5 de octubre de 2011

Hermosamente horrible


“La mitad de la luna ahora, y la otra mitad cuando me entregues la mercancía. Quítate las bragas guarra”
En eso andaba Jimmy Boy cuando sonó el teléfono: “Me debes un favor Jimmy Boy. ¿Lo recuerdas?”.
Bueno, era un favor que podía devolver, al fin y al cabo, así se ganaba la vida: matando gente.
“Esta tarde. A las nueve Jimmy Boy”.

Bryan se salió de una curva hace seis meses.
Los seis primeros meses del resto de su vida.
Había sido un buen chico alguna vez; pero ya no se acordaba de cuando.
Luego todo fue mucho Jazz, mucha droga, mucho ron, y muchos coños.
Ahora ni siquiera puede hablar. Respira por un tubo. Mea en una bolsa. Caga en otra. De hecho, lo único que puede hacer, es dejar que alguien lo riegue.

Dolores Burning mira el reloj y son las ocho.
De joven fue cabaretera.
Conoció a muchos tipos.
Dolores Burning mira el reloj y son las ocho y veinticinco.
Y después conoció a Dylan. Un mecánico angosto y con las manos grandes, que la sacó de allí y le compró una aspiradora.
Las nueve menos cuarto.
Llamaron a la puerta. Un día. Tenía que ser un día: “¿Dolores Burning?”.
La poli tenía, el sombrero en las manos.
Los médicos miraban, al suelo.
Camille, la undécima novia de Bryan, salió llorando de la 212: “Está roto señora Burning, roto del todo”, y se alejó por los pasillos ondeando su larga cabellera del color de la cerveza.

Las nueve.

-Hola Dolores. Cuánto tiempo.

-¿Le dolerá?

-Cierra la puerta cuando salgas.