28 de febrero de 2011

Origamis de bolsillo


Comerse la legumbre cárdena que habita entre sus Grecias
mientras le escucha uno en la barriga, esa musiquilla de Tim Burton y,
convertida toda en fruta, en peras, en limones,
en doradas rodajas de piña y en almíbar,
en un néctar delicioso, barbilla abajo,
devorar la asimetría de sus senos cosenos,
lo tibio de su axila algebraica, dórica, Elevation in the Moon,
el iceberg de su oreja pintada a pastel con cobertura de avellana,
la laca en sus dientes, piedras de rio,
el musgo de sus dedos de alambre, de patas de jilguero,
buscándome la vértebra,
donde sabe que guardo el aquelarre.

A espada me gusta, a vendetta,
a tormenta en el pelo y en un ojo la luna y en el otro, la sangre,
a mermelada agria y a fusta de tacones, me gusta,
que se quite la anilla y ese clic clic y que me estalle, me gusta,
en la boca.

26 de febrero de 2011

La hebra


Soñé que te cortaban una pierna,
y que sin pierna,
yo te quería,
y que a tu pierna que no estaba, también.

Miro las nubes y veo tu puta cara.



25 de febrero de 2011

Carbono 14


El Vidal y yo íbamos al canal a pasar los domingos haciendo cabañas con palos y a explorar las canteras cercanas de granito, donde cuando llovía, las ranas criaban. Junto, había una casucha derruida que en sus mejores tiempo si es que alguna vez los tuvo, fue una ermita donde los obreros de la piedra iban a rezarle a San Benito para que a nadie más se le salieran las tripas por la boca bajo el peso de trescientas cincuenta toneladas, que era, siempre aproximadamente, el gravamen de uno de aquellos bloques paridos de la entraña de la santa madre tierra amén.
A veces, entre los juncos, encontrábamos revistas de tías en pelotas.
Antiguas. Con fotos de rubias con las tetas enormes y una mata de pelo en el coño que daba casi miedo saber qué cosa había detrás de tanta selva. Nos hacíamos pajas, evidentemente, a la sombra de nuestra cabaña, y nos gustaba, corrernos en la cara de aquellas noruegas y ver como el semen resbalaba por las páginas hasta la hierba.
Y a veces hasta cascos de plástico amarillo con linternas oxidadas. O mimbreras con cierres de aluminio donde metían la comida del jornal o paquetes vacíos de tabaco alemán o llaves del ocho y otras herramientas de cuando la cantera hervía y en el pueblo todo el mundo tenía leche en casa y huevos y hasta, de vez en cuando, magdalenas.
Un día, entre los juncos, encontramos una carta:
“La Mati se ha quedado preñada. Te escribo hermano porque padre ha estado enfermo y tú, en la Alemania seguro que no te has enterado de que a la vaca Tula se la comieron los mosquitos el verano pasado. Lo de padre al médico no le sonaba, y lo mandaron a la capital en el coche del alcalde, el negro, el de las banderitas en los faros y las gomas de las ruedas blancas. Y la Mati más gorda que un melón. Mamá bien. Que no se montaba en el coche por lo de los mareos, que a padre, lo único que le pasaba era que no le comía bien por la calor. Pero Mamá bien. Con sus pollos y sus tiestos de romeros y sus cosas de tejer a la sombra de la higuera.
Yo a la Mati la quiero mucho.
Yo a veces hermano, le digo a la Mati que a ti lo que te hace falta es una Mati como ella, que no es que haya más; pero a lo mejor parecida.
Yo a la Mati la abro de piernas y se me olvida el dolor de espalda y que nunca vamos a salir de la cantera y el de estar todo el año que si te aplasta un tocho o no o la tierra te come o vete tú a saber, como al Alberto. ¿Te acuerdas del Alberto? Pues ya no te acuerdes.
Vino la Tía. Trajo dulces y al marido.
La perra parió siete. Del chucho del cura. Se los llevó el Manolito en un saco a tirarlos al canal. Qué perra más puta.
La Mati, te digo, me abraza por las noche como si fuera a irme. A mi me da embarazo ponerle la mano en la barriga; pero se empeña y se me pone a contarme de que, cuando sea mayor, se va a llevar de calle a las niñas porque, va a ser tan alto y guapo como su padre y yo, hermano, ni soy alto ni soy guapo ni soy na, te digo, que la Mati lo que tiene es que no quiere, que la tierra me trague, y que por eso, en vez de mear por las noches, lo que va es a que no la escuche pedirle a la Virgen del Carmen que me convierta en hierro y no me doble, como el Alberto, que se partió en dos y todavía están buscando la otra mitad entre la grava.
He levantado la losa del suelo, que si te acuerdas, era donde guardábamos los cartuchos de cazar zorzales, pues ahí, me estoy haciendo un remanente para cuando a la Mati le de como a la perra y se ponga a traer niños al mundo, que es pronto, para mayo, si Dios quiere. Ya no paro en la taberna. Y fumo menos. Que se nota, porque la losa, cuando la levantas, ya huele a níquel.
La hija de quien ya sabes se ha casado con quien ya sabes.
Como no volvías...
También andó preñada. Aquí se preña todo, ya lo sabes.
Le han puesto como al padre.
Como no volvías...”

