16 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo séptimo


Al tercer día empezó a llamarme Papi:

“¿Me regalas un euro para el autobús Papi?”
Ponía lavadoras de bachata, que cantaba como si estuviera subida al escenario, con una voz de timbre de triciclo que salía de su boca como un hilo de seda de gusano mientras movía las caderas del jaguar en una órbita celeste alrededor de mi paciencia: “No fumes Papi”, y me quitaba el cigarro de los labios.

Al cuarto me pidió una casa blanca.
Un paraguas.
Horquillas para el pelo.
Una cámara de fotos- “Pero esa no. La otra”-.
Quiero. Quiero. Quiero.

Era agotador.

Hacía sólo tres años, yo aún estaba enfadado con el mundo, cruzando fronteras en mitad de la noche por la línea delgada de los mapas y a pie, sin más bagaje, que lo que había debajo del sombrero, o lo que había quedado de él después de una larga cabalgada a lomos de un Jack Daniels pura sangre por todos los infiernos con luces de neón de Centro Europa.
Hasta que un día descubrí que el mundo, no era como a mí me daba la gana.
Amanecí tieso y con la boca seca en una habitación tan blanca tan blanca que cuando abrí los ojos creí que era el cielo y Dios me estaba preparando un gin tonic de Larios con rodajita de limón: “¿Hay algún familiar con el que podamos ponernos en contacto?”.