31 de octubre de 2011

Fue bonito mientras duró


Tuve una caja de música dentro de mi cráneo.
Dentro de la caja había una bailarina rusa.
No sabía que fuera rusa.
Ni que bailara ballet.
La verdad, es que el primer día sólo me fijé en su culo.

El segundo descubrí que debajo del flequillo,
tenía cejas, y que el café,
lo pedía para calentarse las manos.

Aurora.
Me lo dijo al tercero.
Y se llevó su culo bandolero por la puerta,
y se metió en la lluvia de Madrid.

¿Bailas Ballet? Le dije al día siguiente.
Soy idiota, ya lo sé.
Tampoco era rusa.
Y además tenía un tatuaje en el talón
diciendo, amo a Laura,
bordado a un corazón.

27 de octubre de 2011

Europa


Y de repente me quedo mirando una cuchara pequeña de café que en su parte convexa me devuelve el reflejo de mi puta cara y pienso en cómo ha llegado a mis manos algo tan hermoso y en el día que pasé frente a un escaparate de cosas de cocina y entré a comprar menaje y le dije a la muchacha que con una era bastante y con un plato, una toalla, uno de cada, de todo uno, de nada nada más.

La última vez que la vi se iba llorando calle abajo con las manos metidas en los bolsillos y despejando a puntapiés el camino de piedras y paquetes vacíos de tabaco.
Supongo que lo nuestro lo recogió el camión de la basura allá de madrugada.
Aquella noche misma tuve la impresión de que la vida, ya no iba a ser lo mismo sin colores.

Necesito mi espacio, le decía, porque estaba encima mía todo el rato, dándome besos cocodrilo y poniendo ladrillos en el aire hasta que en medio del salón se había construido un palacete con almenas doradas que llegaban al cielo y unas banderolas granas con dibujos de trompetas donde ella y yo según los astros, seríamos felices para siempre.
Mi espacio, le decía, y ahora me follo a la almohada, mientras la llamo por su nombre. Gaviota mía...
Mi espacio, le decía, y ahora soy un páramo.

25 de octubre de 2011

Y grieg A


...una de esas guitarras con cuerdas de metal
con tu nombre pintado en el mástil y una cartuchera,
llena de balas con la punta hueca.
No es pedir tanto.
Mira esa carretera. No tiene fin.

Dejaré que las iguanas desoven en mi barba
mientras lleno el desierto de acordes magistrales,
que hablen de ti, y de lo puta que eras.

22 de octubre de 2011

El óxido


En algún lugar del mundo ahora,
hay un caballo mordiéndole los brazos a una niña de seis años.
Una secretaria cayendo desde un puente sobre un pez.
Una olla hirviendo carne de cordero.
Un ciego masturbándose con la oreja pegada a la pared.
Una bolsa de plástico vacía bailando minué por los rincones.
En algún lugar un mustang mata un ciervo.
Alguien se mea encima.
Se derrumba un edificio.
Se dan el primer beso.
Florece la primera semilla de un cáncer de pulmón.
Una bala cruza el aire silbando una canción
O amanece, esa cosa que pasa cuando el sol...

Todo pasa.
Pasan estos ciclones que tengo en las costillas
y me roban el aire y me quitan la risa, y uno sin risa,
no vale ni su sombra.
Pasa que a veces somos gatos, dentro de ovillos.

Y un día te amanece.
Porque siempre amanece.
Contigo o sin ti.

19 de octubre de 2011

Swing


Un día el gordo Alberto me tiró de un empujón al suelo del patio del recreo y me clavó las rodillas en el pecho hasta que me crujieron de astillarse las costillas y lo rojo de la cara se me fue poniendo verde de apretarme en el cuello con sus manos de fierros el niño gordo Alberto, que por aquel entonces, ya debería pesar no menos de setenta kilos, con sólo doce años. Creí que iba a morirme, allí, tragando arena, bajo aquel sol y en pantalones cortos, delante de un corro de niñas con coletas y niños que silbaban con los dedos metidos en la boca, sin que ninguno, hiciera absolutamente nada para quitarme de encima aquella tonelada de infante pelirrojo que me estaba aplastando el esternón hasta partirlo.
Y entonces llegó ella, Carolina, la niña más bonita del colegio, en letras de Neón, y con un cartapacio del maestro, de un golpe seco, le abrió una brecha en la cabeza del tamaño de una pulpa de melón y el niño gordo Alberto, se quedó bocarriba con los ojos abiertos como un cráneo de muerto en mitad del desierto de Oregón y babeando que veía, bandadas de pájaros volarle alrededor, mientras yo con la lengua, fuera del cuerpo, buscaba bocanadas de viento que corrían como caudales a inundarme los pulmones y a latirme, pum pum el corazón.
“Eso es que quieres ser mi novia?”, le pregunté la vez diez mil quinientos once, y ella, sin darme una respuesta, como siempre, se dio la vuelta y con un libro de aventuras submarinas bajo el brazo se fue dando saltitos como un pájaro, brindando al oleaje de la brisa, el suave balanceo de sus trenzas de princesa.

