30 de septiembre de 2011

No mires hacia abajo


Marguerite seguía una dieta de hoja de nenúfar hervida en ambrosía, crepes de eucalipto y musgo de azotea que siempre a la caída de la tarde desde hacía dos mil años recolectaba con sus manos insectívoras y se llevaba al pico con los ojos cerrados mientras colgaba de una cuerda un pentagrama de bragas de piel de leopardo, flotando a diez centímetros del suelo sobre unas zapatillas bordadas con ramos de gardenias y lazos blancos y buscando entre las nubes un arcángel de ojos negros y de nombre Gaspar, al que había conocido en Estambul, bajo la atenta mirada de los astros, una vez.

28 de septiembre de 2011

Shoes in the window


Cristina tenía las manos más grande que yo.
Fue mi primera novia de instituto.
Una vez me cogió en brazos.

Adele también tenía,
los ojos azules.
Pero estaba gorda, y sudaba vinagre.

A mí me gustaba Maricarmen.
Se parecía a Ava Gardner.
Me ignoraba. Pero dejaba que pagará el autobús.

A Tere le faltaba un diente.
Era muy simpática
y siempre estaba sonriendo.

Su hermana estaba media loca
y se comía las uñas,
por besarme decía, sola por las esquinas.

Nos hacíamos pajas
en el granero.
Yo, pensaba en Maricarmen.

Mati estaba, fuera de mi alcance, había
estudiado en colegios de pago y eso, se notaba.
Nadie nunca ha vuelto a hablarme de Shidarta.

Qué tetas tenía Maricarmen.
Dos.
También dejaba que pagara los helados.

Dicen que yo tenía por entonces,
la lengua siempre fuera
cerca de ella.

Qué tiempos.
Qué puta que era Maricarmen
que nunca pagaba en la piscina.

Se casó con un murciano que todavía está en la cárcel.
Tiene seis niños.
Ninguno del murciano.

26 de septiembre de 2011

Quebec, 12 am


Es un paquete. Cuadrado. Ni pequeño ni grande. Cuadrado. Una paquete cuadrado envuelto en papel de regalo. Con ositos. Ositos con alas.

Pom pom: “Firme aquí”. Y he cerrado la puerta y me he sentado al filo del sofá a mirar el paquete cuadrado envuelto en papel de regalo con ositos con alas y un lazo rojo rojo de raso grande grande grande.
Lo miro por un lado y lo miro por el otro y lo miro por arriba y lo miro por abajo.
Tengo cuarenta y seis años, y estoy seguro de que no es una tarta.
No tiene remitente. Ninguna tarjetita. Ni siquiera una nota escrita a mano, sobre el estúpido papel de regalo con ositos mamones con alas. Sólo un ridículo y enorme y fantástico y rojo lazo rojo rojo grande grande.

Quiero abrirlo.
Quiero tirar con dos dedos de una punta del lazo y de la otra con los otros dos dedos.
Quiero rascar con las uñas el papel.
Quiero romper las solapas de cartón.
Y quiero mirar dentro.

“Cuando encuentre la luz, tú serás el primero en saberlo”. Eso me dijo, hace ya mucho Manuel Alejo el iluminado.
Creo que le vi, subir al autobús con tres niños de la mano y una india bengalí colgada del brazo, con el pelo muy negro y los ojos muy tordos. No tenía, buen aspecto, tras sus gafas de pasta, gruesas y negras.

Aunque él lo hubiera envuelto en algún tipo de papel reciclado, con el logo de alguna ong, y olería seguramente a mirto o especias mozárabes, quién sabe, si a mierda de ñu.

No es la luz.

No suena. Lo agito y no suena. Lo agito más y no suena más porque es que no suena y no suena y mi ceño se frunce y mi boca se aprieta y lo pongo otra vez sobre la mesa.

Ojalá fuera de mi padre. Pero mi padre está muerto, y eso hace prácticamente imposible que alguien corrija sus errores.

Si lo abro y es de Marta lloraré y será asqueroso y húmedo y me picará la cara y para qué, si Marta se casó con un dentista y tiene una pista de tenis para ella sola.
Si lo abro y es de Alicia lloraré y será también asqueroso e inútil y además lloraré sobre mojado y me iré a por chocolate a la nevera y apagaré todas las luces y me saldrán granos.
Si lo abro y es de la mujer topo, después de llorar abriré el cajón de la mesilla, le quitaré el seguro al Magnun y apretaré el gatillo. Han pintado el salón hace muy poco. Me gustaba ese color.
Si lo abro y es-Dios mío de Ana-Dios mío, de Ana-, me tiraré también al suelo. Me dejaré los dientes en el suelo y mis tripas resbalarán entre las juntas de las baldosas y cruzarán por debajo la puerta y caerán escalón por escalón hasta el portal y hasta la acera y hasta el cruce de Armitach con Pérez de Laguna donde un coche gama alta con las ruedas muy limpias las aplastará hasta convertirlas en un bonito cromo sobre el asfalto que la lluvia cuando llueva arrastrará hasta la autopista.
Tampoco es de Cecile. Todas juraron escupir sobre mi tumba. Alguna ni siquiera esperó a que me muriera.

