21 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo decimotercero


Y abril se acabó como se acaba todo.

Y vino mayo. Y con él, las tormentas.

Mientras ella se afanaba en ser feliz haciendo montoncitos que tarde o temprano darían sus frutos- reunificación familiar; un buen colegio; no llorar más cada vez que colgaba el teléfono-, el lobo encontró una grieta.
Que si que tú, que si que yo, que si me voy a por tabaco.
Que si pues vete. Que si no sabes ser feliz, que si eres tonto, que si con lo que yo te quiero a ti, que si que déjate querer, que si estoy llena, de amor y cosas buenas, de planes, de proyectos. Y tú con esa cara, de palo.

Nos hicimos expertos en mirarnos de reojo. En dejarnos notas pegadas al frigorífico. En perder, todo aquel tiempo.
“¿No deberías estar abrazándola?”, pensaba asomado al balcón mientras la escuchaba trastear en la cocina.
Debería. Porque era preciosa por todos sus flancos, porque se inflaba como un globo y volaba por la casa derramando su risa por todos los rincones, porque me hacía los mejores sandwiches de tres pisos que iba a comerme en mi vida, porque contaba conmigo, porque sé que no estaba dormida, sino esperándome, tantas noches.
Pero debería, nunca se me ha dado muy bien.

La calma, también llegaba después de la tormenta.
Pero el paisaje, ya no era el mismo.

19 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo duodécimo


Salió del baño y dijo:“Hace quince minutos que ya no estoy embarazada”.


Aquella noche dormimos muy juntitos, muy quietos, muy callados...
Y a las tres de la mañana y veinticinco me acercó a su mejilla y me dijo te amo.
La besé en la frente.
La llamé mi vida.
Y follamos, claro.

¿A qué huele el amor? ¿A mermelada?

Fueron días circulito.
Sin lobos.
Sin nada más que abril para nosotros.

Mi gorda atómica, capítulo undécimo


“Quiere decir: que si hago siempre lo que ella diga, todo será perfecto”

Me encantaba ser una explorador y descubrir en la intrincada selva que era ella recién dormida cosas, tan interesantes.
Dormida parecía inofensiva.
¿A qué sabía el amor? ¿A gominolas?

Un día me dijo que no tenía huevos.
Y era verdad.
A mí es que los huevos nunca me han servido para nada, que no fuera para meterme en problemas.
Y otro día me dio un puñetazo en la barriga, con la luz del cuarto de baño apagada.
Que no tenía huevos de quererla como a ella le gustaba. Me dio risa y me dio otro. Y así hasta que se cansó.
Que lo hacía todo al revés.
Que bla bla bla.
Y era verdad. Ya se lo dije.

Se le pasaba a los tres días. O a los cuatro. O. Mientras tanto no nos hablábamos. Me observaba de reojo todo el tiempo. Yo a ella también. En realidad estaba deseando abalanzarme como un tigre de Tasmania y follármela sobre la lavadora. Pero. Y ella a mí pero también.
Era como una guerra fría.
Me gustaba aquél silencio, de saber que de un momento a otro, unos de los dos se acercaría por la espalda al otro y le diría, te echo de menos, en la oreja.
“Y yo a ti más, idiota”.
Después de lo de idiota, le quitaba las bragas con la punta del pie.

18 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo décimo


“-Papi...


-¿Qué?

-Ráscame aquí.

-¿Ya?

-Ya no. Sigue.

-¿Cuánto?

-Mucho.

-Me canso.

-Papi...

-¿Qué?

-Creo que de este polvo me has dejado embarazada.”

Hasta compré un chupete. Rosa. Porque sería niña. Tenía que ser niña.
Y llamarse María.
María nada más.

“Será una flor-decía-, con el pelo muy negro y los ojos muy grandes y una sonrisa preciosisísima y de mayor se hará novia de un dentista y tú y yo nos haremos viejitos e iremos cogidos del brazo a ver a nuestros nietos.”

Joder.

Era como si me hubieran metido por el culo el motor de una lavadora y estuviera centrifugando todo el tiempo.
Pero tenía un criadero de mariposas en la boca del estómago y nunca nadie me había comido la polla como ella.

17 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo noveno


“Ni se te ocurra-solía decirle al lobo del espejo-salir de ahí”.


