y dime que la vida, es una mierda.
No puedes.
Desatar cabos. Es eso a veces para ser feliz.
Al menos libre.
Si lo soportas.
Algo, que no sea sólo un hombre debajo de un paraguas.

(Zoom:
“Movía las caderas como una puta diosa”).

Era un piso once, con vistas al Mar,
en un viejo hotel que antes había sido,
un trasiego de putas,
bajando y subiendo ascensores con señores
gordos.
Un sitio triste, con un Mar triste, y una cocina americana.

(¿Primer plano?:
“No creo que ella supiera exactamente
en qué consistían sus manos”).

Inventé hermosos poemas, incluso.
Como este, al que titulé, Soneto impuro:

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Me hice rico.
Gané mucho dinero y me follé muchas tías.
Era, un gran soneto.

Lo perdí todo al rojo, una noche,
que me salió de los cojones,
abrir la vida pare ver
qué tenía dentro.

(Flashback:

“-¿De dónde eres?

-De Estados Unidos.

-Me recuerdas mucho a alguien.

-¿A quién?

-A alguien bonito”).

Le pregunté a una chica que.
De.
Ah.

Le dije que tú eras, un adjetivo.
La verdad era larga y complicada.
Demasiado hermosa.
Quise, tuve, ganas de.
Como cuando.
Contigo.
Tú y yo y las lombrices.
Le dije que.
Un adjetivo.
Le dije un adjetivo
mirando al suelo.


(Títulos de crédito:

Glop.
Glop.
Glop.)

La vi alejarse en la distancia.
Siempre es la distancia.
Quise correr.
Correr tras ella.
Y que viera latir mi corazón
y de mi boca,
escuchara tu nombre.