6 de noviembre de 2011

No brakes


Lo único que vi pasar ante mis ojos antes de morirme fueron las flores rojas del balcón de la vecina del segundo y a la vecina del primero echándole en la jaula alpiste a los canarios y luego el puto suelo y la boca en la nuca y los dientes rodando y los huesos del cráneo haciendo clack clack clack y luego nada.
Pero no vi a Martina.
Ni vi sus muslos de potranca ni su trasero acorde al fuselaje tostado de su cuerpo ni su pelo cayendo como briznas por la espalda ni vi su melancólicas pestañas aleteando como hadas ni en la niña de sus ojos el reflejo de mi cara babeando su nombre de guerra entre las sábanas.
No vi ni una flor sola de todos los miles de millones de flores pequeñas y amarillas de aquella pradera que era una mañana de domingo con Martina y un zumo de naranja y magdalenas ni vi a Martina desnudarse en la bañera y convertirse en mi sirena ni tampoco sus bragas colgando de las sillas ni la vi asomada en la ventana decirme adiós, con un pañuelo.