15 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo quinto


Aquella misma noche la besé.

Fue como comerse un gusanito.

A la semana estaba en casa.
El primer día su maleta vomitó cremas y cremas en el baño. Crema para la cara para las manos para las piernas para los pies para el pelo para para y para partes del cuerpo que yo no sabía ni que existían. Donde antes sólo había una cuchilla de afeitar, ahora un océano de botes con nombres en francés había inundado cada centímetro de estantería, de rincón de la bañera, de balda de mueble, una orda de cosméticos que lo invadía todo como una termita hasta los huesos, dejando un vaho de olores parisinos que resbalaban por los azulejos, lentamente.

“¿Has visto una cuchilla que había por aquí?”