17 de octubre de 2011

Vaya, otra vez esa cosa azul en la ventana


Hizo trizas mi camisa con las garras de sus ojos de gata en la penumbra.
“Lavar a treinta grados”.
No creo ya.

Era estrábica.
Eso me gustaba.
Podía comerle una teta entera de un sólo bocado.

Me preguntó que si podía preguntarme
por qué miro las nubes.
“Veo dos moscas follando en un plato extremadamente blanco”, le dije.

Le dije que en las nubes,
estaban todas las respuestas a los sueños de un hombre.
“Y mientras tanto, ¿dónde?” Y le dije que en la luz de las farolas.

“Te nombro capitana de mi barca”. Y naufragamos.
Ya lo sabía.
Sólo intentaba ser, un tanto ecuánime.

Le hablé de los timones.
De para qué servían.
Me dijo que a ella el Norte, le importaba una mierda.

Era bonita como un campo de azucenas, y en el coño,
tenía un nardo
que sanaba los pecados del mundo.

16 de octubre de 2011

Casi nada, como el aire


Primero te odié, y luego odié también a todos los demás hombres del mundo. Por tu culpa. Porque todo era por tu culpa. Me volví como alquitrán, muy negra por dentro. Pero soy una mujer con suerte y un corazón que late al ritmo del Sweet Home Alabama, y aprendí a desodiar en cada polvo a todas los hombres del mundo, y luego, te perdoné a ti, de ti. Y descubrí que en el fondo, la culpa no era tuya, que nada era tuyo, que yo, tampoco, y descubrí, que te quedaba un largo camino por delante, y yo ya no estaría para hacerte de hueco, y que tal vez, te hundirías lentamente en la liturgia de estar triste para siempre, aunque en las fotos, brillara el blanco de tus dientes.

Caminé muchos días por los lados del parque donde solíamos soñar que eramos hojas caídas de un árbol flotando como barcos sobre un charco. Un día encendí un cigarrillo y empecé a fumar y me di cuenta de que allí no había ya más luz que la del mechero, y decidí dedicar el resto de mi vida a cosas más importantes: bajar la basura; ver dibujos animados; dormir al revés en la cama...

12 de octubre de 2011

Desde que me heme y que te hete que nos nos tú convertido en blanquiflor y yo en un trémolo


Llegaba a casa del trabajo goteando una llovizna de suspiros que caían al suelo y botaban como pequeñas pelotitas de goma por toda la casa, muy cansada y con el pelo grasiento y oliéndole a aceite de patatas y las manos manchadas de pequeños cortes y los ojos hundidos como barcas pesqueras y en el delantal un tintín de monedas y un pastel de manzanas envuelto en una hoja de papel de aluminio y en los labios un beso sólo para mí. Luego se duchaba con agua de coco y salía del baño con tormentas en los rizos y las tetas como helados de vainilla y se metía en sus zapatillas de conejo con lazos y bigotes y se ponía a trasegar en la cocina con cosas de comer mientras yo desde el sofá le preguntaba que tal día había tenido y ella como siempre hacía puffff y con un cuchillo grande cortaba en dos una sandía y se metía media luna roja en la boca y la mordía y los caldos de la fruta regaban su canal de Panamá y con sus ojos de jaguar me preguntaba a mí si hoy la quería igual o más o qué que ayer y que si la había echado o no de menos mucho o poco o cuánto o qué y que qué estaba esperando para ir, como un perro, a lamer el charquito que tenía en el ombligo.

8 de octubre de 2011

Como poner derecha una ese, o Bernardette y sus botas de agua


Incide en mí como una Hespéride,
dóblame el turco y el cimiento hasta que caigan
peras de mi olmo.
Tú, hiéndete como Perseida
o una bala con mi nombre y yo,
cuando me orzueles,
buscaré tu parte invertebrada.

Blando una escarpada hoz y tú tan trigo,
yaces simplemente esperando la horcajada,
vertido todo sobre el lino,
tan limpio tú,
de estocadas tan, pequeño entre mis tetas de mandrágora,
tan,
dulce tú balanceando este universo en el cuenco de tus manos.

