16 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo octavo


Los días siguientes, sin más nubes en el cielo que el humo de un cigarro, fueron los más felices de mi vida.

Aunque aún no lo supiera.
Aunque viviese, mil años.

Se iba de casa muy temprano. Salía por la puerta, y volvía a entrar porque se le había olvidado algo y después, se iba de verdad. Siempre me daba un beso.
Trabajaba por horas limpiando una escalera hasta las doce, y la una, ya estaba al otro lado de la ciudad pelando patatas en la cocina de un restaurante hasta las cuatro, y en otro, dos calles más abajo, sirviendo café de cinco a siete.
A las nueve, subía los escalones de dos en dos, derribaba la puerta, y se tiraba encima mío como un alud de margaritas que nos arrastraba rodando como canicas a la cama, y allí, sobre un lecho de sábanas bordadas,me follaba vivo.