19 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo undécimo


“Quiere decir: que si hago siempre lo que ella diga, todo será perfecto”

Me encantaba ser una explorador y descubrir en la intrincada selva que era ella recién dormida cosas, tan interesantes.
Dormida parecía inofensiva.
¿A qué sabía el amor? ¿A gominolas?

Un día me dijo que no tenía huevos.
Y era verdad.
A mí es que los huevos nunca me han servido para nada, que no fuera para meterme en problemas.
Y otro día me dio un puñetazo en la barriga, con la luz del cuarto de baño apagada.
Que no tenía huevos de quererla como a ella le gustaba. Me dio risa y me dio otro. Y así hasta que se cansó.
Que lo hacía todo al revés.
Que bla bla bla.
Y era verdad. Ya se lo dije.

Se le pasaba a los tres días. O a los cuatro. O. Mientras tanto no nos hablábamos. Me observaba de reojo todo el tiempo. Yo a ella también. En realidad estaba deseando abalanzarme como un tigre de Tasmania y follármela sobre la lavadora. Pero. Y ella a mí pero también.
Era como una guerra fría.
Me gustaba aquél silencio, de saber que de un momento a otro, unos de los dos se acercaría por la espalda al otro y le diría, te echo de menos, en la oreja.
“Y yo a ti más, idiota”.
Después de lo de idiota, le quitaba las bragas con la punta del pie.