30 de diciembre de 2011

Intermezzo


-¿Te ha dicho también que una vez me partió cuatro costillas con la pata de una silla Luis XV? ¿Que me gustó? ¿Te ha dicho que no se le empina desde que murió su esposa? ¿Te ha dicho cuánto cobro?

¿Vas a disparar? No tengo todo el día.

La Belle Montenegro había estudiado cuatro idiomas con las monjas Clarisas, y de mayor, quería ser torero, como esos hombres guapos y morenos que veía en los carteles de Ciudad de Mexico, y a los que la vida, les importaba sólo el tiempo de vivirla.
Sabía cagarse en italiano en los muertos de tu padre, y en alemán, en el resto de las cosas de este mundo que a La Belle Montenegro le importaban un carajo.

El negro era un atleta jamaicano, con el que a veces se veía sin que Roberts-que lo pagaba todo a cambio de que ella se masturbara sentada en un sofá de terciopelo ante sus ojos de pescado medio muerto-, por supuesto, supiera lo más mínimo.
A veces a ella le gustaba dejarse caer entre los brazos de otra mujer, porque sólo otra mujer, sabía cómo hacerle a otra mujer.
El calvo le había puesto un apartamento en el centro, lejos de todas las miradas, un, pequeño ático al que iba los miércoles y sábados, y donde ni siquiera tenía un par de calcetines, porque al amanecer, ya se había ido.

Jimmy Boy la tuvo aquella noche en el punto de mira de su rifle hasta en cuatro ocasiones, pero La Belle era tan, aún desde tan lejos, bonita, que Jimmy Boy no pudo ni siquiera poner el dedo en el gatillo.
Encendió un cigarrillo, cruzó la calle, entró en la casa, subió en el ascensor, llamó al timbre y, cuando La Belle abrió la puerta y pudo oler el vaho que salía de su cuello, supo que no podía pegarle un tiro en ninguna parte de su cuerpo perfecto, sin arriesgarse a que los dioses del Olimpo la emprendieran desde el cielo con él a pedradas.