30 de diciembre de 2012

La memoria de los perros


La Tere era una vaca; pero tenía en el coño la boca del metro y yo, lo disfruté como la tapadera de un yogurt aquel verano a la hora del calor, mientras las moscas en el patio daban vueltas alrededor de mi abuela, hasta que se le metían en la boca.
A la Tere le caían los hilos de saliva y se quedaba como ida y con los ojos revueltos para adentro, y del sudor, se le encendían las tetas como boyas de barco, como huevos fritos, como dardos, apuntando al centro de las cinco de la tarde de un martes con cielo nublado y una copla saliendo de un viejo transistor.
La Tere tenía pecas por toda la cara y el pelo color cobre, oxidado, la mirada bovina y las manos más grandes que yo. Una vaca. Mansa y tibia y medio tonta, que se ofrecía de rodillas a comerme la polla porque se había creído, que yo la quería, y que por eso me encerraba con ella en el trastero a leerle poemas de amor.
La Tere se quedó esperando la luna el martes siguiente, cuando pasé por delante de su casa del brazo de Matilda, la niña con los ojos más grandes de todo el barrio. Ya nunca más vino a merendar, y cada vez que nos cruzábamos, me llamaba hijo de puta en voz baja.
Yo me hice grande, alto, guapo.
La Tere se hizo vieja.
La vi hace poco, comprando zapatos con sus nietos. Se casó con un sapo. Calvo. Un butanero con gafas y carnet de cristiano. Montaron un estanco. La preñó cinco veces. Me imagino a la Tere follando sobre el sapo.
Zapatos rojos. Zapatos negros. Pequeños. Parecía feliz. Al menos sonreía.

Yo no he sido feliz en mi vida.

La Tere...la Tere era una vaca. Mansa, tibia...

28 de diciembre de 2012

Sin


...y he pensado en ti.
He comprado aceite de pino para dar brillo al suelo de la casa y he pensado en ti.
He visto pasar un camión por la avenida que decía “Obras nuevas, reformas y escayolas” y he pensado en ti.
He cocinado crema de champiñones sin gluten y he pensado en ti.
He visto un rato vídeos de threesome y teens y blacks y BBW y cosas guarras en la red y he pensado en ti.
He plantado un garbanzo dentro de una lata vacía de tomates y he pensado en ti.
He pinchado en el corcho en la pared de la cocina la cita para el médico este jueves y he pensado en ti.
He cerrado los ojos, y he pensado en ti.

Como si pudiera imaginarte.

27 de diciembre de 2012

Si me parto


No necesito dejar ninguna huella en este mundo.
Ni una media naranja.
Ni una biblia.

Necesito insulina.
Y que no se acabe nunca la serie de los martes.
Abby y el doctor Marschall aún tienen muchas cosas que decirse.

No necesito una hipoteca.
Ni el espejo de Maruja Blancanieves.
Ni más zapatos.

Necesito un orgasmo.
Uno largo y bonito
donde corran los ríos.

No necesito imaginarme que Oz existe.
Quiero ir,
y tener siempre doce años.

Quiero otra vez el primer beso.
Quiero que vuelva mi guitarra.
Que crezcan en mi tumba tulipanes.

No necesito que nadie me recuerde.
Ni ser parte de un Cosmos.
Ni ese equilibrio, del que tanto se ha escrito.

Necesito la quinta de Beethoven.
Que mi hijo me apruebe matemáticas.
Menos varices.

Tal vez el sol no salga siempre por el este.
Tal vez haya bebido demasiado.
Tal vez, ser feliz era morirse en el intento. Sin atar cabos.

26 de diciembre de 2012

Tijeras, cartulina, pegamento...


-Buenos días.

-Hola papi.

-¿Has dormido bien?

-He soñado con riscos...Hacía viento.

-¿Sabes qué es exactamente un risco?

-Hacía viento.

-Conocí un tipo. Tenía, no sé, algo que ver con las hidráulicas. Se acostaba con una empleada que tenía una hija que tenía un corsé, de hierros, por toda la espalda porque a los tres años alguien la había dejado dormida en el coche mientras entraba al supermercado. Aquel día hacía cuarenta y tres grados a la sombra.
El gallego decía que aunque no tuvieras un centavo en el bolsillo, había que llevar siempre los zapatos y los dientes muy limpios.
Y que no llevar calcetines era un signo de elegancia.
¿Quieres desayunar?