23 de febrero de 2011

Contra la pared


Las manos de aquel tipo se follaban las teclas del piano como un lobo de mar el culo de un marinerito de Jean Paul Gaultier, mientras al fondo del local, envuelta en humo y con las bragas chorreando sólo de pensar en cómo sería que aquellas manos se posaran como dos mariposas en su coño, Violeta dejaba escapar de entre sus labios un suspiro tan hondo, que se clavó en el Martini de una rubia operada de las tetas, y la hizo añicos.
Que unas manos así la sacaran de este mundo, pensó Violeta. Que la llevaran tan lejos de todo que todo sólo fuera una mota de polvo que pudiera soplarse.

La última nota de un blues que olía a fango y a mierda de caballo y que podía llorarse simplemente con tener una copa de más y dinero para otra, flotó durante unos segundos en el aire y luego cayo al suelo destrozada y rota, y rodando como una moneda de cincuenta, se perdió entre las patas de las sillas.

A Violeta la vida no le había sonreído desde el día en que su madre la dejó en la puerta de una residencia en las afueras, conocida como San Blas, y que era, desde lejos, fea y desgarbada, desde cerca imposible, de esquinas retorcidas y largas chimeneas que olían a pelo quemado de muñeca, y por dentro, el infierno de todos los niños de este mundo, que este mundo no quería.
A los nueve, Violeta apareció arrastrando las bragas de un tobillo y con las carnes abiertas en el despacho de la directora, tenía hilos de sangre como arroyos resbalando de las nalgas hasta el suelo y en la boca, el púrpura del miedo y en los ojos, más agua que un día de monzón. A los nueve a Violeta, un jardinero le había roto el himen de cara a la pared de los establos, entres cochinos y huevos de gallina recién puestos.
Se fue de noche, como un búho, atravesando por el patio de cerezos, y al alba, terminó de cruzar descalza la frontera subida en un barquito de papel, y entre los charcos, ya a orillas de la primeras calles que abrían sus puertas a un jueves de diciembre que iba a ser el primero de otros jueves completamente sola ante una vida que jamás iba enseñarle sus blanquísimos dientes, se recostó en el asiento de una parada de autobús y se puso a esperar a ver si la próxima marea, le regalaba unos zapatos.

Madamme Marie no era precisamente tonta y escondió a la niña en la alacena del burdel, donde la puso a recibir, a cambio de un fondue de queso o una ristra de embutidos portugueses, a señores de una rigurosa etiqueta y finísimos bigotes o un bastón, con el que la azotaban delicadamente mientras a ella le caía el semen por entre sus, por entonces, pezones tan rosados como el Chianti.
La tuerta, que era la puta más vieja de París, la encontró comiendo chasca de merluza en los cubos del mercado, envuelta en desperdicios y escondida como un topo y con la tez, negra del odio.

