13 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo cuarto


¿He dicho que había charcos aquel día? ¿Que brillaba la luna? ¿Que era otoño?

¿Que estaba jodido? ¿Lo he dicho?
Y ella estaba taba tan tan tan bonita a la luz de la farola...pequeña y amazónica como un bulbo salido de la entraña de la tierra, como un brote de trigo, como un caño de agua de ribera, fresca y limpia y nueva.
¿He dicho que las piernas me temblaban? ¿Que me hice el duro? ¿Que después del café me dijo “calla-té”? ¿Que me cogió las manos? ¿Que estaba tibia?

Que me había visto algo dentro, decía.

Tenía vello en los antebrazos.
Y el canal de Panamá en las tetas. Qué tetas.
Tenía las manos pequeñas.
Lo tenía todo pequeño.
Menos las tetas.

Mientras me hablaba de que,allá en el horizonte, tenía once hermanos y una mamá que la llamaba gaviota y un papá de pan de azúcar y un hijo con los ojos enormes y en el pelo un maizal mecido por el viento y allá en el horizonte, una patria, me buscaba las manos por encima de un plato de jamón que habíamos pedido de primero y como, no era capaz de esquivarla, encendía un cigarro y luego otro, para tener las manos ocupadas en otras cosas que no fuera en dejarlas a su antojo dejarse acariciar por aquellas manitas de criolla, que a saber que sortilegios, no eran capaces de hacer en cualquier ser humano. Incluso en mí. Sobre todo en mí, que a pesar de que me había construido una pequeña fortaleza de ceños fruncidos y desdenes, me estaba licuando en la silla como un tonto, bajo el cerco precioso y misterioso del brillo de sus ojos.
Qué bonita era.
Qué boca más pequeña.
Qué candelita.
Que minúscula toda, y que molécula.

Menos las tetas.