17 de octubre de 2011

Vaya, otra vez esa cosa azul en la ventana


Hizo trizas mi camisa con las garras de sus ojos de gata en la penumbra.
“Lavar a treinta grados”.
No creo ya.

Era estrábica.
Eso me gustaba.
Podía comerle una teta entera de un sólo bocado.

Me preguntó que si podía preguntarme
por qué miro las nubes.
“Veo dos moscas follando en un plato extremadamente blanco”, le dije.

Le dije que en las nubes,
estaban todas las respuestas a los sueños de un hombre.
“Y mientras tanto, ¿dónde?” Y le dije que en la luz de las farolas.

“Te nombro capitana de mi barca”. Y naufragamos.
Ya lo sabía.
Sólo intentaba ser, un tanto ecuánime.

Le hablé de los timones.
De para qué servían.
Me dijo que a ella el Norte, le importaba una mierda.

Era bonita como un campo de azucenas, y en el coño,
tenía un nardo
que sanaba los pecados del mundo.