A veces lo escuchaba arañar las paredes de mi estómago con las patas, olisquearme, buscando una grieta...
Me susurraba al oído acertijos misteriosos: “¿Vas a dejar que siembre esa semilla en ti?”.

Es cierto. La barriga se me llenaba de insectos cada vez que ella se acercaba.
Volaban por dentro y subían como locas a por aire y se salían en bandadas por la boca: “hbvwkykfjyk”, o algo así, que en idioma del amor quería decir “Qué-guapa-estás-en-pijama-pareces-un-ramo-de-violetas”.

Si me agarraba a su cintura me sentía un César aferrado a la brida de una yegua romana, era...emocionante. Podía sentir el mundo temblar bajo mis pies agarrado a su cintura. Podía depositarme como un limo que le fuera royendo las caderas, mientras le olía el cuello, o le comía una oreja.
Era como estar subido en una noria.

Hacía montoncitos, con cada euro que ganaba.
Esto para tal. Esto para cual.
Tenía una libretita donde apuntaba todo.
Su famosa libretita de apuntarlo todo.
Hasta tenía un almanaque.
Más adelante pude descubrir, que los días que estaban marcados dentro de un circulito, eran días felices.
También había cuadrados.
Y triángulos.
Pero sobre todo, cuadrados.
Aunque eso fue más adelante...

16 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo octavo


Los días siguientes, sin más nubes en el cielo que el humo de un cigarro, fueron los más felices de mi vida.

Aunque aún no lo supiera.
Aunque viviese, mil años.

Se iba de casa muy temprano. Salía por la puerta, y volvía a entrar porque se le había olvidado algo y después, se iba de verdad. Siempre me daba un beso.
Trabajaba por horas limpiando una escalera hasta las doce, y la una, ya estaba al otro lado de la ciudad pelando patatas en la cocina de un restaurante hasta las cuatro, y en otro, dos calles más abajo, sirviendo café de cinco a siete.
A las nueve, subía los escalones de dos en dos, derribaba la puerta, y se tiraba encima mío como un alud de margaritas que nos arrastraba rodando como canicas a la cama, y allí, sobre un lecho de sábanas bordadas,me follaba vivo.

Mi gorda atómica, capítulo séptimo


Al tercer día empezó a llamarme Papi:

“¿Me regalas un euro para el autobús Papi?”
Ponía lavadoras de bachata, que cantaba como si estuviera subida al escenario, con una voz de timbre de triciclo que salía de su boca como un hilo de seda de gusano mientras movía las caderas del jaguar en una órbita celeste alrededor de mi paciencia: “No fumes Papi”, y me quitaba el cigarro de los labios.

Al cuarto me pidió una casa blanca.
Un paraguas.
Horquillas para el pelo.
Una cámara de fotos- “Pero esa no. La otra”-.
Quiero. Quiero. Quiero.

Era agotador.

Hacía sólo tres años, yo aún estaba enfadado con el mundo, cruzando fronteras en mitad de la noche por la línea delgada de los mapas y a pie, sin más bagaje, que lo que había debajo del sombrero, o lo que había quedado de él después de una larga cabalgada a lomos de un Jack Daniels pura sangre por todos los infiernos con luces de neón de Centro Europa.
Hasta que un día descubrí que el mundo, no era como a mí me daba la gana.
Amanecí tieso y con la boca seca en una habitación tan blanca tan blanca que cuando abrí los ojos creí que era el cielo y Dios me estaba preparando un gin tonic de Larios con rodajita de limón: “¿Hay algún familiar con el que podamos ponernos en contacto?”.

15 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo sexto


Al segundo día ya se había construido un hormiguero por dentro de la casa que iba, desde un silo de galletas en los altillos de la cocina, hasta un zulo lleno de cajas de cartón llenas de cosas y más cosas debajo de la cama, pasando por haber inflado los cajones de bragas y sostenes y medias de nylón y otras banderas, que daban a los muebles, un aspecto de cuadro de Botero.

