27 de junio de 2011

¿Dónde estabas, Marie Louise?


Ahí está. Vaso con dos hielos y zumo de tomate. Ahora le dará un golpecito al culo de la botella y cuando termine de vaciarla chupara con la punta de la lengua las gotitas del borde. Cuando hace eso me tiemblan las piernas.
Mes y medio. A la misma hora. Y no me ha mirado ni una sola vez.
Lee el periódico por la última página. Las de deportes las pasa rápido. Las demás, con el dedo mojado en saliva. Es cáncer. Sólo mira ese horóscopo.
Me gusta su reloj. Y sus camisas. Casi siempre rayas. Dos veces flores, flores naranjas. Y sólo una, un jersey de manga corta que dejaba ver en su antebrazo un infierno de serpientes protegiendo la estrella de David.
cuarenta y cinco días, y no le he visto sonreír.
Me encanta su nariz. Es grande y perfecta.
Si a mí me diera un golpecito en el culo también me vaciaría. Y si me chupara hasta la última gotita con la lengua...joder tía, como lo flipas.
¿Por qué no me miras? ¿No soy guapa? Claro que soy guapa, menos tú, todo el mundo me mira. Podrías levantar la cabeza. Mirar alrededor, como todo el mundo. No creo que tengas todo lo que necesitas debajo del sombrero. Me verías, yo te sonreiría, así, ladeando la cabeza y dejándote ver mis hoyitos para que te imagines que haces un birdie con el hierro siete, y al día siguiente, te sonreiría de nuevo, y tal vez te diría ¿qué tal? Y tú, me contestarías, bien, te invito al café y yo, no gracias y tú, que sí mujer, y yo, pues vale, pero mañana, te invito yo, podrías, levantar la cabeza hijode puta...
No sé qué escucha. Deben haberle taladrado los auriculares al cerebro con tornillería de titanio. A lo mejor escucha un réquiem. Quién sabe. Con esa cara. O al Fary. No, al Fary no. Pero quién sabe.
“Planeta papa frita llamando a tío interesante”. Ni caso. Yo sé que soy guapa. He tirado al cubo como a clinexs a hombres más guapos y más altos por paquetes.
Cuando me mire no le voy a sonreir. Y una mierda. Y mañana no vengo. Me tomo el café en otro sitio.
Mira parriba coño.
Una vez.
Hace una hora que tengo el café frío.

26 de junio de 2011

Zeus y la ballena mecánica


-Si no me dices qué te pasa nadie dormirá esta noche en esta casa...

Philippe está varado en el balcón mermando con los labios apretados la espuma de un cigarro y viendo secar la ropa en las ventanas calle abajo con la espalda encorvada sobre una barandilla surtida de geranios que Monique-dulce Monique-ay mi Monique cuida como a crías de cordero y amamanta con el agua de sus manos y la paciencia de una iguana bajo el sol del mismísimo Mojave.
Lleva las tirillas del sujetador de silicona y brillan como lágrimas de alguien que hubiera estado llorando en su hombro a la luz de las cocinas encendidas en el barrio, y una horquilla en la boca que ponerse en el pelo.
Se quieren desde a veces, sí a veces, no, depende de cómo hayan odiado y vuelto a amarse en espiral todo este tiempo, tanto, tiempo que de no acordarse uno del principio lo llamaron desde siempre.

-Tengo cincuenta y siete años y van a cerrar la fábrica Monique. Te estás mojando los pies.

-Sólo es agua.

-¿Dónde puede ir un hombre de cincuenta y siete años a empezar de nuevo?

-Me encanta cómo corre el agua entre los dedos de mis pies.

Hay tierra por el suelo y Monique se acaba de hacer una coleta y en su cuello brilla el plata de la luna y con el dedo, como un anzuelo, le está diciendo a Philippe ven a la cama, que mañana, tú estarás aquí y yo estaré aquí y eso es todo, lo que un hombre necesita saber para empezar, cada día, el resto de su vida.