En los últimos diez años me he mudado quince veces sin contar los hoteles, los bancos de los parques, ni las casas de putas.
Y no creo que esta ciudad sepa que existo.

¿Por qué no te relajas jimmy Boy-me digo- y te vas a mear y cuando vuelvas te haces un porro de los gordos, y piensas en cómo has llegado hasta aquí?

Yo quería tener una familia. Pagar una hipoteca. Celebrar el día de reyes.
La culpa es del tipo del espejo.
Me la sacudo y cuando vuelvo de mear, ahí está, claro, ¿dónde, si no?, encima de la mesa, con su puto lazo rojo.

Si fuera una bomba haría tic tac. Digo yo.
Si fuera un tomate haría...haría...
Un tomate no creo.
Si fuera un...necesito otra copa antes de abrirlo.

Slurp slurp slurp. Ahsssssssssssss...Toc.

A la mierda el lacito rojo rojo.
A la mierda los ositos con alitas.
A la mierda el papel de burbujitas.

¿Te conozco, maldito hijo de puta?, me pregunto en voz alta, con la bola ocho entre las manos, de una mesa de billar.

Veinticinco puñaladas


...y como una auténtica zorra, se acerca de puntillas por detrás mientras junta con milimétrica e indiscutible precisión galimatea la punta del dedo anular de su mano izquierda a la punta del dedo anular de su mano derecha, y me revienta un grano de la espalda con la sangre fría de un sicario hasta que me abro yo en canal y de los ojos se me escapan dos estampas del lago de los cisnes, mejilla abajo y grito mi segundo recurso literario-“¡Coño coño coño coño, para, que me duele!”- y me dan ganas de: retorcerla y rebanarla y licuarla y ebullirla y flambearla y atarla al mástil de un carguero portugués que lo naufrague un torbellino y se lo trague, ganas de invocar un concierto de palomas que se beba luego el mar y se vaya volando en zig zag a otro planeta con la sal en el buche, ganas, de arremeter contra su aorta con los dientes y sacarle el aliento por la boca y escupirlo en un pozo de petroleo en el justo momento en que, pasa por allí la cola de un cometa y prende todo, todo, todo, ganas de clavarle en el labio el ancla de un buque, las ruedas de un camión, un ejército de anzuelos, un panzer, el Concorde, y dejar que una bola de plomo se la lleve hasta el fondo.

“Ya está”. Me dice.

Ya está. Un grano menos. Porque le sale del coño. Ya está y sonríe. Yo ya está y me duele. Ella ya está y sonriendo me suelta en toda la cara que ha visto un vestido que le gusta. Yo ya está y me quiero levantar corriendo a mirar la cuenta del banco. Ya está. Un grano y a saber cuántos números rojos. Ya está y se levanta de un saltito y de otro, aparece vestida con nosemuchos euros de raso y de bordados virtuosamente labrados sobre una tela acorde a su personalidad, de nombre inglés y capullos de gusano. Ya está y quiero que una nave estelar y misteriosa me rescate de aquí, me cruce en brazos la galaxia, lejos de sus apocalípticos planes para acabar con mi especie entre grandes y terribles sufrimientos que seguramente se alarguen en el tiempo, indefinidamente, sólo porque un viento le dijo que, ese, era mi destino.

23 de septiembre de 2011

Y un pañuelo de lunares


Que Coraline Fontana ya no era una mujer. Eso decían.

“¿Cómo soy de bonita?”
Se habían sentado en el tejado y Coraline miraba las estrellas como si no las hubiera visto nunca, de nunca.
“¿Más que la luna?”.
Entonces se giró y de sus ojos que brillaban como charcos brotaron como almendras sobre el Zinc dos lágrimas enormes de al menos siete kilos cada una y él, le dijo que era mucho, pero mucho mucho mucho mucho más bonita que la luna. Que una mierda pa la luna.

La fiebre le arrancó la piel a tiras.
Podía adivinarse cada hueso.
“Cómeme el coño Silos, aquí, bajo esta luz, ahora”. Él aún no lo sabía.
Estuvo cuatrocientos once días en la cama.
Se pintó los labios todos ellos.
Jugaron al parchís hasta borrarle los colores a la tabla e hicieron caminitos, de arrastrar fichas, que dejaban salir pelusas de cartón que se iban volando a enredarse en las cortinas.