Tenía cajas para todo.
Tenía una caja con diez millones de abalorios, pulseras, aretes, collares...tenía otra caja con lápices y rotuladores de absolutamente todos los colores de la galaxia, y hasta los tenía, que brillaban en la oscuridad, o parecían de pan de oro, o pintaban de fresa, tenía, otra llena de estrellitas pequeñas de papel de aluminio, de pegatinas de phoskitos-unos pastelitos con cromos-, de letras y de cuencas y de hilos y de, purpurinas rojas y celestes, tenía, cajas repletas de álbumes de fotos, con gente de piel de café sonriendo a la cámara, desde el patio de una hacienda rodeada de bananos, y en el medio una fuente.
“Este es mi papá...¿no es lindo? Y esta mi hermana fulanita y esta otra zetanita y este mi hermano el grande y esta mi sobrina y esta otra sobrina y esta otra y....”
Y cuando llegaba con el dedo al niño de orejas grandotas, la voz le zozobraba y de un sólo suspiro de quedaba sin aire en los pulmones, y se iba a la ventana a mirar el horizonte, y de paso a regar las macetas con sus lágrimas.

Mi gorda atómica, capítulo quinto


Aquella misma noche la besé.

Fue como comerse un gusanito.

A la semana estaba en casa.
El primer día su maleta vomitó cremas y cremas en el baño. Crema para la cara para las manos para las piernas para los pies para el pelo para para y para partes del cuerpo que yo no sabía ni que existían. Donde antes sólo había una cuchilla de afeitar, ahora un océano de botes con nombres en francés había inundado cada centímetro de estantería, de rincón de la bañera, de balda de mueble, una orda de cosméticos que lo invadía todo como una termita hasta los huesos, dejando un vaho de olores parisinos que resbalaban por los azulejos, lentamente.

“¿Has visto una cuchilla que había por aquí?”

13 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo cuarto


¿He dicho que había charcos aquel día? ¿Que brillaba la luna? ¿Que era otoño?

¿Que estaba jodido? ¿Lo he dicho?
Y ella estaba taba tan tan tan bonita a la luz de la farola...pequeña y amazónica como un bulbo salido de la entraña de la tierra, como un brote de trigo, como un caño de agua de ribera, fresca y limpia y nueva.
¿He dicho que las piernas me temblaban? ¿Que me hice el duro? ¿Que después del café me dijo “calla-té”? ¿Que me cogió las manos? ¿Que estaba tibia?

Que me había visto algo dentro, decía.

Tenía vello en los antebrazos.
Y el canal de Panamá en las tetas. Qué tetas.
Tenía las manos pequeñas.
Lo tenía todo pequeño.
Menos las tetas.

Mientras me hablaba de que,allá en el horizonte, tenía once hermanos y una mamá que la llamaba gaviota y un papá de pan de azúcar y un hijo con los ojos enormes y en el pelo un maizal mecido por el viento y allá en el horizonte, una patria, me buscaba las manos por encima de un plato de jamón que habíamos pedido de primero y como, no era capaz de esquivarla, encendía un cigarro y luego otro, para tener las manos ocupadas en otras cosas que no fuera en dejarlas a su antojo dejarse acariciar por aquellas manitas de criolla, que a saber que sortilegios, no eran capaces de hacer en cualquier ser humano. Incluso en mí. Sobre todo en mí, que a pesar de que me había construido una pequeña fortaleza de ceños fruncidos y desdenes, me estaba licuando en la silla como un tonto, bajo el cerco precioso y misterioso del brillo de sus ojos.
Qué bonita era.
Qué boca más pequeña.
Qué candelita.
Que minúscula toda, y que molécula.

Menos las tetas.

12 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo tercero


“Ringgggggggggggggggg”.

Eso fue al día siguiente:
“-Es para ti.

-¿De quién?

-Y yo que sé.”

Era una amiga de la chica que iba por ahí cogiendo servilletas de los bares y me dijo, que su amiga es que era tímida pero que quería hablar conmigo lo que pasa es que lo que pasa es que y yo le dije: que se ponga.

Se puso y dijo un hola pequeño de guisante y yo, le pregunté quién era y ella y ella me contesto que yo y yo le pregunté que qué yo y ella me volvió a contestar que yo y que era muy guapo y que quería saber si me apetecía salir una tarde con ella porfi porfi porfi.

“-Pero si no te conozco de nada. ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

-Pero yo a ti sí.

-¿Pero tú a mí sí? ¿De qué?

-Te he visto en un bar. Comiendo ensaladilla. Tenías puesta un sombrero.