23 de junio de 2011

A tomar por culo


“¿Sabe usted con quién está hablando?”, me dice el gilipollas. Pues no tío, pienso; pero me importan un carajo tú, y tu ralea de abogados, porque da la casualidad de que hace mucho tiempo que lo perdí todo y no, creo que puedas quitarme nada excepto la vida, que por cierto, pienso, también me importa un carajo, así que la has cagado, y cuando termines de decir las cuatro tonterías que vayas a decir, primero, pienso, me voy a cagar en tu puta madre, y después, te voy a dar de hostias hasta que me canse, porque, me toca los huevos que payasos como tú, se crean intocables sólo porque están rodeados de gente importante, dicen.
Total, que le meto dos hostias, y tirado en el suelo como una maricona, se pone a llorarme que no le pegue más, que cuánto quiero, que no sé qué, un asco, y me voy, y lo dejo allí a ver si se pudre en su propia mierda, con un poco de suerte.

22 de junio de 2011

Anticredo


No creo que estemos destinados a nada,
ni en que la vida, sea o no justa
o esté en manos de una divinidad cualquiera,
no creo,
-qué importa-
en nada.

Pero creo en mis cosas.

Creo en el olor de la ropa planchada.
Creo en la bandera gay.
En Buzz Lightyear.
En la voz de cueva de los negros, del locutorio.
En la enfermera gorda.
En los payasos sin fronteras, los médicos sin fronteras, cualquiera sin fronteras.
En cómo ríen como niñas las putas tailandesas.
Porque son niñas.
Creo en las tostadas y el zumo de naranja.
En que toda esa gente que sale por la tele,
no es tan estúpida.
En que cualquiera no puede ser tan estúpido.
¿Quién no tiene un céntimo de euro?
¿Quién no ha planchado alguna vez?
Creo en la música a toda hostia.
Y en Batman.
Spiderman es un buen chico; pero llora demasiado.
Creo en Alicia, por supuesto, y su traje azul.
Creo en Mandela, rascando los días en la pared de su celda
con una cucharita de café.
Creo que sin sueños,
la vida se muere, y que debajo de todas mis macetas,
hay Gnomos.
Creo que el amor no debería ser una pecera sino el Mar.
Creo en la insulina.
Creo en Pancho Villa.
En las tetas eclécticas de una india amazónica.
Creo en los monstruos que llevamos dentro.
En Indiana Jones.
Creo en los colores, en todos los colores.
En las pulgas del perro del hombre que pide a las puertas de la iglesia.
Un céntimo de euro, por caridad.
O para vino.
¿Quién no tiene en el bolsillo, el corazón?
Creo en los pomelos, aunque no sé a qué saben.
Tampoco sé a qué sabe ser feliz, y creo.
Creo en el oso.
En la marsopa, y sobre todo en las libélulas rojas.
Creo en los solos de guitarra.
En los Cherokees.
En los atunes rojos.
En los mapas que el tiempo, ha trazado en mi piel.
Creo, que estás, escuchando detrás de la puerta.

20 de junio de 2011

No sé si cuando llueve todo es gris, o todo es gris precisamente porque llueve


Alev es una yegua de fuertes pezuñas y cierta envergadura y a la vez, suficientemente ágil como para franquear los acantilados- esa escalera de caracol que se cierne sobre el oleaje y que se ha cobrado tantas vidas-, sin caer al vacío.
Desde aquí, puedo ver las ruinas.
La yegua está pastando en la meseta. Yo hago planes. Le prometí a Roldán que el día que muriera lo enterrarían en la entraña de la madre Cimeria.

Hay siete hombres custodiando la tumba. Todos armados con espadas. Todos con el brillo en los ojos, del miedo. Debe ser extraño ver como una mujer sobre un enorme caballo surge de repente del horizonte con un ojo guiñado y una flecha, te atraviesa la garganta.
Están aquí para morir. Lo saben. Roldán no es tributo de estas gentes. Es un preso. Un preso muerto sin descanso en estas tierras áridas que nunca han amado a nadie.

