12 de octubre de 2011

Desde que me heme y que te hete que nos nos tú convertido en blanquiflor y yo en un trémolo


Llegaba a casa del trabajo goteando una llovizna de suspiros que caían al suelo y botaban como pequeñas pelotitas de goma por toda la casa, muy cansada y con el pelo grasiento y oliéndole a aceite de patatas y las manos manchadas de pequeños cortes y los ojos hundidos como barcas pesqueras y en el delantal un tintín de monedas y un pastel de manzanas envuelto en una hoja de papel de aluminio y en los labios un beso sólo para mí. Luego se duchaba con agua de coco y salía del baño con tormentas en los rizos y las tetas como helados de vainilla y se metía en sus zapatillas de conejo con lazos y bigotes y se ponía a trasegar en la cocina con cosas de comer mientras yo desde el sofá le preguntaba que tal día había tenido y ella como siempre hacía puffff y con un cuchillo grande cortaba en dos una sandía y se metía media luna roja en la boca y la mordía y los caldos de la fruta regaban su canal de Panamá y con sus ojos de jaguar me preguntaba a mí si hoy la quería igual o más o qué que ayer y que si la había echado o no de menos mucho o poco o cuánto o qué y que qué estaba esperando para ir, como un perro, a lamer el charquito que tenía en el ombligo.