21 de diciembre de 2011

La gran pirámide


Y efectivamente llegaron las vacas flacas.

Y el hambre era muy mala y nos comimos las vacas.
Y luego el amor propio.
Y después el de otros.
Y arrastramos la lengua por el suelo buscando lombrices,
que a su vez se arrastraban buscándonos la lengua.
Y un día, nos comimos el paisaje con farolas y todo.
Hasta que no quedó nada que llevarse a la boca,
y pudo tocarse el arpa en nuestros cuerpos mientras,
a cientos de kilómetros, tal vez, sólo a unas yardas,
Bernardette Plumen dejaba caer sobre la mesa del psiquiatra
un cheque al portador,
porque había soñado que su abrigo de pieles
le había susurrado al oído: abre más las piernas, guarra.