Y días antes de que fuera por ahí robando servilletas, desde el mostrador del bar que había debajo de mi casa, le estaba preguntando a la dueña que quién era el chico de aquella mesa.
Era yo.
Y que dónde vivía, y que dónde trabajaba.
Y yo no sé qué más.
Todo.
“-Ha estado aquí una chica preguntando por ti-me dijo Silvia-.”
No hice mucho caso. Últimamente no hacía mucho caso de nada. Estaba demasiado ocupado aprendiendo de nuevo a vivir después de todo aquello. Me había quedado sin sonrisa. Estaba hecho una mierda. Y ni siquiera sabía por qué no me había muerto por ahí tirado en alguna oscura calle de Berlín o por qué alguien no me había degollado con una botella rota en algún callejón de Praga. Me parecía increíble que después de haber jugado a la ruleta rusa en un garito de Basel, conservara algo de cordura. Todo era, muy difícil. Era más difícil que beber.

Y me olvidé. Y Silvia, no volvió a mencionar el tema.

Tú... pensé mientras al otro lado del teléfono la chica esperaba una respuesta. Tú y tus ojos. Tu y aquella mirada. Y volví a sentir un escalofrío por la espalda.

Yo estaba almorzando bajo mi sombrero. Ella estaba al final de la barra, con otra chica, hablando son Silvia. Y entonces se volvió. De repente. Y me miró. Y me dio ese escalofrío. Sus ojos brillaban como en las películas de suspense, por un momento, creí que me estaban, diciendo algo.
Todo lo que había alrededor, durante un instante, se detuvo.

“-¿Quedamos a las siete-me dijo-?

-Mañana descanso. A las siete y media.”

Porque no me olvidé de sus ojos.

Mi gorda atómica, capítulo segundo


Días antes, había estado, ¿acechándome?.


“-Ha estado aquí una chica preguntando por ti”.

Por mí. Vale. Por mí, que había decidido que el amor era una porquería.
Por mí que ya no creía en nada.
Por mí, que era invisible.
Por mí que tenía, la cara de un lobo. Las orejas de un lobo. Los dientes de un lobo.

“-¿Por mí?”.

Me dijo que a las cinco, poco después de terminar mi turno de la mañana, que a las cinco, al rato de haberme marchado, entró una chica al restaurante y preguntó, “que si aquí trabaja un chico así y así y así” y luego, cogió una servilleta de esas con el número de teléfono y el nombre del local en color burdeos y se fue por la puerta, me dijo Montes, dando saltitos.

“-¿Y cómo era?”.

Montes se puso bien las gafas con la punta del dedo y me dijo que, que, que era...normal. Una chica normal.

Y una mierda.

Y que no era de aquí, me dijo Montes.

11 de noviembre de 2011

Mi gorda atómica, capítulo primero


He borrado diecisiete comienzos. Este es el número dieciocho. Escribo los números en letra porque soy un idiota metódico y maniático, que era capaz de enfadarse con ella sólo porque me cambiaba de sitio las cosas. Qué importa. En realidad nada de lo que escriba será nunca lo suficientemente hermoso como para expresar cuánto la amo, ahora que no está. No sé si estaría de acuerdo, pero seguramente, si el salvaje que yo era la hubiera hecho feliz la mitad de lo que hoy la hubiera hecho el roble viejo en el que me he convertido después de tanta lluvia, en este momento la estaría acunando entre mis brazos a la luz de la luz de esta farola que me ha puesto el destino en el balcón. Aunque la farola ya estaba antes de alquilar la casa. Lo mismo ha sido el ayuntamiento.
Este tampoco me parece un buen comienzo. Pero es un comienzo. Tendríais que haber visto los que he tirado a la papelera.

Allí la conocí, bajo la luz de una farola. Hacía viento. No mucho. Hacía frío y las hojitas se caían de los árboles. Y charcos. Había charcos. Me pareció diminuta. Muy pequeñísima. Le dije hola. Me dijo hola. Pero ella me miró de arriba abajo.
Le dije, caminemos. Y caminamos.
Me encanta caminar.
A ella no tanto.
Caminamos mucho.
Estuve pensando, todo el rato cómo iba a decirle lo que iba a decirle.
Aquello, tampoco fue un buen comienzo:
“-Soy un hijoputa”.
También le dije que hacía poco aún me emborrachaba desde por la mañana, y que ya no.
Y que si alguien intentaba doblarme lo más mínimo, me rompería, porque era libre y tenía las patitas de un pájaro. Le dije que había fracasado como esposo, como padre, y como persona, y que lo mejor que podía hacer en aquel mismo momento, era dejar que la invitara al café y levantarse de su silla y dejarme allí, solo, donde no pudiera hacerle daño a nadie, ni nadie me lo hiciera a mí.
Le pregunté, incluso, si, estaba allí buscando un marido que le arreglara los papeles.
Ni siquiera pestañeó.
Creo que, mientras movía el azúcar del café, ya había planeado cuánto iba a quererme, aunque yo me estuviera comportando como un auténtico cerdo.

