17 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo noveno


“Ni se te ocurra-solía decirle al lobo del espejo-salir de ahí”.


A veces lo escuchaba arañar las paredes de mi estómago con las patas, olisquearme, buscando una grieta...
Me susurraba al oído acertijos misteriosos: “¿Vas a dejar que siembre esa semilla en ti?”.

Es cierto. La barriga se me llenaba de insectos cada vez que ella se acercaba.
Volaban por dentro y subían como locas a por aire y se salían en bandadas por la boca: “hbvwkykfjyk”, o algo así, que en idioma del amor quería decir “Qué-guapa-estás-en-pijama-pareces-un-ramo-de-violetas”.

Si me agarraba a su cintura me sentía un César aferrado a la brida de una yegua romana, era...emocionante. Podía sentir el mundo temblar bajo mis pies agarrado a su cintura. Podía depositarme como un limo que le fuera royendo las caderas, mientras le olía el cuello, o le comía una oreja.
Era como estar subido en una noria.

Hacía montoncitos, con cada euro que ganaba.
Esto para tal. Esto para cual.
Tenía una libretita donde apuntaba todo.
Su famosa libretita de apuntarlo todo.
Hasta tenía un almanaque.
Más adelante pude descubrir, que los días que estaban marcados dentro de un circulito, eran días felices.
También había cuadrados.
Y triángulos.
Pero sobre todo, cuadrados.
Aunque eso fue más adelante...