31 de agosto de 2011

Tú dices que me habita una tormenta


A veces he querido meterlo todo en bolsas de basura y arrojarlo por el balcón de mi corazón y luego pasar la fregona y que oliera todo a pino y que mi corazón, pareciera un corazón y no esto, que parece una mierda pinchada en un palo.
A veces, también he querido tirarme de un quinto.
Pero no me he tirado.
Y o sea si lo tiro todo, cuando mueva el corazón como una cajita de regalos y vea, que dentro no suena nada, ¿qué?
Y además cómo coño tiro yo a mi padre. Seguro que me mira con sus ojos de muerto.
¿Y cómo tiro Irlanda?
No he sido más feliz en otro sitio.
¿Y a Alicia? No hay huevos. Seguro que me vuelvo a rebuscar en el fondo de los cubos.
Y así es como he decidido que hoy me voy a dedicar a la marquetería: voy a ha hacer un mueblecito, con muchos cajones.
Tendrá cajones muy grandes para meter los endredones, y cajones pequeños donde diga: “Victoria”, y huela a humo, porque Victoria, de cerca, quemaba. Cajones con pomos en forma de luna y cajones pintados de celeste con puntitos blancos y una rana follándose a otra, como el tatuaje donde Claire me señalaba con el dedo, que entre aquellos nenúfares, podía escucharse si ponías atención, el pálpito divino de la vida, creciendo entre el fango.
A mi padre, le haré un cajón con almohada, donde pueda reposar para siempre su cabeza y por las noches, le arroparé con una manta y le daré un beso en la frente y le diré te amo y cerraré el cajón, suavemente.

Los que necesite.
Y algunos cajones más.
Aún puedo hacer cosas magníficas.
Incluso podría empezar, por perdonarme.


29 de agosto de 2011

Estúpida nana en versión original


Te deseo, felices sueños.
Tranquilos sueños.
Termosos sueños.
Te deseo caricias.
Caricias tiernas y sueñas y hermosas y tranquilas.
Sueñacaricias.
Peradeagua.
Melonifera soñadora te deseo de caricias.
Acuífera.
Bullet.
You win.
Waomini, six puant.
Te deseo la vida.
Te deseo el ombligo.
Tus ramas preñadas de flores. Insert coin. Ding. Dong. Going.
Te deseo este baile.
Esta botella.
Te deseo los besos los besos que nunca pude darte
(¡Ahora: música música música!).
Te deseo los ríos, las palomas, los bosques.
Sueños de hiedras y jazmines y olor a canela subiendo por las tapias.
Sueños a la sombra, de unas manos grandes y tibias y dulces como higos.
Sueños contigo colgando de una percha anzuelada de una nube nube blanca.
Sueños con ponys, de pelo rojo y largo.
Con garzas.
Con atunes.
Con stelaciones.
Sueños que se sueñen por el ojo, de una cerradura.

25 de agosto de 2011

Tirar los dados a un barranco, y que salga 7


Habíamos terminado de tocar y estábamos sentados tomando una cerveza con cigarro en una de las mesas del salón, todavía llena de copas y platos a medio comer y manchas de vino en el mantel: “Me cago en tus muertos Luis-le dije-.¿Pero qué coño haces?”.
El tío tenía la polla en la mano y se la acariciaba y me miraba con los labios entreabiertos y los párpados caídos: “Es que me gustas tanto...”
Mira Luis, le digo, eso está de puta madre, pero tío, eres un tío, que si fueras una tía, entonces a lo mejor a lo mejor, si fueras guapa, fea no, fea encima no, que no quiero decir Luis que no seas guapo.
“Te la quiero chupar”, me dice.
Mira Luis que te voy a meter dos hostias y vamos a acabar malamente, y él me dice que que pena, que qué pena, con lo bonito que soy y lo cuánto que me iba a querer.