-Mamá no va a volver. ¿Verdad?

22 de diciembre de 2012

Cada vez que pasaba, sonaban trompetas


Yo que tenía en las manos todo el amor del mundo,
y ahora le ladro a las princesas.

Me gusta la luz del frigorífico.

El cielo es azul.
Mi madre por ejemplo era más puta que una plancha.
Tu y yo, tuvimos mala suerte. Muy mala suerte.
Las cosas son así. Cabalgas y cabalgas, y un día,
se muere tu caballo.

Me gusta la caída de la tarde.

20 de diciembre de 2012

La noche que besé a Frida Kahlo


Pasarte un balde por cubierta cada día con aguas de romero.
Frotarte la escotilla con aceite de naranjas de la china mandarina.
Pulirte los trinquetes, las quilla, el cabestrante.
Pintarte de bohemias la eslora y en el mástil,
izarte una bandera con humo en los cañones.
Y hendirnos en el Mar como una flecha.
Bajo el malva del sol la nube y los pijamas.
Contra el viento.
En pos del horizonte.

14 de diciembre de 2012

Calle Milagros


“-¿Conoces este sitio?

Le enseñé el papelito: Tal y tal número tal.

-Claro. No está lejos.

-Dicen que antes era...

-Un sitio de putas. Pero ya no. Aquello se acabó. Cuando el turismo se fue a la mierda en esta ciudad los hoteleros empezaron a alquilar habitaciones a cualquiera y para cualquier cosa, aunque fuera para media hora. Ahora son sólo apartamentos.

-¿Me pones otro café?”

Había quedado con la chica de la inmobiliaria a las diez y media de la noche. Hacía frío.

“-¿Tú eres...? Hola. Aparco y te veo”

Yo era.
Yo era un tipo cualquiera en un lugar cualquiera esperando bajo el cielo nublado de un diciembre cualquiera que llegara una chica en un coche rojo y me diera las llaves de un pisito en la planta 16.
El mismo tipo que nunca había estado en una planta 16.
¿Para qué?

“-Voy a enseñarte el piso 11. Luego el 12, y luego el 16. Y tú me dices cuál te gusta más.”

Era verdad. Eran todos iguales. Una habitación de tamaño mediano con una cocina americana, un microondas y una mesa de televisor con un televisor. Baño y armario empotrado. Todos tenían una pequeña terraza, al fondo.

Yo sólo había visto el mar como hasta entonces, desde la orilla. Porque nunca fui un pájaro ni un globo aerostático ni apenas una nube ni la hoja de un árbol.
El mar así, a contrapelo, sólo el mar, el mar y yo, desde tan alto. Tanto mar. Tanto silencio, y a lo lejos los barcos pastando en lontananza.

“Este”.
Le dije.

Iba a saltar y eran las seis de la mañana. Incluso llegué a cerrar los ojos. A sentir el viento en ola cara.

Entonces recibí aquella llamada telefónica.

En mitad de la noche.

Como una bala.

“-¿Sabes si va a llover?

-¿Em?

-Necesito saber si va a llover.

-Creo que se ha equivocado.

-Porque si va a llover, sé que al final acabaré sentada en la ventana. Y cuando me siento en la ventana siempre me pongo el chal verde...

-Oíga yo creo que...

-...y claro, ¿qué sentido tiene sentarse a mirar la lluvia en la ventana sin mi chal verde? Ninguno.

-Tengo que, colgar, porque...

-En cambio si no llueve leeré un rato en la cama hasta que me venga el sueño. Si es que me viene. A veces no me viene. Y al otro día estoy echa una mierda y todo el mundo me pregunta que si me pasa algo. Pues sí. Me pasa algo. Me pasan muchas cosas y por eso no duermo. Me pasa que, y que, y que, todo eso me pasa, y lo único que hace que me olvide de que y que y que, es la lluvia en la ventana. Todas esas gotitas resbalando en los cristales, como caracoles, como lágrimas muy bonitas y frías fuera, bajo la luz de las farolas con luces amarillas.
¿Estás ahí?
Me sentí sola.
Sola de cagarme.

