31 de marzo de 2011

Fundido a negro


Valeria la polaca tenía cuatro hijos de padres diferentes a los que llamaba Lazlo primero, segundo, tercero y cuarto para que ninguno, fuera menos que otro, fuera quien fuera el que la había dejado preñada en cualquier sucia habitación de Varsovia, por sólo siete zlotys.

Valería tenía a los niños en colegios de pago, con escudos dorados en la ropa, y cada noche, se dejaba comer el coño de seis a siete veces y follar por detrás mientras un albañil la destrozaba el culo y ella se pintaba de rojo los labios para hacerle una mamada a un marinero turco, por cuatro zlotys más.

Tenía la piel blanca como un miércoles de nieve, y el pelo, rizado al hombro y terminado en una galerna que hacía que los hombres volvieran a escondidas la cabeza por la calle, agarrados del brazo de sus esposas.

En el segundo vivía Trinidad, una señora que no era una señora, sino otra cosa, que meaba de pie y se afeitaba la barba con jabón del Oriente. Había sido camionero y antes, cuando se llamaba Józef, antes de que Varsovia fuera una cloaca infestada de svasticas, vivía enamorado en secreto de un farmacéutico, con el que se veía en una tapia de correos los sábados por la tarde para clavarlo a la pared de una embestida y susurrarle al oído que sin ti, me moriría.

Al licenciado lo tumbaron en la nieve de tres tiros en el pecho.

Todavía le quiere.

Hay gatos en la calle, maullando otra vez nuestra canción.

30 de marzo de 2011

Sesión 22


Como todo el mundo sabe, la señorita Li atiende su consulta totalmente en pelotas, a excepción de un palillo en el pelo, y unas gafas de Prada, de pasta negra.


-Escucho, ruido de espadas, blandiendo el aire y, a veces, pájaros, en mitad de la noche y, su chorrito de pipí cantarín de cucharita de café, y entonces, me despierto...¿Sabe por qué estoy aquí?


-¿No lo sé siempre?


-La última vez me clavó ese puto palillo del pelo en la mano.


-Te gustaría cruzar el Atlántico con ella; otros océanos. ¿Hacia dónde? No te estás tomando las pastillas para no sentir nada. Lo del palillo fue insignificante.


-Quiero que sea mi última estación.

Lo del palillo fue una putada innecesaria.

Ya sé que sangro. No hacía falta.

Quiero que sea el palito de mi polo de limón. ¿Es eso algo tan estúpido?

Quiero que sonría, y en sus hoyitos, dormir la siesta.

Estúpido es tener un coche más grande que tu personalidad.

Quiero quedarme. No importa que siempre sea sólo una palabra.

Estúpido es no tener sueños.

Quedarme hasta el final.

-¿Crees que es, diferente? Las princesas no existen. El ser humano inventa continuamente cosas que satisfagan sus necesidades, que ilumine sus miedos, que le soliviante su paso por lo que en definitiva llamamos, la vida.

-Sé que a su lado no tengo que inventarme nada.

25 de marzo de 2011

Alfileres en la lengua


Hoy no tengo ganas de follar.
Me duele la cabeza.
La espalda.
El coño.

Hoy me abrazas si me quieres y me arropas y me calmas,
las ansias de salir por la ventana,
el alambre,
que soy, de espinas.

Y me quieres y me abrazas y me arropas
y cierras la ventana.
Y la espalda y el coño y las ansias de volar en picado,
se desvanecen,
a cada beso que me siembra en la frente,
tu boca.



23 de marzo de 2011

Nudos


Lizabet tenía decenas de bolsitas, atadas con cuerdas, y dentro, en unas, piedrecitas de río, y en otras, perlas de collares de muchos colores. Bolsitas con cromos de flores y frutas del bosque; con polvos de oro; lápices de cera; botones, cajas, enteras de cartón, llenas de bolsitas atadas con lazos con cosas pequeñas.
Lizabet tenía un pijama con lunares que me hacía contar a ver dónde llegaba mi paciencia- porque la divertía tenerme a su merced-, antes de aferrarme a los limones de sus tetas como si fueran la ramita de un árbol y aquello que me entraba por el cuerpo un precipicio, y fuera a caerme.
Nunca los conté todos ni nunca me caí.
Luego me hablaba, mirando un techo con araña, de que había llegado a este planeta montada en una hormiga. Decía cosas como esas, todo el tiempo. No las entendí nunca. Ella tampoco lo esperaba. Las decía. Simplemente.
Lizabet no era capaz, de tirar ni un trocito de comida, y con las sobras, hacía paquetitos de papel de aluminio, perfectos, que guardaba en la nevera con todo el amor de sus manos.

Podría, reconocer los pies de Lizabet entre cualquier otros pies del mundo, su risa en un concierto de Depp Purple y el olor a geranio de su pelo bajo el agua de todo un Adriático, podría escuchar como respira, desde detrás de una tremenda cordillera enarbolada de relámpagos, podría encontrarla, a oscuras y sacarla, del mismísimo infierno, sin despeinarme.

Lizabet tenía en la mesilla, de noche, la estatuilla pesada como el plomo, de un capitán de barco sobre un risco, con pipa y una gorra con un ancla y en los brazos, una niña, plácidamente dormida, con el pelo tan largo que las olas, lo trenzaban.
“Yo quiero que me quieran así”
Y luego, con los ojos, me arrancaba el corazón para comérselo.