Unas manos así que resbalaran por su piel como pétalos de mirto, como la nieve, como el sol por las paredes de los Andes, que la elevaran, como a Teresa, como a Juana, que hablaba sola antes de ganar las batallas, unas manos así que en vez de manos, fueran pájaros llamando con el pico a la ventana, cucharitas de postre que se hundieran en la carne y poco a poco la dejaran hueca, vacía, limpia como el plato de un perro, sin todas esas marcas de navaja, de bastones y de uñas tan sucias como el cólera, unas manos así que la mataran, una y otra vez hasta hacerla sentir que estaba viva, y que el puñado de francos que llovía cada noche sobre su cama, había salido de un cerdito, y era para comprar unos zapatos, que había visto en Montpellier.

21 de febrero de 2011

Thru


Las paredes de esta habitación son tristes. Aunque no fueran grises serían tristes. Aunque no tuvieran esas frases escritas con bolígrafo, hendidas con la punta, supongo que de una cucharita de café, tal vez de una navaja. ¿Quién sería Amalia? ¿Por qué quién fuera pintó un pequeño corazón sobre la i en vez de un simple punto?
El techo no es mejor. Ni la luz de esta mierda de bombilla.
La ciudad entera es algo triste bajo la lluvia. Tal vez todas las ciudades sean iguales. No estaré el tiempo suficiente en ninguna para comprobarlo.
La maleta aún está abierta sobre la cama y se le ven las tripas: calcetines y espuma de afeitar; un libro, mi único libro, mi libro de siempre; cuatro paquetes de tabaco; cosas, cosas sin importancia.
Y su foto.
Miro por la ventana la gente pasar con el cuello metido en sus gabanes, escondidos de hombros, a salvo casi, dentro de los paraguas. Mañana sale un tren a cualquier sitio. Mañana es un tren. Da igual hacia dónde. Las paredes siempre seguirán siendo grises.

18 de febrero de 2011

No encuentro el otro calcetín


Yo no te quiero como a un litro de leche desnatada,
te quiero entera, como a Europa, antes del pleistoceno,
te quiero señorita,
como a una gata que tuve en los Balcanes,
y golfa y afilada como mi navaja tú,
no eres un puzzle,
ni yo Gepetto,
ni la vida tan larga, como the fifth avenue,
de todos modos.

Grada Padano, tu culo mío donde mío es la ecuación correspondiente a,
un mojón pa mí.
Puro L.O.V.E de La Habana amor te quiero y si,
te tiras otro pedo en mis cojones y te ríes yo te quiero,
y describiendo una parábola perfecta,
hacemos cucharita y con los pies nos enredamos como el viento,
en las crines del caballo de Marlboro.

Que me miren tus ojos de factura sarracena y un mulaicín,
gima mi nombre bajo el cielo de tu boca,
que me escuches hablarte de las guerras y el hambre y la basura,
mientras bailamos ombligo con ombligo en la cocina.
Entera y hormonada, de tigres,
sapientísima tú que a la razón la llamas Ea,
que haces con el mundo una bolita de papel,
y la encestas en una papelera de Preciados.
Entera con tus torres y tus alfiles y,
todos esos dientes que te hacen de peones,
cuando pretendes conseguir lo que te sale,
del coño.

Mi bola de Pinball.
Mi adorada molécula preciosa.
Mi bestia.

16 de febrero de 2011

Crisálidas


Nos, que hemos amadonos conforme
a la ley exquisita de la carne,
Nos que nos, hemos destrozado las costillas con martillos
de abrazos anaconda,
que hemos crujido como buques,
besado a bocarropa,
latido a quemajarro,
pum pum,
pum pum como tambores africanos, Nos,
la guarra del averno,
el rabo de lagarto,
nos hemos convertido,
forjados por el tiempo,
en cosecha.