Y te mastico los tendones del tobillo y te trago lo blanco y te chupo el quejido.
Y te escupo.
Y luego nos fumamos el silencio, de una sola calada.

5 de octubre de 2011

Hermosamente horrible


“La mitad de la luna ahora, y la otra mitad cuando me entregues la mercancía. Quítate las bragas guarra”
En eso andaba Jimmy Boy cuando sonó el teléfono: “Me debes un favor Jimmy Boy. ¿Lo recuerdas?”.
Bueno, era un favor que podía devolver, al fin y al cabo, así se ganaba la vida: matando gente.
“Esta tarde. A las nueve Jimmy Boy”.

Bryan se salió de una curva hace seis meses.
Los seis primeros meses del resto de su vida.
Había sido un buen chico alguna vez; pero ya no se acordaba de cuando.
Luego todo fue mucho Jazz, mucha droga, mucho ron, y muchos coños.
Ahora ni siquiera puede hablar. Respira por un tubo. Mea en una bolsa. Caga en otra. De hecho, lo único que puede hacer, es dejar que alguien lo riegue.

Dolores Burning mira el reloj y son las ocho.
De joven fue cabaretera.
Conoció a muchos tipos.
Dolores Burning mira el reloj y son las ocho y veinticinco.
Y después conoció a Dylan. Un mecánico angosto y con las manos grandes, que la sacó de allí y le compró una aspiradora.
Las nueve menos cuarto.
Llamaron a la puerta. Un día. Tenía que ser un día: “¿Dolores Burning?”.
La poli tenía, el sombrero en las manos.
Los médicos miraban, al suelo.
Camille, la undécima novia de Bryan, salió llorando de la 212: “Está roto señora Burning, roto del todo”, y se alejó por los pasillos ondeando su larga cabellera del color de la cerveza.

Las nueve.

-Hola Dolores. Cuánto tiempo.

-¿Le dolerá?

-Cierra la puerta cuando salgas.

3 de octubre de 2011

¿Es que no ve que llevo puesto los auriculares?


¿Solo?
Ojalá.
Marilú es una hija de puta.
Hoy se ha reencarnado en la bañera. De pronto estaba allí, colgando bocabajo de un hilo de seda: “¿Por qué hablas antes de dormirte? Ella no te va a escuchar. Está muy lejos. Y tú más. Estás tan lejos de todo que...”
Me ha dado un susto que te cagas. He querido ahogarla con la alcachofa de la ducha, pero tenía los ojos llenos de jabón y sólo he podido cagarme en su puta madre. ¿Es que no se va a morir nunca? ¿Con qué tengo que aplastarla?¿Con una hormigonera?

Solo dices...
Hoy va y me dicen que una monja que está de visita en el quinto porque se ha muerto un hermano que tenía aquí, al verme por la escalera ha dicho “Este no es creyente”, con toda la pena de su corazón. Viene del Vaticano. Joder. Del Vaticano. Seguro que hasta ha practicado un exorcismo. Que me había visto, me han dicho, un halo. Qué chungo. Un halo dice. Pero que va. En realidad es que de vez en cuando me posee el espíritu de Andy García, y eso da mu mal rollo.
Solo dices...y al pasar por el pasillo, Klein, mi osito de peluche, se ha tirado a mis brazos, y como no habla, porque tiene la boca cosida con un hilo muy negro, se me ha colgado del cuello para que lo quiera y no se ha soltado hasta que no le he dicho “Claro Klein, tú también vienes”.
Mis maletas parecen un barco a la deriva.
Tal vez me tatúe un ancla.
¿Qué me ha pasado?, le pregunto a mi ángel de la guarda.
Mi ángel de la guarda va vestido de Drag Queen.
Una vez me dieron con un ladrillo en la cabeza.
¿Sabéis qué hizo? Nada. Una mierda hizo.
“Es que me estaba pintando las uñas”.
Es que me estaba pintando las uñas es que me estaba pintando las uñas...

Sólo dices, y a veces me despierto de noche porque hay gente tirando de las sábanas a los pies de la cama.
“Quiero montarme en los columpios”, escucho a través del colchón. Me encantaba cogerlo de la mano y caminar mientras hablábamos de cosas de hombres: “¿Que comemos hoy chaval?”. Huevos con patatas. Con mucho ketchup.
Una vez pintamos con boli en una tapia de la calle Herranz, “Papá y Nacho”, y luego nos metimos en un burger, antes de ir al circo.
Otras es mi padre pidiéndome un perdón que ya le di pero del que no se acuerda, porque los últimos días ya había perdido del todo la cabeza y confundía el nombre de las cosas y confundía a las personas y hasta él mismo se confundía con todos aquellos tubos metidos por la boca.