12 de diciembre de 2012

Primer tratado de poesía neurótica


“Háblame de Okinawua”

Le hablé de suricatos.
De cómo Mindanao se fue por el desagüe.

Y hablando de otra cosa: no estaríamos varados en mitad de la nada
-“Si tú me quisieras...”-, perdidos
-“...vendrías a buscarme en un caballo blanco”-,
como muertos.
Qué frío.
Qué camino más largo de pasillos sin cuadros.

“¿Por qué coño me llamas princesa?
No soy tan dulce joder”.

Si yo no fuera yo, así, a pie, desheredado,
y tuviera una cuadra de alazanes bordados,
¿y tú?
¿Vendrías?

Artículos de primera necesidad de un borracho de mierda:
casi aire.
Alcohol.

Después monté una web, una,
de esas páginas de mierda, con glitters y gifs y ángeles dorados.

Tenía la boca del metro en el coño y me gustaban sus manos,
tejiendo en las tardes de verano largas bufandas tricolores.

“Será un invierno largo”

6 de diciembre de 2012

¿Berlioz? No sé, por ahí


Gabardina color tierra, corbata a lo windsor y el pelo bordado con tabula raso, a lo retro, un espectáculo, verlo aparcar la bicicleta y con aquellos zapatos de charoles granas flotar por los charcos del miércoles santo. Es un canalla, pensé, un bucanero mayo de fieltro y un pertrecho de hombre, qué, no pensé si hasta las piernas me temblaron esperando el autobús. Y entonces la besó, sin saludarla sin, sin un hola cómo estás, ya llego tarde, lo sé, los misterios del tráfico, casi me mato, sin, una media sonrisa, sin un amago, no, así, en el centro mismísimo del jardín de su boca pintada a dos manos con fiebre carmesí, preciosa, toda ella azul, azul cobalto. Se ha congelado de puntillas. En blanco y negro. Medio muerta.

Mientras me voy a casa sola a freír el pescado.

3 de diciembre de 2012

The Barbarian Club


Claro que hay más.
Y muchas.
Y mejores.
Pero yo te quiero a ti.
Mala y chula.

...que puedo tirarme del balcón;
pero quiero morirme contigo. De pena, solito en el sofá,
mientras tú me susurras al oído que vas,
al cine a ver la nueva de George Cloney.

Más buenas y santas que un bizcocho de almendras.
Llenas de amor y porquerías,
de buenas intenciones claro que, claro.
Pero yo te quiero a ti.
Zorra y puta.

Que me tiras los platos.
Que me arañas la cara.
Que me partes delante de los ojos el cd del Call of Duty en mil pedazos.
A ti que en vez de a por el pan,
me mandas a la mierda.

Y me tiemblan las manos de pensar, que cualquier día,
te apagás.

2 de diciembre de 2012

Mira dónde pisas


En fin, no sé por qué me estaba acordando de esto el caso, es que no estaba gorda -Sofía, me refiero-: era pequeña.
Ya será otra mujer, muy diferente. Yo tengo a mi Sofía. Aquella que antes de cerrar la puerta de la calle y llevarse su bonito trasero para siempre durmió conmigo haciendo cucharitas dignas de un príncipe inglés. La de hace veinte años. También tuve Anas y Manuelas, pero Sofía sólo una. Mi Sofía.
Tenía miel en los ojos. Por eso la quería, y aunque fueran los mismos que inflamaba para arderme con estacas la cabeza con que si yo si yo si yo, canalla, que eres un canalla, y los mismos que llenaba de agua sentada en la ventana viendo pasar mirlos mientras a miles de kilómetros la llamaba la tierra, los mismos de cagarse, qué bonita, en mi puta madre, yo la quería por la miel, por la miel de sus ojos.
Y las tetas bien frías, heladas. En verano, me gustaba poner las orejas y dormirme, tan tan tranquilo...también me gustaba que fuera celosa, que dónde miraba, que yo, no tenía que mirar a otro lado, que mira que culo que tengo que es tuyo, o es que, ya no me quieres porque yo: a-ti-sí.
Bruto. Decía siempre al final, que eres un bruto.
Y por eso también la quería.
Me hacía sentir vivo.
A veces como un animal.
Y todavía, después de veinte años, cierro los ojos y me corro pensando en cómo se le abrían los poros del cuerpo mientras me clavaba en la espalda las uñas y gritaba hasta que algún vecino la mandaba callar.

