12 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo segundo


Días antes, había estado, ¿acechándome?.


“-Ha estado aquí una chica preguntando por ti”.

Por mí. Vale. Por mí, que había decidido que el amor era una porquería.
Por mí que ya no creía en nada.
Por mí, que era invisible.
Por mí que tenía, la cara de un lobo. Las orejas de un lobo. Los dientes de un lobo.

“-¿Por mí?”.

Me dijo que a las cinco, poco después de terminar mi turno de la mañana, que a las cinco, al rato de haberme marchado, entró una chica al restaurante y preguntó, “que si aquí trabaja un chico así y así y así” y luego, cogió una servilleta de esas con el número de teléfono y el nombre del local en color burdeos y se fue por la puerta, me dijo Montes, dando saltitos.

“-¿Y cómo era?”.

Montes se puso bien las gafas con la punta del dedo y me dijo que, que, que era...normal. Una chica normal.

Y una mierda.

Y que no era de aquí, me dijo Montes.