“Silos-le dijo un martes a la cuatro de la tarde-no quiero ir más a donde el cobre”.
Después de la sesión todo lo que comía si comía sabía a cobre, el agua que bebía, el aire, y las manzanas.

La gente que venía a visitarla bajaba el ascensor diciendo en voz bajita que aunque Coraline Fontana se pintara los labios de rojo Pamengué...

Ya no perdía kilos, perdía el tiempo. Eso decía ella, y luego decía “abrázame”, y él, con sus manos, la abrazaba, y juntos se cagaban en la gente.

Coraline Fontana Meridiel. Que había visto desde un globo los corales de Grandallte. Que se había subido sola al monumento Civil de la Concordia, puta mierda, a gritar pancarta en mano que a chuparla, que de aquí, no nos mueve nadie. Que adoptó un camaleón, una tortuga y un pato. Que había sido profesora. Y Gogó. Antes de Silos. Y de ser profesora. Que fue Miss Yo todos los días de su vida. Y volvería a ser Gogó cuando quisiera si quería. Después de Silos. Aunque fuera profesora. Coraline Fontana Meridiel. Que tenía el culo más asquerosamente perfecto del planeta tierra y que paraba las obras al pasar y hasta que no pasaba entera no había un albañíl que moviera una pala, que pusiera un ladrillo, que le diera una sola calada al cigarro. Que se había follado un campamento de verano. Un ministro ruso. Un tío que leía la mano. Que sabía señalar con el dedo exactamente aquello que quería, y llevárselo consigo bajo el brazo: “Te quiero para mí. Para mí sola”. Que le dio la llave a Silos de su todo y que le dijo, tú sabrás, y Silos supo.
Que ya no era una mujer, y sin embargo, tras veinte años sin ella Silos Fradel todavía sigue paseando solo al perro por las calles y contándole, la vez que y la vez que y la vez que, mientras el chucho, a tres patas, se mea en las farolas.

21 de septiembre de 2011

La ruta helicoide


No hablo de un silencio absoluto, ni terrible.
Hablo de esa gota que cae con precisión sobre los restos de la cena,
un glop perfecto y nítido, que me colma.

Hablo del Mar y de las olas que agonizan a mis pies.
Del zumbido de una mosca arañando los cristales.
De los muebles crujiendo y de las grietas, pariendo hormigas.

Descubrir en el espejo, incandescente, la punta del cigarro.
Los ojos tibios.
La verdad.

Intento comprender este siglo.
La alevosía del amor.
El canto de un pájaro y todo.

Y perdono tus manos.
Tus ojos de caballo.
Tu carnívora boca y tu nardo carmesí, sí, sí.

Te secarás por dentro de llorarme.
Te partirás en dos porque te abrigue.
Volverás a fumar.

Soy un volcán dormido.
Tú eres un sauce.
Mas tarde o más temprano la marea, se lleva los castillos en el aire.

19 de septiembre de 2011

Level 32


Si todo es física, ¿qué es esto en mi cabeza? Si nada,
es premeditado ¿por qué?, siempre que miro una flor
me aguardo y me vengo y me convierto en lo que llamo mí,
y de una flor,
sale una boca y de la boca un hola tú qué tal, cómo estás esta mañana.

Siempre hay gente mirando.

Si dentro de las cosas, los volúmenes, hay átomos, sólo átomos
dentro de átomos,
sucesivos,
muy pequeños ¿por qué mis manos aman
el flujo de luz del acero inoxidable;
el liquen en las rocas;
del pelo de los gatos?
¿Por qué mis manos aman,
la humedad de las paredes?
¿Importa un pensamiento?
Todo es tan vasto.
¿Y si,
los pensamientos también tuvieran dentro
miles
de millones
de átomos?
¿Lo amarían mis manos?

Por eso te digo,
parece que a veces, al oído,
alguien te susurre que te amo.

No ya, tus vértebras ni la piel cuarteada del álamo que fuiste,
ni las varices ni los surcos, no.

Sino tus átomos.
Cada uno de los miles y miles de millones.

Creo firmemente en esta paz que me consume.
Creo en el barro.
Y en como puede uno vivirte, desde el mismísimo infierno.

18 de septiembre de 2011

Oh. Ah. Uf.


Huele a un niño y dime que la vida, es una mierda.
No puedes.
Desatar cabos. Es eso a veces para ser feliz.
Al menos libre.
Si lo soportas.
Algo, que no sea sólo un hombre debajo de un paraguas.

(Zoom:
“Movía las caderas como una puta diosa”).

Era un piso once, con vistas al Mar,
en un viejo hotel que antes había sido,
un trasiego de putas,
bajando y subiendo ascensores con señores
gordos.
Un sitio triste, con un Mar triste, y una cocina americana.

