30 de julio de 2011

El ladrón de palabras y la mujer que andaba descalza en el aserradero


Maravilloso malabarista maravillante,
mi jóven Prometeo,
mi poeta,
tonto del culo de mis huesos,
mi alquimista,
mi necio
maravibésame la boca pelirroja,
maravillósame la pulpa y el despojo,
y en lo frondoso,
vierte todo tu apetito y come
come
come,
migas de pelo de coyote,
cierra los ojos, ven,
esto,
es para ti.

Maravifóllame en el quicio de la puerta,
maravimétemelatoda y dime
dime,
dime,
cuánto te gusta,
escuchar como crujo, me rompo,
hasta que todo lo que queda de mí,
es un naufragio entre tus brazos.

Te
amo
tanto
que,
me he pintado las uñas del color del café.

22 de julio de 2011

Bariloche no era una canción


Voy a comerte el coño una hora de reloj y a liberar el Trópico de Cáncer de tu entraña hasta que sientas que los huesos,
te abandonan.
Heme.
Hete.
Y que sea la luz del cielo de la boca quien desvele
que todo signo humano en nosotros,
ha desaparecido.

Dentelladas más hondas y cortes más profundos,
la espalda convertida en mapamundi,
los ojos en candelas y en la boca, los flecos de saliva.

Ya pagaremos la hipoteca,
las facturas del coche y los pecados,
mañana si amanece, ahora quiero que me hagas
un nudo
gordiano
por dentro de la oreja hasta el cerebro con la lengua
y tires la llave por el váter
y el váter,
por la puta ventana.

18 de julio de 2011

Palermo, año 1000


Esta brisa me recuerda a ti, que no existes. Tal vez la brisa tampoco. Que no exista nada. Tal vez muriera en aquel antro de mierda escondido en las montañas, de un tiro en la cabeza. Mala suerte. Si era buena, sacaba en limpio más de tres mil francos. A veces, alguien se saltaba los sesos. Nunca hablábamos de eso entre nosotros. Ni de ninguna otra cosa. Para qué.
O tal vez todo sea tan cierto como esta brisa, y por lo tanto tú también, que no existes.
Cierto que bebía cubatas a la luz de las velas escuchando a Phill Collins con Patricia, la mejor amiga de Claudia, y que un día terminamos follando en el suelo, muy borrachos, y cierto que me dijo, levantándose a mear, que sí, que el mejor que había echado en su vida.
Mentirosa.
Como esta brisa, la vez que llenamos de hojas secas de la plaza, la única habitación de la casa, no recuerdo exactamente para qué, pero retozamos encima de ellas y así estuvimos, días, Claudia y yo. Eso era cierto. Alguna vez lo fue.
Le gustaba Susanne Vega, porque vocalizaba muy bien, decía.
De cosas, que se acuerda uno.

Ordeno la cocina. Es temprano. Pongo un bote aquí, el otro allá. Bah. Hago tiempo. Intento no pensar demasiado en cómo será “ese” momento. No es que me esté arrepintiendo; pero al fin y al cabo estas serpientes llevan treinta años conmigo.
Riego las plantas. Al photo le ha salido una hojita. Ya tiene cuatro. “Hooooooooooooola”, le digo a la hojita en voz alta.
El tío de la tienda de flores me dijo que vaporizara las fucsias con agua de colillas. Los pulgones de han muerto. La planta también. Su puta madre.

Si existieras, nuestra canción preferida sería She, de Elvis Costello.

Voy al súper.
Helado de chocolate, naranjas, cuchillas de afeitar...
“Tienes un trasero precioso”
Le he dicho.
¿De verdad he dicho eso?
Sí. Paso de todo.
Ha sonreído.
Si hubiera dicho culo, me habría mandado al carajo.

Nos miraríamos en silencio, como en las películas. Si es que existes.
Por encima del amor.
Muy lejos del amor.
Lo más lejos posible.

Llego a casa.
Hay un bichito en la pared.
Lo mato con la escoba.
Por si acaso.
Como se matan tantas cosas.
Por si acaso.

Es la hora.
No habrá nadie cuando entierre a las serpientes. Sólo yo, si es que existo y una maquinita con agujas taladrándome la piel.

15 de julio de 2011

Jijijí-jajajá


-Cariño...¿me la chupas?


-¿Mmmmm?

-Es que no me puedo dormir.

-Son las cuatro de la mañana. Hijoputa. ¿Esto es por lo de las galletas?