1 de diciembre de 2012

Revólver


Ya,
no me sangra en la boca ni tu nombre ni un beso ni el hambre de otro, ya,
no me llama el invento del alba a quedarme contigo a escuchar grillos.
No te encuentro los huesos.
No me brillan los ojos.
Tú ya no me.
Ya no me no.
Ya no me nada.

Ya no somos caballitos de mar entre las sábanas.

25 de noviembre de 2012

Se me ha clavado el arco del violín en la garganta


Si le preguntas diez mil veces “¿Qué te pasa?” Y ella dice:
“Nada” otras diez mil, es que la quieres.
O es que eres tonto.

Si al llegar te está esperando el mando de la play dando saltitos y en vez de,
vas y te sientas con ella a que te cuente, es que eres tonto.
O es que la quieres.

Si no le dices que debes dos facturas ya de agua,
un mes de casa y tres de luz,
que el banco ha dicho no, que en el trabajo,
se está rifando un ere que en el coche camino del sofá, a veces,
te dan ganas de llorar que, y que y que, si no le dices,
qué estás pensando cuando estás mirando el Mar, es que la quieres.

Que si has tomado la pastilla.
Que si ponte las gafas.
Que cojas el paraguas.
Que comas menos sal...

23 de noviembre de 2012

Teo en la cúpula del Himalaya


¿Qué esperas escuchar?
¿Que estás bonita?
Te lavas el pelo con champú barato.
Tus bragas son del chino.
No compras ropa desde.
Ni esmalte, ni zapatos.
Ni te afeitas ahí. Donde tú sabes.

Pero mira tu rastro.
Como un tigre en la nieve.
Seis hijos, quince nietos, y todas esas fotos con marcos de metal.
Tus croquetas de pollo.
Tus pechos de mamar.
Tu carrera de ciencias colgada en la pared sin estrenar.

Bonita es poco, para tanta mujer de par en par.

21 de noviembre de 2012

Y tú tan lejos. Y yo tampoco


...Angustias se le hundió en las tripas como un pez en el agua, como una piedra. Ciento seis gramos de acero inoxidable hasta los fondos de la espalda. ¿Sabes cuánta sangre tiene una persona en el cuerpo? Yo sí. Era mi padre.

-Cachito...

-¿Y sabes lo peor? Vi como mi madre se arrastraba a llorarle. Nunca he visto a nadie llorar de esa manera. Después de tanta paliza y tanto diente en la pared y tanto roto y tanto de escondernos de mientras debajo de la cama. De tanto esperar a que llegara. De que llegara. Siempre borracho. Siempre en barandas. Siempre a las malas. Tanta sangre en el suelo para nada.

-No importa. La vida es...así.

-La vida es una mierda Paca. Todo es una mierda. Las ratas, los domingos, la cárcel...la cárcel no está hecha para hombres Paca, la cárcel te mata, te arranca la carne de los huesos. Había uno, uno de Santiago, que se cortó del culo para arriba para que los portoricos no le descosieran más el orto cada vez. Todo menos tú. Y así preñada más. Así estás más bonita que un día en la playa.

-¿Aunque no sea tuyo?

-Cruzaremos Arizona en un chevrolet rojo. ¿Quieres?

-Tendrá alas. ¿Lo sabes? Alas de verdad. Blancas supongo. Como su padre.

-Pararemos en todos los burguers que veamos. Nos llevaremos la caja. Todo el dinero. Y una botella de champán. Lanzaremos al aire un puñado de dólares. En mitad del puto desierto. Que os follen. ¿Sabes qué puedo entender? Que debí haberle metido una bala en la cabeza antes de que se fuera de aquí del brazo de la americana. Hija de puta. ¿Viste cómo se miraban? Parecía que iban a sacarse los ojos el uno al otro de uno a otro momento y de repente, se la llevó volando a de allí a una habitación de hotel desde donde se les escuchó romperse de placer toda la noche dicen hasta por la mañana de los tres días siguientes, más allá de la estación y los gatos y los grillos. Y después ya no estaban. Cruzaron el puente y simplemente, todo el mundo se olvidó de sus nombres.
Todo menos tú Paca. Todo menos tú.

