16 de octubre de 2011

Casi nada, como el aire


Primero te odié, y luego odié también a todos los demás hombres del mundo. Por tu culpa. Porque todo era por tu culpa. Me volví como alquitrán, muy negra por dentro. Pero soy una mujer con suerte y un corazón que late al ritmo del Sweet Home Alabama, y aprendí a desodiar en cada polvo a todas los hombres del mundo, y luego, te perdoné a ti, de ti. Y descubrí que en el fondo, la culpa no era tuya, que nada era tuyo, que yo, tampoco, y descubrí, que te quedaba un largo camino por delante, y yo ya no estaría para hacerte de hueco, y que tal vez, te hundirías lentamente en la liturgia de estar triste para siempre, aunque en las fotos, brillara el blanco de tus dientes.

Caminé muchos días por los lados del parque donde solíamos soñar que eramos hojas caídas de un árbol flotando como barcos sobre un charco. Un día encendí un cigarrillo y empecé a fumar y me di cuenta de que allí no había ya más luz que la del mechero, y decidí dedicar el resto de mi vida a cosas más importantes: bajar la basura; ver dibujos animados; dormir al revés en la cama...