11 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo primero


He borrado diecisiete comienzos. Este es el número dieciocho. Escribo los números en letra porque soy un idiota metódico y maniático, que era capaz de enfadarse con ella sólo porque me cambiaba de sitio las cosas. Qué importa. En realidad nada de lo que escriba será nunca lo suficientemente hermoso como para expresar cuánto la amo, ahora que no está. No sé si estaría de acuerdo, pero seguramente, si el salvaje que yo era la hubiera hecho feliz la mitad de lo que hoy la hubiera hecho el roble viejo en el que me he convertido después de tanta lluvia, en este momento la estaría acunando entre mis brazos a la luz de la luz de esta farola que me ha puesto el destino en el balcón. Aunque la farola ya estaba antes de alquilar la casa. Lo mismo ha sido el ayuntamiento.
Este tampoco me parece un buen comienzo. Pero es un comienzo. Tendríais que haber visto los que he tirado a la papelera.

Allí la conocí, bajo la luz de una farola. Hacía viento. No mucho. Hacía frío y las hojitas se caían de los árboles. Y charcos. Había charcos. Me pareció diminuta. Muy pequeñísima. Le dije hola. Me dijo hola. Pero ella me miró de arriba abajo.
Le dije, caminemos. Y caminamos.
Me encanta caminar.
A ella no tanto.
Caminamos mucho.
Estuve pensando, todo el rato cómo iba a decirle lo que iba a decirle.
Aquello, tampoco fue un buen comienzo:
“-Soy un hijoputa”.
También le dije que hacía poco aún me emborrachaba desde por la mañana, y que ya no.
Y que si alguien intentaba doblarme lo más mínimo, me rompería, porque era libre y tenía las patitas de un pájaro. Le dije que había fracasado como esposo, como padre, y como persona, y que lo mejor que podía hacer en aquel mismo momento, era dejar que la invitara al café y levantarse de su silla y dejarme allí, solo, donde no pudiera hacerle daño a nadie, ni nadie me lo hiciera a mí.
Le pregunté, incluso, si, estaba allí buscando un marido que le arreglara los papeles.
Ni siquiera pestañeó.
Creo que, mientras movía el azúcar del café, ya había planeado cuánto iba a quererme, aunque yo me estuviera comportando como un auténtico cerdo.

Le dije que, se me había olvidado querer a nadie.

Luego me quedé muy callado, mirándome los zapatos.

Pero era un comienzo.