15 de noviembre de 2012

La maldición de Bobby Carapalo


Dicen que la probabilidad de que un piano de cola le caiga encima a alguien, en pleno desierto de Arizona, es tan pequeña, que si le cayera a alguien, alguna vez, no sería por casualidad.
Aún me pregunto qué coño hacía yo en pleno desierto de Arizona.

Ahora estoy en un Bar de esos modernos, con Wifi y camareros a los que parece que les han metido una granada en la boca, y que por eso sonríen de ese modo arcaico y sobrenatural. El café es bueno. Hace viento, y hay nubes en el cielo.

Quinientos kilos de piano.
Ni la más puta de todas las putas que conozco, hubiera querido ser mi madre en ese momento. Lo escuché silbar común obús, antes de caer.
¡Catastrán-pum Kabum chssssss Bum-blum!¡Blummmmmmmm …!
Se levantó una nube de polvo como un edificio de tres plantas. Yo estaba debajo. Vivo. Como siempre.

En el Bar suena una canción de Juan Perro, y fuera, en la calle, ha empezado a llover, no veo mejor momento para acordarme de la chica rubia y los labios más rojos del mundo.

Lo último que recuerdo antes de despertar con la boca seca y mirar alrededor y no ver más que arena y lagartos, es haberla visto desnuda, sobre la cama, y completamente muerta.

Tenía unas tijeras de podar clavadas en el pecho, y de la herida, aún manaba un reguero de sangre, como un riachuelo hacia su vientre. Tenía un lago en el ombligo y los ojos abiertos. Se llamaba Sue, Marie Sue Michel, aunque claro, aquél, como podría descubrir aquella misma noche, no era su verdadero nombre. Su verdadero nombre, era “estás muerto Bobby”. Bobby, soy yo.

La conocí aquella misma noche, y a la mañana siguiente, dejé de conocerla. Recuerdo que bailamos, y bailando, llegamos del Royal Cabaret Club a la cama, y entonces fue cuando se me tiró encima, y con los muslos, empezó a apretarme la cintura, y con aquella boca que era la boca más roja del mundo, me dio tantos besos en el cuello, y con las manos, me aferró las muñecas.
Y entonces fue cuando sacó las putas tijeras.

La canción de Juan Perro se ha terminado hace rato. Ahora suena otra, pero no sé muy bien de que va, porque en la mesa de al lado se han sentado unas chicas y están hablando de Mario.
No sé quién es Mario, pero sé que está buenísimo y que anoche llevaba una camisa color malva con rayas blancas, que le quedaba de puta madre. Y que todo lo hace de puta madre. Y tres veces.

La verdad es que estaba impresionante, hermosísima y rubia con su boca más roja del mundo, con aquel brillo de demencia en sus ojos, y aquellas enormes tijeras en la mano, en alto, como la estatua de una valkiria en mármol veneciano, digna del mismo Leonardo. Joder, estaba preciosa.
No dijo una mierda, y acto seguido, tenía aquella cosa enorme y fría clavada en mi clavícula izquierda, y ella, dulcemente, sonreía y movía la pelvis como una culebra. Nunca se me había puesto tan dura.
Le di un puñetazo en la boca, en aquella boca que era la boca más roja del mundo, y Marie Sue, aunque ese no fuera su verdadero nombre, cayó encima mía como una muñeca de trapo. Me corrí.
La aparté hacia un lado de la cama. No estaba tan preciosa con la boca más roja del mundo hundida, ladeada como un cuadro ladeado, rara.
Tal vez no estaba tan preciosa porque acababa de clavarme a la cama con una herramienta de jardín. No lo sé.
Desclavé las tijeras del colchón y algunas plumas salieron volando por el aire. Me incorporé. Dejé en la mesita las enormes tijeras y tapándome la herida con la mano fui al baño. Mojé la toalla y me la puse en la clavícula.
Cuando volví, Marie Sue ya estaba muerta. Había huellas de barro en el suelo, y la puerta de la casa estaba abierta.
Luego sentí un golpe en la cabeza, todo se puso blanco, y cuando desperté, tenía la boca llena de arena y sangre seca en la cara. Hacía un calor de cojones.
No supe que aquello era el desierto de Arizona hasta que no me cayó encima el piano.
Cuando terminé de sacudirme todo aquel polvo de encima y me puse en pie, lo primero que hice fue cagarme en Dios, sin duda, el único culpable de que estadísticamente, si un piano de cola tenía que caerse del cielo en algún sitio, era allí, y a mí.

