19 de octubre de 2011

Swing


Un día el gordo Alberto me tiró de un empujón al suelo del patio del recreo y me clavó las rodillas en el pecho hasta que me crujieron de astillarse las costillas y lo rojo de la cara se me fue poniendo verde de apretarme en el cuello con sus manos de fierros el niño gordo Alberto, que por aquel entonces, ya debería pesar no menos de setenta kilos, con sólo doce años. Creí que iba a morirme, allí, tragando arena, bajo aquel sol y en pantalones cortos, delante de un corro de niñas con coletas y niños que silbaban con los dedos metidos en la boca, sin que ninguno, hiciera absolutamente nada para quitarme de encima aquella tonelada de infante pelirrojo que me estaba aplastando el esternón hasta partirlo.
Y entonces llegó ella, Carolina, la niña más bonita del colegio, en letras de Neón, y con un cartapacio del maestro, de un golpe seco, le abrió una brecha en la cabeza del tamaño de una pulpa de melón y el niño gordo Alberto, se quedó bocarriba con los ojos abiertos como un cráneo de muerto en mitad del desierto de Oregón y babeando que veía, bandadas de pájaros volarle alrededor, mientras yo con la lengua, fuera del cuerpo, buscaba bocanadas de viento que corrían como caudales a inundarme los pulmones y a latirme, pum pum el corazón.
“Eso es que quieres ser mi novia?”, le pregunté la vez diez mil quinientos once, y ella, sin darme una respuesta, como siempre, se dio la vuelta y con un libro de aventuras submarinas bajo el brazo se fue dando saltitos como un pájaro, brindando al oleaje de la brisa, el suave balanceo de sus trenzas de princesa.