Perdimos la batalla. Ganamos otras.
Cayó debajo de una horda de enemigos, porque ninguno solo era capaz de hacerle frente, sólo yo, era capaz de hacerle doblegar, y que se entregara a mí como sólo sabe hacerlo un rey.
Grabaron en su lápida “Sólo era un hombre”. Bajo el sol. Muy lejos de casa.

Un rey no es sólo un hombre. No mi rey. Que fundó escuelas en medio del desierto, donde venían los griegos a impartir filosofía, que jamás se presentó ante ninguna multitud, sino en cada hogar, cada cama de un enfermo, cada tumba de un guerrero, cada familia en descontento, que unió en sacramento, elevando puentes sobre la corriente, pueblos de pieles completamente diferentes de donde los niños los mismo nacían del color de la vainilla que del cobre, no mi rey, que antes de ser rey era mi amante, e hizo escribir en los tratados del cielo una constelación con mi nombre.

Están aquí para morir. Lo saben.

18 de junio de 2011

Miss átomo


Doblé el paisaje en dos y luego en cuatro y luego en ocho y luego en luego y luego lo metí en el bolsillo pequeño del vaquero, con el dedo índice hasta el fondo.

“-¿Qué me has traído?

-Un barco pesquero con atunes, con una franja azul de proa a popa. Gaviotas, cientos, y una niebla que había, a ras del agua”.

Otro día, era un caramelo de frambuesa; un pez naranja; unos aretes; queso...globos...algo, algo que la hiciera dar saltitos de alegría.

“Yo no he venido a este mundo a sufrir por nadie, sino a amarlo y a darle cada uno de mis días y a que la gente me vea pasear con él de la mano”, decía.

Tampoco me dejaba salir de la casa sin darle un beso aunque sólo bajara a por tabaco: “Si te cae una maceta de un balcón y ya no vuelves, ¿cómo quieres que me acuerde de ti?, si te pilla un camión y...”
Y yo, por no escucharla, la besaba.

“Quiero una cama enorme para hacerte el amor, y hacerme viejita contigo”
Cosas así.
Y todo le salía por una boca, tan, pequeña, que era imposible llevarle la contraria.

Me encantaba oler su piel, que olía a patatas, después de un duro día de trabajo, y bajarle las bragas con el pie, mientras ella se quitaba la goma del pelo. Si no quería, la mordía en el cuello, y entonces, quería. “No...no”. Pero quería. Y después quería más. Y gritaba. Gritaba lo que le daba la gana, que para eso pagaba un alquiler. Una vez le tapé la boca con la mano. Me mordió. Y se cabreó mucho y como siempre acababa encima me espoleó tan fuerte que sentí como la polla se partía, y ella caía resoplando a mi lado como un saco de arena que hacía puf puf puf y que me dijo, que si le volvía a tapar la boca con la mano, me arrancaría los dedos de un mordisco.

15 de junio de 2011

Storyboard


De espaldas contra el musgo del tejado de la casa vieja escuchan un concierto para grillo en re menor, de violín, bajo el cielo de una noche estrellada de agosto.

-Qué bonitas...tan brillantes...rojas, azules, amarillas, blancas...¿crees que ahí vive gente? ¿tan alto?¿crees que habrá tortugas Billy, tan alto?

Si hay un hada en el bosque, esa es Paca.

No existe un motivo aparente por el que Paca sonría todo el tiempo. Por cualquier cosa. No importa. Incluso cuando cualquier cosa es esperar un hijo de Luiggi, un ángel italiano que habla del revés y usa camisas de seda natural tan dóciles al tacto, que te dejas caer en sus brazos aunque sepas antes de sentir en tu aliento su aliento, que va a comerte el lobo.

-Sólo son gases venenosos, grandes tormentas eléctricas a millones de grados centígrados, la mayoría, ya ni siquiera existen, ves su luz; pero ya no existen...

“Su luz...”

-¿Por qué la llamabas Princesa?

“¡Pero puedes llamarme Princesa!”, gritaba, la primera vez que la vio mientras se alejaba del embarcadero en bicicleta.