Las chicas de la mesa de al lado ya se han ido. Suena Police. Recuerdo que escuchaba a Police en el taxi de un colega, fumando porros, y hablado de Sidharta hasta el amanecer.

De lo de la rubia, a Dios, no le dije nada. No era la primera mujer que intentaba matarme. Pero de lo del piano, joder, sólo a Dios se le ocurriría hacer algo así, no creo que nadie más se molestara.

Encontré una nota en mi bolsillo. La leí varias veces mientras caminaba bajo el puto sol de aquel puto desierto que no se acababa nunca:
“La próxima vez tal vez no esté ahí para salvarte el culo”
Firmaba, “El defensor de los tíos que se meten en problemas con las rubias que te quieren clavar unas tijeras de podar en la clavícula”.

Ni puta idea. No sabía de qué iba todo aquello. Estaba vivo, y eso era lo importante. Pido otro café. Enciendo otro cigarro. Miro la calle.
Joder, qué solo estoy. La culpa es de esa mierda de canción, nunca me gustó esa canción, sobre todo la parte que dice “sin ti no soy nada”. La odio.
No es verdad. No la odio. Era muestra canción. De ella, mi ella y mía.
Al menos lo era hasta que lo eché todo a perder. Si le pudiera echar a Dios la culpa de aquello, como lo del piano, todo hubiera sido más fácil.
Después de ella no hubo nada. Excepto rubias con bocas rojas y tijeras de podar.
Al camarero le estalla otra granada en la boca y me pregunta que si está todo bien. Supongo que se refiere al café. No creo que sepa nada sobre ella, y cuánto la echo de menos. Le digo que sí, gracias, no necesito nada más, y cuando se aleja, sigo hablando solo, diciendo que, en realidad, no necesito ni respirar, para qué, si no me apetece, si todo es una tontería sin ella, mi ella, para qué, si me da igual que me caigan pianos de cola encima, no ves, cómo me sacudo el polvo, digo, da igual que me caiga un camión de dieciocho toneladas, “Sin ti no soy nada”, mierda de canción, da igual, mañana estaré en brazos de otra rubia con ganas de matarme, porque la llamo como a ella, mi ella, como a todas, en vez de Marie Sue, o Amanda, o Allison, da igual, y así, todos los días, y los días sin ella, mi ella, son más largos, condenadamente largos, no se acaban nunca, como el desierto de Arizona. Maldita sea. No, no estoy bien, estoy jodido, y ni siquiera tengo su número de teléfono. La llamaría, la llamaría y le diría, sí, ya sé que han pasado veinte años, pero aún te quiero, todo esto sin ti es una mierda, veinte años de mierda, yo soy una mierda. Me caen pianos encima. Me estoy quedando calvo. Hablo solo.

Los paraguas se han comido la cabeza de la gente. Sigue lloviendo. Lleva días lloviendo.
Siempre que llovía yo le pasaba a ella, mi ella el brazo por encima del hombro y la acercaba más a mí, debajo de un paraguas con flores grandes naranjas y amarillas, para que no se le mojara el pelo, que por entonces, aún era rubio como el trigo.

13 de noviembre de 2012

Sonata en Pi menor para hélices y amarras


Como si siempre fuera la primera vez de todo.
Como si el mundo me pariera ahora.
Elevarme, quizás, sobre la carne.
Sobre la ley de ningún dios ni de ninguna patria.
Crecer como un guisante.
Y un día, brotar como la sangre.

Un sólo grano en el desierto.
Un segundo de aire.
Un fragmento.
Tal vez un ave.

Dejaré de fumar.
La boca de mentir y de mis manos,
en vez de una siembra de uvas pasas
la luz de los candiles en la mesa.

Hablaré con los perros.
Comeré sólo la tierra que encuentre en el camino.
Me aprenderé en los charcos...

O no me acertaré.
Ni probaré bocado ni hablaré a los mastines, los olmos, los insectos.
No pondré sobre la mesa la llama que suceda.
Me fumaré la pasta, el cepillo de dientes.