O cuando invité a la Macu al cine y a oscuras me cogió de la mano y yo la miré y ella me dijo “Es que te quiero”.
Pero si me conoces de hace cuatro horas, le dije.
No me soltó de la mano ni en la cola del Burger, ni en la del autobús, ni en el portal de casa, y sólo cuando la puerta del ascensor iba a cercenarle sus lindos deditos pude respirar tranquilo y escribirle un mensaje de texto antes de llegar al tercero que decía exactamente, me voy a Rusia en quince minutos.

Pero sobre todo cuando le dije a Monique que me importaban una mierda sus sueños, todos los sueños de todas las Monique del mundo.

Incluso Charles, un pastor belga viejo y peludo al que sacaba a pasear cuando Claire no estaba en Praga, me miraba suplicando una caricia que yo nunca llegué a darle. Puto perro. Me moriré de viejo y no lograré olvidarlo.

Si viviera otra vez, yo, Gato Bob, la misma vida, dejaría que Luis me la chupara y me quisiera tanto, y a la Macu, a oscuras, le metería la mano dentro de las bragas, que era lo que estaba deseando.
Cumpliría los sueños de Monique uno tras otro: la casa blanca, pequeña y blanca; los niños corriendo por el parque; cositas por las noches en la cama, lindas pero guarras, como bichitos; comprar un cerdito, y llenarlo de monedas hasta que rebosara y cumplir el sueño ciento veintitrés: Venecia.
Soplar velas. Juntos.
Llenar la casa, blanca y pequeña, de personas felices y canarios que cantaran La Traviata a la sombra de una parra de uvas pasas.

21 de agosto de 2011

Великолепный образец


Aquel día a Nicolás Carmona era como si lo hubieran enterrado boca abajo en un bidón de aceite cuando ella le volvió la cara: “...despiértame a las ocho de mañana. Que descanses”.
Horas antes había estado pastándole la piel como una vaca. La llamó zorra, la llamó guarra, la llamó cosas que a ella le gustaban en la cama. La llamó puta. La llamó cerda, que te gusta- “Que me gusta”-, que te abras- “Que me abro”, que te toma- “Que me dame”, que te meto- “Que me me”, que te te te.
Y en vez de Ana, la llamo Cecilia Iñáquez Chevarría, así, todo seguido, igual que se la había metido toda entera por el coño, de una tacada.

20 de agosto de 2011

No creo que vuelva a leer a Shopenhauer


Chuf-chuf...
Chuf-chuf...
Chuf-chuf...

Las nubes en el cielo, parecían enormes montañas con nieves a punto de sufrir una avalancha.
Con los ojos cerrados y los rayos de sol de entre los árboles pintándola por dentro de naranja mientras un tren la alejaba en la distancia, chuf-chuf en la distancia, aún podía sentir cada uno de los dedos de sus manos gigantescas trepándoles la piel como reptiles y hurgándole los poros hasta el hueso hasta que el hueso, todos los huesos, crujían como casas encantadas.
Era jueves, y se marchaba para siempre.

Pensaba en él y a veces sonreía, y el tren, se iluminaba por dentro como un átomo de Helio, como una feria con noria y carrusel, como si todas las farolas del planeta, se hubieran encendido aquel jueves a la vez. “Es que me he acordado de su lengua buscándome en la oreja el pensamiento y en cómo, lo encontraba y luego se metía sin permiso por debajo de las bragas, señora, no-me mire-así”

Follaban en el quicio de las puertas; por delante y por detrás y entre las flores del sofá; sobre la cama, bajo ella; del derecho y del revés y en diagonal, y la gente que pasaba por la calle, podía escuchar perfectamente la voz de una sirena que salía del balcón, cantándole a un Centauro esa que dice, así- así- así, contra la pared.

Nadie en el tren la vio sacar el dedo de debajo de la falda y llevárselo a la boca con una gota en la puntita que sabía entre los labios a melón y a flor de sauco, ni como cada uno de sus vellos se erizó ni cómo en cada uno, vino a posarse un pájaro ni cómo, le estalló en el vientre una tormenta y de la boca empezaron a salirle los alientos del color de las naranjas mandarinas y de los ojos un azul con olas de crestas escarpadas y flecos de leche desnatada y bordados de nácar y trenzados de espuma y bordados de luna en los volantes, chuf-chuf, en los volantes.