-A ella le gustaba.

-¿Y a ti?

-A mí me gustaba que viniera corriendo y se tirara encima y que mi estómago, fuera una noria.

13 de junio de 2011

Graves y agudos


Hoy me he desprendido de mí mismo, por fin.

Esa naturaleza interna que nos conforma, irreversible al parecer, que a lo sumo, sólo alcanza uno a solapar aunque viva siglos...
Pues eso es uno.

Me encanta este planeta. Todas esas luces, al alba, color malva y ese, rugir de leones en las olas y la espuma que cae del cielo frío y los arbustos más insignificantes del Gobi o los Edelweiss o las cría de focas; el viento al doblar las esquinas; el agua de lluvia en la cara; un rayo de sol en la espalda, la hierba, la hierba, la hierba; las fosas marinas; las selvas; los grandes, acantilados; el salto del ángel; la estatua, de la libertad; los charcos; los sombreros; las hojas que caen de los árboles; los zapatos, el puente de Brooklin.

Digo, coño, hace seis meses que no follo.
Que nadie me toca.
Que no he dicho te quiero.

No había visto tanta gente junta desde la comunión de mi primo Rafael, hace no sé, y además, no eran tantos, muchos sí, muchos primos pidiéndole pesetas a la abuela para echarlas en una maquinita de esas que ponía discos si le dabas a un botón muy gordo alumbrado por dentro, todos, acabamos en calzoncillos, porque, hacía mucho calor y porque siempre acabábamos en calzoncillos, y luego, mi tío Chico nos montó en una furgoneta que olía a pescado y nos fuimos a un campo de melones que había al lado y como una mangosta, lo dejamos seco en cinco minutos y salimos de allí pitando a repartirlos con el resto de la familia, bueno, había, mucha gente en la discoteca de anoche: “Que sí tío, que llegas allí y te marcas un baile y te salen cuatro divorciadas de no se sabe dónde, una pasada, yo estuve la semana pasada y acabé con una en una pensión hasta por la mañana, puta madre, tío, que ve uno, le gusta, y se lo tira, decía”.

Bailo que te cagas.

Se miraban como hormiguitas, unos a otros, de arriba, a abajo, con las antenitas, se rozaban al pasar en direcciones opuestas, se , olían, y todo el mundo, andaba vigilante haciendo recuento de quién miraba a quién y quién te estaba mirando mientras contoneabas tu cuerpo supongo que un baile reclamo, muy humano, no lo dudo.
Pedí una copa y me puse en un rincón, como una kentia.

Si hubiera puesto un pie en la pista, ahora me estaría levantando de la cama con una chica al lado que me estaría diciendo adiós con un pañuelo blanco y dejando tras de sí ese olor a barquito de papel de una hermosa despedida.

Y nunca lo sabré supongo, porque hoy, lo que me pasa, ya no me interesa sin mí.

Voy a poner la lavadora, y a quedarme sentado enfrente y ver como la ropa, da vueltas, y vueltas, y más vueltas...



Jennifer Lopez Ft. Pitbull - On The Floor [Music... por DjYohns

10 de junio de 2011

Bonita y tierna historia sin tetas ni esas cosas


Tenía los ojos tan grandes,
que no podía cerrarlos, y por ahí, se le caían dentro,
todos los gatos negros de mi barrio.

Había que volverse a mirarla,
o arrepentirse para el resto de la vida.

Cada uno de los litros de sangre que tenía en el cuerpo.
Mi puta vida.
Yo
qué
sé,
por tener a a mi lado en el cine,
a la niña más bonita del barrio.

“Al Sebas le gusta la Mariana”
Decían, por ahí.
También decían,
que a la Mariana el Sebas,
ni muerto.

Pero al Sebas la Mariana no lo dejaba dormir.
Y se hizo marinero y en un barquito velero la invitó a cruzar el mar
y a las tres de la mañana, debajo de aquel balcón,
le dijo “Mariana,baja”
“O me mato” y se mató.