Seguramente el vidrio, los ojos de tortuga.
La lluvia cayendo a toneladas.
Lo eterno de sin ti.
Montañas de cenizas donde no haga viento. Donde no haga viento.
Y enterrarme en lo muerto.
Pudrirme de raíces y gusanos y de larvas, des
h
a
c
er
m
e.
Preso del miedo y de la duda.
Hundirme y naufragar esta noche y las otras,
como si ya no me importara en absoluto, quién sabe,
estar vivo.

11 de noviembre de 2012

Página 64


...porque todos los tíos que se me han acercado sólo querían en realidad que mi cara bonita amaneciera en la almohada cada mañana. ¿Soy bonita? Yo no tengo la culpa. Soy más cosas que bonita. No quiero ser sólo bonita. Estudié bellas artes. Tengo un trabajo que me gusta. Mis portadas venden bien. Mejor que bien. Esta es la tercera trilogía que me encargan. No hay nadie que pinte las hadas como yo. No soy sólo bonita. Y Sé inglés. Y he estado en África. Y he vuelto. Y me cago en todos los tíos. Una cara bonita para correrse en ella. Para ir por la calle como un domador de caballos contigo a su lado como si fueras el último modelo de Ferrari. Soy más cosas. Soy todo lo demás.

-Tal vez no te haya encontrado la persona adecuada.

-¿Crees que alguien tiene que encontrarme?

-Es obvio. Te gustan las caricias. ¿Has visto esos, reportajes en la tele? Hay monitos que se pasan todo el día tocándose y abrazándose y hurgándose en los pelos los unos a los otros y...

-¿Y?

-Por mucho que te cagues en los tíos la verdad es que hace mucho que estás deseando que alguien te abrace. Que te abrace de verdad.

Grillos...grillos y silencio.

-¿No te molesta eso?

-A veces. Por la noche. Es una cosa aquí. Se mueve. Se mueve y duele. Hablo con él. Le digo que le he pintado de azul la habitación. Que he comprado una lampara que gira, y al girar, hace sombras en la pared, de peces de colores y sirenas.

-¿Cómo vas a llamarle?

-Me encanta girar.

-¿No lo sabes?

-¿Quieres que te enseñe a silbar?

9 de noviembre de 2012

Un haz de luz en el infierno


El amor se anda, es cierto, yo lo he visto.

-¿Me amas más que a nada en este mundo?

-Eres un egoísta.

-Ya sé que soy un egoísta. ¿Pero me amas más que a nada en este mundo?

-Te amo más allá de suficiente. Y amo otras cosas. Amo mis crías de delfín y mis arterias y la música celta y un millón de cosas más que amo. Y también te amo a ti.

La lluvia, ah sí, la lluvia. Ponte debajo. La lluvia moja.

-Yo quería ser escritor sabes...y, mira.

-No veo la diferencia entre serlo y no serlo. Lo que realmente me interesa de ti sigue estando en tus manos. Quítame tus manos y, te aseguro, que me dará exactamente igual que seas el presidente de la península Voltánica, un cantante famoso o el pitcher de los Yanquees de New York.

-Quería contarle al mundo grandes historias. Quería darles fe. Fe en algo.

-¿Y tú? ¿Y tu fe?

-Aún sigo aquí. A tu lado. Porque tengo fe.

-Y yo tengo en el aceite croquetas de jamón. No soy el sueño de nadie. Soy una mujer bajita, con las tetas a punto de caducar un día y este culo que tú dices que te encanta. Quería una de esas estúpidas casitas blancas. Esas cosas. Ahora lo único que quiero es que me ayudes a poner la mesa antes de que lleguen los niños del colegio.

El amor se pacta. Aunque no sé si eso es cierto.

-Y...no sé...¿qué eres?¿un Mesías?¿Te sientes un Mesías?

-Siento la necesidad de ver que a mi alrededor todo gira como en una perfecta maquinaria.

-El mundo no es perfecto. Nunca lo ha sido. Sólo es el mundo. Ya está. Acéptalo o sigue inventando que la vida es otra cosa sin tantas espinas. ¿Qué turno tienes mañana?

-De tarde. Con Julián. No soporto a Julián.