-No no, qué va. Por mí como si te comes la fábrica de chocolate. Esto...que ya que estás despierta...¿no?

-A que me voy al sofá.

-Yo a ti te cuelgo cuadros sin ganas.

-¿Te digo lo que yo hago por ti sin ganas?

-No, déjalo.
En fin.
A ver si comiendo algo se me pasa.
Huy, que no hay galletas de chocolate. Se me olvidaba.
En fin.
Duérmete cariño. Pasaná.
En fin.

-¿Si te la chupo te callas?

A Isabel


Sascha y Aniuska jugaban ya a que eran, de pequeños, novios desde toda la vida aunque Aniuska tuviera sólo cinco años y a Sascha no le hubiera salido, aún ni un sólo pelo del bigote. Cogidos de la mano, recorrían cada día un luminoso sendero con horizontes malvas a las seis de la mañana, y otras veces, con nubes en el cielo que llovían sobre un paraguas viejo color guinda con flores amarillas, que Natacha Brozonsqui le había regalado a su sobrina; llegaban a la escuela y se sentaban, el uno junto al otro porque así, había sido siempre. Siempre años más tarde los domingos al cine, cargados de pistachos, que vendía el único moro de todo Sarajevo por entonces, envueltos en un cucurucho de papel de pescado donde los dos a la vez, metían la mano, mientras el Sheriff, que era siempre rubio, se cargaba a los malos, y del Saloon, salía una chica con los labios tan rojos como una manzana, y caía rendida en sus brazos. Siempre las meriendas en el parque después de trabajar, las migas a los patos, las promesas... “Me caso en septiembre”, le había dicho Aniuska a todas sus amigas. La iglesia se había quemado dos veces. Si la guerra no acababa nunca, si había que morirse, Aniuska quería recordar cuando una bala le atravesara la cabeza, que tenía un anillo en el dedo porque había, alguien que la amaba más que a nada de este mundo desde siempre.

A Sasha lo alcanzaron en la calle y en la callé cayó como una rama, seca, de un tiro entre las cejas.
Tenía una sonrisa tan bonita, que no sonó un disparo en siete días.

Era julio.
Hacía calor.

13 de julio de 2011

Códex sinfónico o el átomo que dejó la puerta abierta


No tengo por qué obedecerte, voz que me hablas, yo tomaré,
mis propias decisiones de ahora en adelante.
El azul será azul, voz que me hablas, y los lirios: violetas.
Por mucho mar que sea,
el agua será agua,
y un puerto, sólo un puerto, aunque canten a coro los mástiles de barcos.

Me incitas a que alze aquí ahora y para el resto del guión una bandera blanca,
a que me rinda a tu aquelarre de promesas e incluso me susurras
canciones de amor de los ochenta con la absurda intención,
de que deje de latirme el corazón.
Voz que me hablas:
No soy idiota.
En el mar sólo hay agua y en ciertos continentes,
amazonas en cueros sobre caballos negros.
Pero sirenas no
y el agua,
es sólo agua.

Tú y yo,
voz que me hablas,
deberíamos pactar una tregua.

Se nos acaba el tiempo.
Las velas, no se apagan,
de un solo soplido desde hace,
algunos cumpleaños.

Durmamos esta noche abrazados como larvas,
callados,
medio muertos,
de miedo ante mañana, voz,
y todos sus minutos y segundos,
sintiendo en el estomago el suave balanceo de estar vivo.

11 de julio de 2011

Incluso


Si en vez de lengua ella tuviera dentro de la boca
una cucaracha, sería horrible, toda ella, sería horrible y no,
podrías jamás acostumbrarte a algo como eso y
la abandonarías a su suerte,
después de todo
este
tiempo.

No se dejan las cosas tiradas por el suelo.

Yo he nadado los cien metros libres en pozos de auténtica mierda.
He fumado colillas.
Me he muerto.

Cuando vuelvas llorando a recogerla, ya no estará en los cubos de basura.

7 de julio de 2011

Nubes con forma de hipopótamos, jirafas y camellos


Nicolás cayó de bruces sobre un lecho de hojas secas, bocabajo.

