27 de octubre de 2011

Europa


Y de repente me quedo mirando una cuchara pequeña de café que en su parte convexa me devuelve el reflejo de mi puta cara y pienso en cómo ha llegado a mis manos algo tan hermoso y en el día que pasé frente a un escaparate de cosas de cocina y entré a comprar menaje y le dije a la muchacha que con una era bastante y con un plato, una toalla, uno de cada, de todo uno, de nada nada más.

La última vez que la vi se iba llorando calle abajo con las manos metidas en los bolsillos y despejando a puntapiés el camino de piedras y paquetes vacíos de tabaco.
Supongo que lo nuestro lo recogió el camión de la basura allá de madrugada.
Aquella noche misma tuve la impresión de que la vida, ya no iba a ser lo mismo sin colores.

Necesito mi espacio, le decía, porque estaba encima mía todo el rato, dándome besos cocodrilo y poniendo ladrillos en el aire hasta que en medio del salón se había construido un palacete con almenas doradas que llegaban al cielo y unas banderolas granas con dibujos de trompetas donde ella y yo según los astros, seríamos felices para siempre.
Mi espacio, le decía, y ahora me follo a la almohada, mientras la llamo por su nombre. Gaviota mía...
Mi espacio, le decía, y ahora soy un páramo.