11 de febrero de 2011

Óleo


Mi abuelo murió sus últimos ocho años de vida tirado en la cama como un saco de basura.
Le pasó un día, viendo los toros, que empezó a temblarle el pulso y por la tarde, ya no pudo mover su lado izquierdo desde las cejas hasta las uñas de los pies, nunca más. “De hoy, no pasa”, dijo el médico, y con la punta del dedo, se puso derechas las gafas.
Uno se acordaba de mi abuelo, porque para ir al baño tenía que pasar por delante, y nada más te veía, te preguntaba la hora. Le preguntaba la hora a todo el mundo, una, y otra vez. Yo le quitaba el tabaco, cuando estaba dormido, y me lo fumaba detrás del árbol grande del recreo del colegio.
Terminó de morirse un día martes, encogido y mirando a la pared, pequeño, como un pajarito.
Lloré más por mi gata. Se llamaba Lucy y yo la quería.
Era blanco, lo recuerdo, cerúleo como un cirio, mi abuelo recién tibio.
Tengo una foto, donde estoy con manga corta y ocho años y los pies colgando de una silla y mi abuelo, en otra.
Me enseñó a hacer cometas, con varitas de junco y papel celofán, y en vez de pegamentos, masilla de agua y pan, y una cola de trapo, y unos ojos pintados con pestañas muy largas, y muy rizadas.
Pero lloré más por mi gata, porque a mi gata, yo la quería.

9 de febrero de 2011

¿Con qué coño cosen el lacito de las bragas?




El amor no dura un Siempre: dura el amor.
Que es poco.
Nunca suficiente.
Esa es la puta verdad.

La quise un beso, y un paquete de pipas,
a orillas del estanque.
Había patos y Adelaida, reflejada en el agua con las rodillas juntas,
era la niña más bonita del parque.

Se casó con un negro,
que dicen que tiene la polla de un mulo,
y en los ojos un tigre agazapado.
Supongo que al amor, el tamaño,
sí le importa.

En cambio la liturgia, contigo de follarte por el culo,
se ha convertido en el paisaje más hermoso de mi vida,
y los días y las horas que aprieto en el puño,
sintigo, brasas, como si Siempre,
se hubiera detenido,
a mear en el arcén.

“Me gusta cuando callas porque no dices nada,
y estás más guapa”.
Le dije a fulanita a la sombra de un árbol un día de verano.
Supongo que a Ruben, le pasaba los mismo.
Que quería un florero.

En cambio lo que somos no es más que dos mitades,
de carne y pedos en la cama, tú y yo.
Y es perfecto,
saber que cada vez que encuentro un pelo tuyo en el lavabo,
es que me amas.

4 de febrero de 2011

Te espero en la calle


Dios,
que estás en los cielos...
Baja.
Si tienes huevos.

Yo la tuve con Dios en los setenta.
Le partí una botella de tequila en la cabeza.
Él un palo de billar en las espaldas.
Y todo por la chica más bonita del condado,
de Wichita, Kansas.

Salió cara.
Lucy dejó una perla roja en el pañuelo y se murió
de una tos para adentro que la hundió en el colchón.
Me debes una copa, le dije a Dios mientras,
se evaporaba de la habitación 212,
con el alma de Lucy entre los brazos.

3 de febrero de 2011

Si no fuera por tu risa


Cuando dos átomos se abrazan de verdad,
el universo entero podría derrumbarse alrededor
sin que dejaran de bailar, sobre el azul, flotando,
una canción de amor de los ochenta.

Una mierda pa Paulo Coelho.

Me gusta cómo huelen los manteles de mi casa.
No es nada parecido a la guerra- qué cáncer que,
poco igual que el líquen en los ojos los manteles-,
que libra el mundo contra el mundo, y me parece,
que de lo solos que estaremos algún día,
de todo, lejos, de todo, sin,
seremos una piedra en el camino, más,
y tú un arroyo turbio de palomas,
sobrevolando un siglo en llamas,
para nada.

Y partirte
a besos
la boca.

Cómo, era contigo, jugar al ajedrez.
Mover el álfil y el caballo y derrocar,
de súbito al monarca, tú, cómo, era como,
eras, emocionante,
un tablero de cuadros satinados y brillantes,
negros,
y blancos,
donde yo me arrodillaba a tus antojos
de princesa moderna y delirante,
con destello nenúfar en los guantes,
y un curso de papiroflexia con diamantes.

Todo sigue igual que cuando estabas:
la marca de tu culo en el sofá,
las bragas tiradas por el suelo,
las velas bailando cha cha cha...