15 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo sexto


Al segundo día ya se había construido un hormiguero por dentro de la casa que iba, desde un silo de galletas en los altillos de la cocina, hasta un zulo lleno de cajas de cartón llenas de cosas y más cosas debajo de la cama, pasando por haber inflado los cajones de bragas y sostenes y medias de nylón y otras banderas, que daban a los muebles, un aspecto de cuadro de Botero.

Tenía cajas para todo.
Tenía una caja con diez millones de abalorios, pulseras, aretes, collares...tenía otra caja con lápices y rotuladores de absolutamente todos los colores de la galaxia, y hasta los tenía, que brillaban en la oscuridad, o parecían de pan de oro, o pintaban de fresa, tenía, otra llena de estrellitas pequeñas de papel de aluminio, de pegatinas de phoskitos-unos pastelitos con cromos-, de letras y de cuencas y de hilos y de, purpurinas rojas y celestes, tenía, cajas repletas de álbumes de fotos, con gente de piel de café sonriendo a la cámara, desde el patio de una hacienda rodeada de bananos, y en el medio una fuente.
“Este es mi papá...¿no es lindo? Y esta mi hermana fulanita y esta otra zetanita y este mi hermano el grande y esta mi sobrina y esta otra sobrina y esta otra y....”
Y cuando llegaba con el dedo al niño de orejas grandotas, la voz le zozobraba y de un sólo suspiro de quedaba sin aire en los pulmones, y se iba a la ventana a mirar el horizonte, y de paso a regar las macetas con sus lágrimas.