Se mató catorce veces y la Mariana bajó
envuelta en un lino blanco
a velarle el alba al Sebas
y advertirle de que el cielo,
iba a caerles encima.

Y llovió, y llovió mucho,
y a la Mariana y el Sebas,
le salieron escamas en el vientre
y se fueron de alquiler a una pecera,
con maceta y una jaula,
con un jilguero tenor que se llamaba Costelo
y cantaba en do menor.

Qué bonito es el amor.

6 de junio de 2011

If I had to make a wish


Se lo dijo a todo el mundo: “Este año me tiro”. Así lleva, no se sabe. Aba. Llevaba. Qué cabrón. Se ha ido al fondo con la silla de ruedas. Y vestido de Batman. Le encantaba-¿aba?- Batman, y por las fiestas, se había disfrazado con una capa y todo negra, que antes había sido un mantel y antes, hilo de seda de gusano.

Micaela tiene las manos extendidas hacia el agua como un día las tuvo hacia Sasha y su magnífica sonrisa de recién muerto en la calle, en mitad de la calle con un tiro en la cabeza made in Sarajevo, y Don Ramón, que de joven era capaz de arrancar un árbol con las manos, hunde en el río una farola a ver si, a ver si, porque árboles, cerca, no había ninguno. Sebastián, que trabajó una vez en las cocinas de un carguero, se ha tirado el primero y parece un pez delgado con bigote buscando en lo negro los destellos del metal.

Aba. Nadie está tres horas en lo negro sin morirse.

El río fue un enjambre de personas que batió y batió y batió los fondos del agua con linternas envueltas en bolsas de plástico, toda la noche.

Si, se pudiera borrar todo y borrar el río y las ganas de Palomo de que nadie nunca más tuviera que acercarle la cuchara a la boca o sacarle a mear la polla con la punta de los dedos o borrar la mala leche que le llenaba de pulgones los modales y asustaba a los niños y los perros y a la luna en los charcos, borrar hoy, o hace tres años y aquella carretera y a Palomo Duarte saliendo de la curva más cerrada de su vida, borrar la luz de la farmacia donde vió a Maite besarse con Matilde y a Matilde con Maite en un baile de lenguas y pezones por fuera del vestido.
Borrarlo todo y empezar con lápices nuevos y relucientes a pintar el resto de la vida.

-Pero no se puede.

Alguien tenía que decirlo.

-¿Qué crees que hay tras la bruma Billy?

A quién le importa, en realidad, lo único importante, como dice Micaela, es lo que aún nos queda por vivir.

Paca está preñada. De un ángel italiano. Un verdadero hijo de puta con el corazón de cartón piedra que se la folla por el culo mientras maldice cada rincón de santa Marta.

-No pienso perderme ser mamá...

2 de junio de 2011

If


-Se asoma uno a la borda de su vida y entornando los ojos mira el horizonte y enciende un cigarrillo y entre el humo lo que ve, es una mierda. Abres la lata más triste de todas las latas de albóndigas de este mundo y metes la cuchara y la cuchara te la metes en la boca y lo masticas de una manera arcaica todo y poco estimulante y escuchas tus dientes triturar los guisantes bajo la sucia luz de la bombilla del techo de la cocina y, sentado sobre la encimera, piensas de repente que si un hueso de pollo se te atragantara en la garganta estarías solo, solo y en calzoncillos tirado en el suelo con los ojos abiertos como platos y las uñas arañando la puerta de la casa.
Patético.
Y lo peor, es que me gusta.
Esta es mi última visita. Supongo que lo sabe señorita Li.

-¿Por eso has comprado esa pistola?

-Sí.

-Tengo que admitir que no estaba preparada para esto...

El toráx se le abrió como un melón, y entre los labios, sostenía una rosa roja mientras toda la sangre que tenía en el cuerpo inundaba la mesa y resbalaba al suelo hasta la calle, escaleras abajo.

-Me encantaban sus gafas de Prada.

“No creo que fuera necesario”

-Cállate, estúpida arañita parlante.