(¿Primer plano?:
“No creo que ella supiera exactamente
en qué consistían sus manos”).

Inventé hermosos poemas, incluso.
Como este, al que titulé, Soneto impuro:

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Me hice rico.
Gané mucho dinero y me follé muchas tías.
Era, un gran soneto.

Lo perdí todo al rojo, una noche,
que me salió de los cojones,
abrir la vida pare ver
qué tenía dentro.

(Flashback:

“-¿De dónde eres?

-De Estados Unidos.

-Me recuerdas mucho a alguien.

-¿A quién?

-A alguien bonito”).

Le pregunté a una chica que.
De.
Ah.

Le dije que tú eras, un adjetivo.
La verdad era larga y complicada.
Demasiado hermosa.
Quise, tuve, ganas de.
Como cuando.
Contigo.
Tú y yo y las lombrices.
Le dije que.
Un adjetivo.
Le dije un adjetivo
mirando al suelo.


(Títulos de crédito:

Glop.
Glop.
Glop.)

La vi alejarse en la distancia.
Siempre es la distancia.
Quise correr.
Correr tras ella.
Y que viera latir mi corazón
y de mi boca,
escuchara tu nombre.

14 de septiembre de 2011

Sobrevolar una tormenta montado en avestruz


Me hablas y no te entiendo.
La cafetera me habla y la entiendo.
Bluf bluf bluf: “tu cafelito, ven,
enciende un cigarrillo,
y bébeme despacio mientras
ahí fuera se dejan los dientes en el cuello
unos a otros”

La gente grita demasiado.
Los anuncios gritan demasiado
Las canciones gritan demasiado.
Satanás.
Sangre.
Destrucción.
Todo el mundo grita demasiado.

Veinte millones de mujeres bonitas
y ninguna me ve.
Aeroinvisible.
Difuminoso.
Perdido.

Y ni yo quiero encontrarme.

Porque soy el otro que no soy yo,
que sólo es, que es,
el otro que me habita un por ciento
cada vez más elevado
y me come como un cáncer y me mata y me salva
de lo que nunca he sido.

Escucho el viento entre las largas melenas de los leones.

Vete al carajo amor. Amor. Puffff.
Eres tan de mentira como la sonrisa de un agente inmobiliario.

¿Sabes qué quiero decir con abrazarte?
Posar como un jilguero la cabeza en tu hombro.
Olerte el cuello.
Y que la paz me inunde y te inunde y el mundo se vaya a la mierda,
un rato.

Hay alguien por ahí,
seguramente ahora,
tocando el saxo.

12 de septiembre de 2011

El hombre que comía pétalos de rosa


“No sé, ¿te has casado?
¿has adoptado un niño?
¿tu madre se ha muerto, para qué
coño me llamas?”

Iba a decirle. Pero.

Lloraba, y.

“Ya voy”

Es lo que he dicho.

Crucé ocho estados.
Aparqué en la acera.
Llamé al timbre.
Y Claire cayó en mis brazos como un saco de patatas.

“¿Aún soy tu chica Gato Bob?”

El tipo le había,
partido la boca.

Gasté seis balas.

“Espera aquí”, le dije a Claire y cuando,
volví de buscar en la guantera,
gasté otras seis y la punta del zapato.

9 de septiembre de 2011

Extodo


Qué triste mirar al techo y sólo ver el techo.
Qué triste que las paredes no tengan nada que contar.
Qué triste lo rojo en el blanco del ojo.
Qué triste la sal.
Qué triste el agua.

¿Harán falta otra vez seis millones de judíos.
Que arda París.
Un muro que divida la Alemania, las casas, las familias.
Un cólera, una peste.
Que un enorme cometa impacte contra el mundo?

Y alguien que escriba un principio.
Y muchas manos.
Praderas de manos.

3 de septiembre de 2011

Calypso


C
re
arp
artie
ndo d
e 0, un
sueño y
arrojarlo.................................................................. lejos

hacia el mismísimo cielo.

.odot olritrevnI

Trazar un círculo perfecto,
meterme dentro,
y nacer de nuevo al otro lado.

2 de septiembre de 2011

Manual de belleza por fascículos: número uno, lámina y canción de regalo


Si le dices a Raquel que está preciosa
porque la has visto de perfil, tomando algo,
procura que tu dios te esté esperando
fuera con las llaves puestas.

Raquel saltó hace un año en llamas de un tercero,
y entre añicos y flamas de butano,
cayó sobre la acera con la cara,
sí,
la otra cara.

Raquel se pinta medio labio.
Una pestaña.
Subida a los tacones, tomando algo,
Raquel está preciosa,
aunque no estés mirando.