21 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo decimotercero


Y abril se acabó como se acaba todo.

Y vino mayo. Y con él, las tormentas.

Mientras ella se afanaba en ser feliz haciendo montoncitos que tarde o temprano darían sus frutos- reunificación familiar; un buen colegio; no llorar más cada vez que colgaba el teléfono-, el lobo encontró una grieta.
Que si que tú, que si que yo, que si me voy a por tabaco.
Que si pues vete. Que si no sabes ser feliz, que si eres tonto, que si con lo que yo te quiero a ti, que si que déjate querer, que si estoy llena, de amor y cosas buenas, de planes, de proyectos. Y tú con esa cara, de palo.

Nos hicimos expertos en mirarnos de reojo. En dejarnos notas pegadas al frigorífico. En perder, todo aquel tiempo.
“¿No deberías estar abrazándola?”, pensaba asomado al balcón mientras la escuchaba trastear en la cocina.
Debería. Porque era preciosa por todos sus flancos, porque se inflaba como un globo y volaba por la casa derramando su risa por todos los rincones, porque me hacía los mejores sandwiches de tres pisos que iba a comerme en mi vida, porque contaba conmigo, porque sé que no estaba dormida, sino esperándome, tantas noches.
Pero debería, nunca se me ha dado muy bien.

La calma, también llegaba después de la tormenta.
Pero el paisaje, ya no era el mismo.