12 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo tercero


“Ringgggggggggggggggg”.

Eso fue al día siguiente:
“-Es para ti.

-¿De quién?

-Y yo que sé.”

Era una amiga de la chica que iba por ahí cogiendo servilletas de los bares y me dijo, que su amiga es que era tímida pero que quería hablar conmigo lo que pasa es que lo que pasa es que y yo le dije: que se ponga.

Se puso y dijo un hola pequeño de guisante y yo, le pregunté quién era y ella y ella me contesto que yo y yo le pregunté que qué yo y ella me volvió a contestar que yo y que era muy guapo y que quería saber si me apetecía salir una tarde con ella porfi porfi porfi.

“-Pero si no te conozco de nada. ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

-Pero yo a ti sí.

-¿Pero tú a mí sí? ¿De qué?

-Te he visto en un bar. Comiendo ensaladilla. Tenías puesta un sombrero.

Y días antes de que fuera por ahí robando servilletas, desde el mostrador del bar que había debajo de mi casa, le estaba preguntando a la dueña que quién era el chico de aquella mesa.
Era yo.
Y que dónde vivía, y que dónde trabajaba.
Y yo no sé qué más.
Todo.
“-Ha estado aquí una chica preguntando por ti-me dijo Silvia-.”
No hice mucho caso. Últimamente no hacía mucho caso de nada. Estaba demasiado ocupado aprendiendo de nuevo a vivir después de todo aquello. Me había quedado sin sonrisa. Estaba hecho una mierda. Y ni siquiera sabía por qué no me había muerto por ahí tirado en alguna oscura calle de Berlín o por qué alguien no me había degollado con una botella rota en algún callejón de Praga. Me parecía increíble que después de haber jugado a la ruleta rusa en un garito de Basel, conservara algo de cordura. Todo era, muy difícil. Era más difícil que beber.

Y me olvidé. Y Silvia, no volvió a mencionar el tema.

Tú... pensé mientras al otro lado del teléfono la chica esperaba una respuesta. Tú y tus ojos. Tu y aquella mirada. Y volví a sentir un escalofrío por la espalda.

Yo estaba almorzando bajo mi sombrero. Ella estaba al final de la barra, con otra chica, hablando son Silvia. Y entonces se volvió. De repente. Y me miró. Y me dio ese escalofrío. Sus ojos brillaban como en las películas de suspense, por un momento, creí que me estaban, diciendo algo.
Todo lo que había alrededor, durante un instante, se detuvo.

“-¿Quedamos a las siete-me dijo-?

-Mañana descanso. A las siete y media.”

Porque no me olvidé de sus ojos.