Le dije que, se me había olvidado querer a nadie.

Luego me quedé muy callado, mirándome los zapatos.

Pero era un comienzo.

10 de noviembre de 2011

Mala leche


Soy inmortal.
Soy un hijoputa.
Soy, de plástico duro.

Las hadas no existen.
¿Tú has visto una?
Los Reyes Magos son los padres.
Despierta niño, este año,
tus juguetes se los ha comido la cola del paro.
A las princesas, les huele el aliento.
Dios, da risa.
Ja ja ja.
Deja de hacer el ridículo.
Yo pediría, elecciones anticipadas.
La luna es un planeta árido, joder, tan seco,
como el polvo de mis muebles.
Y hablando de polvos:
pensaba en otra mientras te follaba.

9 de noviembre de 2011

Viñeta


-Y así es como acaba esta bonita historia de dragones y princesas. A dormir.

-Papá...

-Ya lo sé. No cierro la puerta. La dejo así.

-...¿Los papás también podéis matar dragones? ¿como en los cuentos?

-A tu madre le quité una vez una garrapata del tobillo y bla bla bla y en la montaña, pues, hay bichos, y tú madre que es muy tonta y siempre hace lo que le sale de...que no se puso calcetines, yo se lo dije, ponte, ponte, ponte, yo no sé las veces, y ella yo no sé las veces que no se los puso y claro, los bichos no son tan tontos como tu madre y además tu madre debe tener una sangre muy rica ñam ñam ñam, y eso, que al rato estaba ay que me pica ay que me pica. Como un garbanzo de gorda era, qué asco.
La quemé con la punta del cigarro.
Hacia: “Krrrrrrrrreeeeeeeeechhhhhhhhh”.

6 de noviembre de 2011

No brakes


Lo único que vi pasar ante mis ojos antes de morirme fueron las flores rojas del balcón de la vecina del segundo y a la vecina del primero echándole en la jaula alpiste a los canarios y luego el puto suelo y la boca en la nuca y los dientes rodando y los huesos del cráneo haciendo clack clack clack y luego nada.
Pero no vi a Martina.
Ni vi sus muslos de potranca ni su trasero acorde al fuselaje tostado de su cuerpo ni su pelo cayendo como briznas por la espalda ni vi su melancólicas pestañas aleteando como hadas ni en la niña de sus ojos el reflejo de mi cara babeando su nombre de guerra entre las sábanas.
No vi ni una flor sola de todos los miles de millones de flores pequeñas y amarillas de aquella pradera que era una mañana de domingo con Martina y un zumo de naranja y magdalenas ni vi a Martina desnudarse en la bañera y convertirse en mi sirena ni tampoco sus bragas colgando de las sillas ni la vi asomada en la ventana decirme adiós, con un pañuelo.

2 de noviembre de 2011

En alguna esquina de Manhattan


“-¿No piensas rematarlo? A ese tío se le están saliendo las tripas.

-No importa.

-Es asqueroso.

-Con las tripas por dentro también era asqueroso.

-Sabes Jimmy Boy...creo que no te importa nada.

-¿Quieres decir que si tú me importas?

-Cobras por matarlo; no por dejar que se desangre tres días.

-Está muerto. No importa si tarda tres días o se muere ahora. Tenemos que irnos.

-Y sí, eso quería decir. ¿Te importo yo?

-Te dije que no era buena idea que me acompañaras al trabajo. Siempre acabamos discutiendo. ¿En serio tengo que contestar a esa estúpida pregunta?-¡Pum!- ¿Contenta? ¿Ahora está muerto no?-¡Pum-Pum-Pum!-.
¿Me invitas a cenar nena?”


Jimmy Boy me compró un Chevrolet, con la pasta que sacó de todo aquello. Un Chevrolet rojo. Rojo y brillante.