10 de agosto de 2011

Manera de vivir número 3527


Le meto la pistola entre las piernas y le digo que la amo.
Porque es un gato,
subida a una barquita de goma después del naufragio.

Nuestro Mustang ha muerto en mitad del desierto.
No queda agua.
No queda tiempo.
Hay un río de sangre saliendo de Patrice.

Cuarenta tíos persiguiendo un coche rojo,
y los únicos huevos los tuvo mi chica.
Setenta metros hasta el suelo.
Seguidnos si podéis.

Los billetes de cien se han esparcido con el viento hasta Nevada.
Ha salido una estrella y luego otra.
Patrice me suelta de la mano.
Se marcha poco a poco, sola,
con los ojos cerrados y un montón de cristales en la cara a Hawai.

Y un mar oscuro, fuera,
lleno de coyotes y lagartos.
Ni agua, ni tiempo, ni Patrice.

Recuerdo a Patrice comiendo una manzana,
bajo un neón de Dixies Land,
en Otawa,
la primera vez que se montó en el coche,
y dijo “sácame de aquí”,

Guardé mis treinta pavos para un polvo,
y tomé la nacional cincuenta y siete,
con Patrice recostada en mi hombro,
y una canción de Sleeper Wo en la radio.

7 de agosto de 2011

Des atado


No dio tiempo a construir un escenario.
Follamos sobre el barro,
sin nombres,
en las trincheras.
La vida de un insecto por entonces,
era demasiado corta.

“Llamémonos verduras”
Coliflor; patata frita; berenjena...
“Cómamonos las cosas”
Nos comimos Berlín; la madrugada; las salas de billares,
la cama de un hotel y un bar por la mañana
con siete veladores,
y un trozo de tarta de manzana con ciruela.

“Quiero lamer la corva de tus piernas,
desenterrar tu risa,
comerte el coño,
zorra
zorra
zorra”, y ella dijo:
“¿También vas a pagarme la hipoteca”, y yo le dije,
que aquello estaba fuera de contexto,
que ahora tocaban
nombres de animales, y entonces dijo cerdo,
y todo, volvió otra vez a funcionar.

3 de agosto de 2011

Por entonces en Baltimore olía a fresno


Hablaba un idioma extraño conmigo que yo, porque la amaba tanto, había aprendido con el paso del tiempo y mucho ahincó a reconocer e interpretar con tremenda exactitud y aunque no la soportara ni siquiera un minuto junto a mí por la sencilla razón, de que era realmente insoportable: “ ...ro una...to.”
Eso, en su idioma, que se hablaba uniendo casi los labios hasta que de la boca sólo quedaba un agujerito, quería decir que si no le compraba una moto era una mala persona y no la quería, porque si la quisiera, le compraría una moto bonita y un casco rosa a juego para que fuera para aquí y para allá a hacer sus cosas de mujer cosmopolita; para llevarme a pie de playa y volver luego a la casa oliendo a sal, sabiendo a sal, follando a sal; para ir al trabajo; para hacerme la vida, imposible.
Porque ella era, era, era...se metería entre los coches, joder, discutiría con todo el mundo, se subiría por encima de la acera, y lo peor: nunca sacaría el intermitente y un día, llamarían a casa y alguien me diría, tenemos aquí una princesa llorando con una pierna rota que dice que venga a recogerla el amor de su vida.

Usaba palabras muy cortas, que, yo porque la amaba tanto y bla bla bla, descoyuntaba en mil pedazos hasta que, por ejemplo, de un solo “ jo...d...dre”, era capaz de y con todo acierto, extraer múltiples formatos léxicos y conjugarlos y centrifugarlos y descubrir que efectivamente se estaba cagando en mis muertos.

Podía estar así, meses.

Hace poco la vi en una moto, sin casco y con uno detrás que le iba sonriendo agarrado a su cintura, mientras cruzaban en rojo un semáforo.