18 de marzo de 2011

La aguja del pajar



-Hijaputa.

-Te aguantas. Vas a estar muy guapo cuando termine.

-Me estás cogiendo pellizcos en la carne con las putas pinzas. Duele. Coño ya.

-¿Y quién te quiere más que yo, que te arreglo las cejas; que te hago una tortilla; que me bebo tu boca; que te suspiro; quién, di-me-lo-tú?

-Y luego me pica. Me escuece un huevo.

-Cállate ya.

-Sé que te gusta verme sufrir. Te pone. Tenerme así, con estos lagrimones en los ojos. ¿A que te pone? Lo ves. Te pone.

-Hay una arañita en el techo...

9 de marzo de 2011

Bizancio


Había comprado aquella mecedora hacía poco y me encantaba, llegar a casa y derrumbarme sobre, todas aquellas flores grandes. Entonces ella salía de la habitación y de un salto como de lagartiga o algo así, no sé, un bicho en cualquier caso, se tiraba sobre mí, a todo lo ancho que le diera un abrazo, y empezaba a darme besitos metralleta, que eran su especialidad, y terminaba metiéndome en la oreja una lombriz, mientras la mecedora, nosotros, y a nuestro paso todos los botes de sal y la lámpara y el cuadro falso de Cezanne, perdiendo el equilibrio, hacíamos un circo de la vida, y todas las moscas de la casa y las macetas, aplaudían, viéndonos rodar, pasillo abajo.

Siempre creí que cada átomo de su cuerpo estaba condensado de tal modo en ella misma, que si alguna vez reventaba, yo, desde luego, no quería estar delante. En sí misma era un núcleo de algo, con el pelo negro y en los ojos una ola de diez metros.
Yo la quería, porque era un planeta.
Otro día, fea como una plancha, porque, de salirse siempre con la suya, los labios se le hinchaban. Pero yo la quería. Fea y todo.
Otro porque a veces, no me quedaba más remedio. Al fin y al cabo, era un planeta.

Y en la sal, derramada por el suelo, escribía con un dedo que yo era, suyo, y luego me miraba y con la ola enorme de sus ojos, me metía tan dentro de su vientre que podía sentir en la punta de la polla el dique de sus huesos crujiendo con mástiles de barcos a punto de romperse.

A veces, se quedaba sentada en la ventana, y yo le preguntaba “¿Dónde estás?” y ella decía “aquí, contigo”, para no hacerme daño. Le dolían las manos. A veces. Se le doblaban como tallos, hacia adentro, de hierba un junio de verano.
Lo rompía todo, yo no he sido, decía, siempre.
Y se ponía muy sería para que efectivamente pareciera que ella no había sido.
Porque a ella las manos no le dolían, estaba aquí, conmigo, y las cosas, se caían solas.

4 de marzo de 2011

Soy tonto


Puede que un tornillo no signifique nada para ti. Que incluso no te guste la palabra tornillo. Bah. ¿Qué importancia puede tener un tornillo?

-Hola, qué tal, venía a …

-¿Punta de estrella?

-Que atornille, punta lo que sea, llego tarde al trabajo, tornillos coño...-mirada perdida en la sección de tenazas y pomos de hierro forjado-...es que me pidió una olla, una lista que hizo, de cosas, que le hacía falta una olla, roja, y tal, para hacer espaguetis. Y a mí ni siquiera me gustan los espaguetis, pero tío, si algo le hace ilusión, me puede, que quieres que te diga, y, no tengo muebles de cocina porque, ni siquiera sé si tengo cocina, que tengo, pero que es rara, como uno de esos compartimentos para astronautas, no sé, y pensé, pues le hago una repisa para la olla. Para la olla de la lista. Y para los botes de especias. También de la lista. De una que hizo. Que le hacen falta cosas dice. Especias de todos los colores. ¿Tú sabías que había especias de tantos colores? Yo no. Ni puta idea. Pues hay la hostia de colores, y los tengo todos en una caja encima de la lavadora y digo, pues le hago una repisa. Para las cosas de la lista esa. Para la batidora. Para el rayador de queso. Las sartenes. La lista también es la hostia. Hay de todo. Más que colores. Y además la ha ordenado por secciones. Con el encabezado en negrita. Y se queda igual, como la que me ha pedido que le pase la sal. Una lista que lo flipas. Y se ríe. Lo que te cuento.
Y ahí es donde me puede.

-¿De punta de estrella?

-Bueno...

Un tornillo es precioso. Con su punta de tornillo y su cabeza de tornillo y su espiral.

3 de marzo de 2011

Si no cómo


¿Qué sentido tiene un plato vacío sobre la mesa,
cuando podría estar lleno de patatas fritas,
con alguien al lado que te quite, las espinillas?
Ninguno.
Nunca será un plato feliz.

Debo estar en el nivel 13.
Pienso muy rápido.
Así: Prererererererererere.
Rapidísimo.
Es que la vi, y digo, pa mí.
Y todo lo que vino después, ya había pasado.

Música: Orquesta sinfónica de Viena.
Tema: La vida secreta de las plantas.
Director: El viento.
Fotografía: La luz de una farola.

Amor mío, cuando te miro, veo un caballo.