23 de septiembre de 2011

Y un pañuelo de lunares


Que Coraline Fontana ya no era una mujer. Eso decían.

“¿Cómo soy de bonita?”
Se habían sentado en el tejado y Coraline miraba las estrellas como si no las hubiera visto nunca, de nunca.
“¿Más que la luna?”.
Entonces se giró y de sus ojos que brillaban como charcos brotaron como almendras sobre el Zinc dos lágrimas enormes de al menos siete kilos cada una y él, le dijo que era mucho, pero mucho mucho mucho mucho más bonita que la luna. Que una mierda pa la luna.

La fiebre le arrancó la piel a tiras.
Podía adivinarse cada hueso.
“Cómeme el coño Silos, aquí, bajo esta luz, ahora”. Él aún no lo sabía.
Estuvo cuatrocientos once días en la cama.
Se pintó los labios todos ellos.
Jugaron al parchís hasta borrarle los colores a la tabla e hicieron caminitos, de arrastrar fichas, que dejaban salir pelusas de cartón que se iban volando a enredarse en las cortinas.

“Silos-le dijo un martes a la cuatro de la tarde-no quiero ir más a donde el cobre”.
Después de la sesión todo lo que comía si comía sabía a cobre, el agua que bebía, el aire, y las manzanas.

La gente que venía a visitarla bajaba el ascensor diciendo en voz bajita que aunque Coraline Fontana se pintara los labios de rojo Pamengué...

Ya no perdía kilos, perdía el tiempo. Eso decía ella, y luego decía “abrázame”, y él, con sus manos, la abrazaba, y juntos se cagaban en la gente.

Coraline Fontana Meridiel. Que había visto desde un globo los corales de Grandallte. Que se había subido sola al monumento Civil de la Concordia, puta mierda, a gritar pancarta en mano que a chuparla, que de aquí, no nos mueve nadie. Que adoptó un camaleón, una tortuga y un pato. Que había sido profesora. Y Gogó. Antes de Silos. Y de ser profesora. Que fue Miss Yo todos los días de su vida. Y volvería a ser Gogó cuando quisiera si quería. Después de Silos. Aunque fuera profesora. Coraline Fontana Meridiel. Que tenía el culo más asquerosamente perfecto del planeta tierra y que paraba las obras al pasar y hasta que no pasaba entera no había un albañíl que moviera una pala, que pusiera un ladrillo, que le diera una sola calada al cigarro. Que se había follado un campamento de verano. Un ministro ruso. Un tío que leía la mano. Que sabía señalar con el dedo exactamente aquello que quería, y llevárselo consigo bajo el brazo: “Te quiero para mí. Para mí sola”. Que le dio la llave a Silos de su todo y que le dijo, tú sabrás, y Silos supo.
Que ya no era una mujer, y sin embargo, tras veinte años sin ella Silos Fradel todavía sigue paseando solo al perro por las calles y contándole, la vez que y la vez que y la vez que, mientras el chucho, a tres patas, se mea en las farolas.