A las siete y media de la tarde salía a regar los rosales del patio de la casa vieja al otro lado de las vías, donde desde pequeño, a la falda de su madre, había visto pasar tantos trenes, que a los treinta ya se había quedado calvo, y a los cuarenta, le daba igual hacer ruidos con la boca mientras cenaban sopa de letras quietos y callados, la vieja y él.
La madre era una alcayata vestida de un negro riguroso y que sólo en ocasiones mal contadas abría la boca: “Voy a morirme en siete días. Encuentra una mujer”.
A los siete días justos, antes de arrugarse del todo y por primera vez en muitos años, lo agarró de la mano y con la voz más dulce que Nicolás era capaz de recordarle, le dijo, “cuídala como a una flor”, y en un vahído, dejó escapar el último suspiro que aún le quedaba en el cuerpo y se murió.
Para entonces El Brillante, ya se había convertido en un bar de paso, porque por allí, ya sólo pasaban mercancías y la gente parecía haberse olvidado de aquel lugar, a no ser que se bajara a mear del tren de las once menos cuarto, que era el único, que misteriosamente, paraba en la estación cinco minutos.
Así que Nicolás había decidido no pintar de verde nunca más las mesas y dejar que los viajeros que tomaban su café pudieran leer sobre ellas lo que otros viajeros- y así sucesivamente desde cuando en Santa Marta la fábrica de cerámica lo movía todo- habían dejado allí escrito. Y había decidido que para qué quería una mujer si ya tenía cada una de todas las estrellas del cielo por ejemplo o por ejemplo los rosales y un manzano en el centro del patio que daba la sombra en forma de galaxia.

Y entonces llegó ella, un día, y se sentó en un banco del andén bajo la lluvia.
Sacó de un papel de aluminio un bocadillo de salami, y con la delicadeza de un pájaro lo comió lentamente mientras se le inundaban los zapatos.

Todos los días, a las siete y media, Nicolás cortaba una rosa del rosal sólo para ella. “Gaviota”, la llamaba, y dormían, como dos animales, abrazados en forma de larvas.
Con el tiempo a Micaela las ojeras se le fueron blanqueando hasta casi convertirse en dos papiros donde aún podían leerse los nombres de sus muertos sarajevos, con los que hablaba, todas las noches, mientras se destrenzaba el pelo antes de acostarse.

4 de julio de 2011

Jerónimo


Tiene la boca tan redonda que si la besara por un lado
me caería por el otro tiene
la carne suficiente como para que no me aburra nunca, tiene,
dientes de piano y el pelo a lo garçon, a lo mejor,
tiene hasta novio.
O no.
O una niña de seis meses y una madre soltera.
O un malecón, donde me está esperando con los pies,
metidos en el agua.

La vi con su mochila rosa colgada de la espalda, ayer,
precisamente, y un vestido negro y largo donde dice,
a la altura del pecho: “Peluquería San Clemente”.

Me lavó la cabeza con las manos.
Yo te digo que hablaban. No sé qué, pero que hablaban.
Por eso ahora llevo, el pelo tan corto, por eso y porque quiero
saber lo que me dice con la yema del dedo.

Voy por la calle y digo, coño, qué loco estás, y de repente,
veo un sin techo llevando una antena parabólica,
una bañera,
y una docena de gatitos en un carrito de la compra y digo, coño,
¿y quién no?

Barbitúricamente hablando


De todas las navajas que la vida me ha dejado
tú me dueles más porque eres honda, petenera,
mía, que de nadie y desde entonces
te he buscado a ti en quienes fuera y a ti en ti,
de tu ropa colgada detrás de la puerta.

A ver si a ver si...
Pero qué va.
Las oscuras golondrinas nunca vuelven al solar vacío
de esta colina de azufre donde vivo,
este infierno pequeño de butano
con dos de azúcar y cigarro.

Oh, main god
Oh, main god,
en el fondo de la sopa de tomate hay,
una civilización antigua como el hambre
rodeando con sus brazos el árbol de mi vida en,
fin,
si hubiera una sola mujer en el mundo,
que fueras tú.

Amen de todos los amenes te amo no,
por lo que hallé en otras de ti ni en ti de ti ni mucho menos
te amo como a un siglo, sino-no como a un siglo-,sino
con todas estas canas confundidas en la sien y
las cagadas de palomas en el ala del sombrero y los paseos
sin mano por el parque.
Desde ayer.
Desde un noviembre.
Desde siempre, punto, es
o
es
todo,
lo que puede acontecer
me
caigo
cada noche en tu pozo de la cama, ¿qué?
yo, que me nadaba los manteles sin manguitos,
para pasarte la sal de la ensalada.

Necesito un doctor.
Uno barato, que apeste a Bourbon y me diga,
que voy a morirme en cinco meses
si no dejo de joderme el pulmón
con el puño cerrado y en la boca
el estribillo de Titanic y en los ojos,
la ley del Talión.