15 de diciembre de 2011

Plaza Bastard


Paso bastante por delante

de la tienda china de fideos.

Se llama I-Mi-Chu, con acento en la u,
y suele estar sentada en un banquito
pintado de verde junto al mostrador.

Mi esposa y yo ya no.
Ya nada.
Nunca.
Los niños son mayores.
Ya no son niños.
Recuerdo que una vez estuve vivo.
I-Mi-Chu tiene,
una flor en el pelo,
de pétalos que siempre dicen sí.
Conozco esa mirada:
“¿Te apuestas a que muerdo?”.

Sueño que I-Mi -Chu me esculpe un tigre con sus dedos de garza por la espalda,
que es la reina de los besos violeta,
que sabe moldear el silencio como la lluvia el barro,
y que en los pies,
tiene diez dedos comestibles,
tiernos como crías de cabra.
Que le huelen las bragas a delfines.
Que se traga, sonriendo,
hasta la última gota.