26 de septiembre de 2011

Veinticinco puñaladas


...y como una auténtica zorra, se acerca de puntillas por detrás mientras junta con milimétrica e indiscutible precisión galimatea la punta del dedo anular de su mano izquierda a la punta del dedo anular de su mano derecha, y me revienta un grano de la espalda con la sangre fría de un sicario hasta que me abro yo en canal y de los ojos se me escapan dos estampas del lago de los cisnes, mejilla abajo y grito mi segundo recurso literario-“¡Coño coño coño coño, para, que me duele!”- y me dan ganas de: retorcerla y rebanarla y licuarla y ebullirla y flambearla y atarla al mástil de un carguero portugués que lo naufrague un torbellino y se lo trague, ganas de invocar un concierto de palomas que se beba luego el mar y se vaya volando en zig zag a otro planeta con la sal en el buche, ganas, de arremeter contra su aorta con los dientes y sacarle el aliento por la boca y escupirlo en un pozo de petroleo en el justo momento en que, pasa por allí la cola de un cometa y prende todo, todo, todo, ganas de clavarle en el labio el ancla de un buque, las ruedas de un camión, un ejército de anzuelos, un panzer, el Concorde, y dejar que una bola de plomo se la lleve hasta el fondo.

“Ya está”. Me dice.

Ya está. Un grano menos. Porque le sale del coño. Ya está y sonríe. Yo ya está y me duele. Ella ya está y sonriendo me suelta en toda la cara que ha visto un vestido que le gusta. Yo ya está y me quiero levantar corriendo a mirar la cuenta del banco. Ya está. Un grano y a saber cuántos números rojos. Ya está y se levanta de un saltito y de otro, aparece vestida con nosemuchos euros de raso y de bordados virtuosamente labrados sobre una tela acorde a su personalidad, de nombre inglés y capullos de gusano. Ya está y quiero que una nave estelar y misteriosa me rescate de aquí, me cruce en brazos la galaxia, lejos de sus apocalípticos planes para acabar con mi especie entre grandes y terribles sufrimientos que seguramente se alarguen en el tiempo, indefinidamente, sólo porque un viento le dijo que, ese, era mi destino.