6 de diciembre de 2011

La sangre


-He estado junto con la Mari.


-¿Cómo de junto?

Horacio Quintanar, a los miedos, los ensartaba en un machete de seis palmos; pero a Críspulo Cortez, ya de pequeños, no había quien le diera la espalda por muy gordos que tuviera los cojones.

-Al lagar no se va a mirar las moscas primo. Se va a lo que se va.

-¿Te casas no?

Habían visto a Críspulo meterle en la barriga una botella rota a un alemán que iba por el pueblo a mirar como su hermana tendía la ropa en la colina, y luego le contaba en la taberna a los pasiegos que la Mari cuando alzaba los brazos, tenía el pelo del sobaco negro y basto, y que en el coño, seguro que tenía también un gato negro esperando que alguien lo apañara.

-Porque es la Mari, no porque tú me lo digas.

-¿Y la Mari qué dice?

-Que si tú quieres que se casa.

-¿Porque lo diga yo?

-No, porque es la Mari.