26 de septiembre de 2011

Quebec, 12 am


Es un paquete. Cuadrado. Ni pequeño ni grande. Cuadrado. Una paquete cuadrado envuelto en papel de regalo. Con ositos. Ositos con alas.

Pom pom: “Firme aquí”. Y he cerrado la puerta y me he sentado al filo del sofá a mirar el paquete cuadrado envuelto en papel de regalo con ositos con alas y un lazo rojo rojo de raso grande grande grande.
Lo miro por un lado y lo miro por el otro y lo miro por arriba y lo miro por abajo.
Tengo cuarenta y seis años, y estoy seguro de que no es una tarta.
No tiene remitente. Ninguna tarjetita. Ni siquiera una nota escrita a mano, sobre el estúpido papel de regalo con ositos mamones con alas. Sólo un ridículo y enorme y fantástico y rojo lazo rojo rojo grande grande.

Quiero abrirlo.
Quiero tirar con dos dedos de una punta del lazo y de la otra con los otros dos dedos.
Quiero rascar con las uñas el papel.
Quiero romper las solapas de cartón.
Y quiero mirar dentro.

“Cuando encuentre la luz, tú serás el primero en saberlo”. Eso me dijo, hace ya mucho Manuel Alejo el iluminado.
Creo que le vi, subir al autobús con tres niños de la mano y una india bengalí colgada del brazo, con el pelo muy negro y los ojos muy tordos. No tenía, buen aspecto, tras sus gafas de pasta, gruesas y negras.

Aunque él lo hubiera envuelto en algún tipo de papel reciclado, con el logo de alguna ong, y olería seguramente a mirto o especias mozárabes, quién sabe, si a mierda de ñu.

No es la luz.

No suena. Lo agito y no suena. Lo agito más y no suena más porque es que no suena y no suena y mi ceño se frunce y mi boca se aprieta y lo pongo otra vez sobre la mesa.

Ojalá fuera de mi padre. Pero mi padre está muerto, y eso hace prácticamente imposible que alguien corrija sus errores.

Si lo abro y es de Marta lloraré y será asqueroso y húmedo y me picará la cara y para qué, si Marta se casó con un dentista y tiene una pista de tenis para ella sola.
Si lo abro y es de Alicia lloraré y será también asqueroso e inútil y además lloraré sobre mojado y me iré a por chocolate a la nevera y apagaré todas las luces y me saldrán granos.
Si lo abro y es de la mujer topo, después de llorar abriré el cajón de la mesilla, le quitaré el seguro al Magnun y apretaré el gatillo. Han pintado el salón hace muy poco. Me gustaba ese color.
Si lo abro y es-Dios mío de Ana-Dios mío, de Ana-, me tiraré también al suelo. Me dejaré los dientes en el suelo y mis tripas resbalarán entre las juntas de las baldosas y cruzarán por debajo la puerta y caerán escalón por escalón hasta el portal y hasta la acera y hasta el cruce de Armitach con Pérez de Laguna donde un coche gama alta con las ruedas muy limpias las aplastará hasta convertirlas en un bonito cromo sobre el asfalto que la lluvia cuando llueva arrastrará hasta la autopista.
Tampoco es de Cecile. Todas juraron escupir sobre mi tumba. Alguna ni siquiera esperó a que me muriera.

En los últimos diez años me he mudado quince veces sin contar los hoteles, los bancos de los parques, ni las casas de putas.
Y no creo que esta ciudad sepa que existo.

¿Por qué no te relajas jimmy Boy-me digo- y te vas a mear y cuando vuelvas te haces un porro de los gordos, y piensas en cómo has llegado hasta aquí?

Yo quería tener una familia. Pagar una hipoteca. Celebrar el día de reyes.
La culpa es del tipo del espejo.
Me la sacudo y cuando vuelvo de mear, ahí está, claro, ¿dónde, si no?, encima de la mesa, con su puto lazo rojo.

Si fuera una bomba haría tic tac. Digo yo.
Si fuera un tomate haría...haría...
Un tomate no creo.
Si fuera un...necesito otra copa antes de abrirlo.

Slurp slurp slurp. Ahsssssssssssss...Toc.

A la mierda el lacito rojo rojo.
A la mierda los ositos con alitas.
A la mierda el papel de burbujitas.

¿Te conozco, maldito hijo de puta?, me pregunto en voz alta, con la bola ocho entre las manos, de una mesa de billar.