-No soportas a nadie.

-Te voy a comer de postre el chochito...

-Qué bien. Es lo mejor que has dicho en todo el día.

Pero de que se anda, de eso, estoy seguro.

3 de noviembre de 2012

Subwoofer


¿Sitetumtumtum
basdesnudo sobrel césped...d?
¿Eso es pecado?
¿Ver cómo briiiiiiiiiiiiiiillan las estrellas?
¿Es es es?
¿Matar un pájaro?

¿De qué?
Dime, coño, de qué depende.
Es sólo un pájaro.

Nunca he estado en Arizona, por ejemplo


No sabes nada de mí. No sabes cómo vi esparcirse los sesos de Bernardette Plummen por encima de la mesa. Ni qué borracho estaba. Ni que no sentí nada. Ni qué hacíamos allí.
Donde tú ves un vado permanente yo veo barquitos en los charcos.
No sabes que me dan miedo los perros, porque mi padre de pequeño me encerró en la habitación de los mastines un día entero.
No sabes cómo olvido. Con qué paciencia.
Donde tú ves el cielo encapotado, yo veo batallas que se libran en el cielo.
Ni cómo escucho los sonidos más allá de la ciudad, el canto de los grillos, el sol rompiendo contra el mundo, las hormigas buscando en los graneros, el humo de las fábricas de lino, la vena de los yonkis suspirando metadona, los martillos, el semen de los ciervos, los ríos correr bajo montañas, no sabes, no lo sabes, la vida pariendo en el desierto tormentas ancestrales.
No sabes cómo crujen, las ramas de los árboles.
Que todo es hermoso: la pintura oxidada de un andamio; las hojas secas; los pasos cebra; los envoltorios de chicle y las cajitas de cerilla y los talones y los grandes rascacielos de Dubai; un coño; el café del mediodia; los aviones de papel y los pescados del mercado con los ojos tan vueltos y brillantes; la hez de los caballos en el parque; la gorda del tercero; el preso en la ventana; los niños y las piedras; el hongo nuclear...no sabes cómo cantan los mástiles de barco.
Ni qué hacíamos allí. Sin banderas ni patrias ni oraciones. Tan solos.
Donde tú ves escaparates de zapatos, yo miro pájaros volando hacia mañana.
Que me gusta el tic tac de los relojes.
Disfrutar de una axila entre los dientes.
El silencio.
El silencio.
No sabes que siempre estaré triste.
Me miras como a un cuadro de Picasso.
No sabes y me inventas con trocitos de pelis de Meg Ryan.
No sabes que soy carne de anden ni que mis botas morirán un día conmigo lo más lejos de aquí, que sea posible. Tras los cristales. En el cosmos.

No sabes y dices que me quieres.

30 de octubre de 2012

Son tantos y yo sin munición


Otro mundo. Lo llamo Frikilandia porque lo mismo hay un orondo Buda flotando en la pared y sonriendo a no se sabe qué que al lado un dibujo muy serio y peripuesto a pastel de mi madre y mi padre cuando eran novios y no sabían de la vida sino que querían parecerse a los artistas de cine. Once tortugas once y una colección de muñequitos de esos que los niños se dejan olvidados en los bares cuando van con los mayores a devorar patatas fritas y hamburguesas, por ejemplo, un Rayo MacQueen rojo de plástico con las ruedas pinchadas; dos piratas, uno cojo y el otro con un parche en el ojo; un pingüino; bolas, bolas de esas pequeñas que rebotan y rebotan de aquí para allá de aquí para allá de aquí para allá de aquí para allá de aquí para allá; un caballo; un rinocerante; otro rinoceronte; un gato, una ardilla, más bolas de aquí para allá.
Klein, mi osito de peluche, que me ha visto comer kilos de mierda.
Y cajas. Cajas grandes y no. Con muchas cosas dentro. Cosas mías. Secretas.
La luz es de papel, suave y tibia como a mí me gusta que me amen.
Hasta tiene una ventana por donde escucho la lluvia caerme en las costillas; veo pasar las nubes; salir el sol; cruzar, el cielo muy de vez en cuando una estrella fugaz, de lado a lado.
Hay un mural enorme de New York brillando en la penumbra que da la lamparita con tela de cuadritos y pie de cedro blanco. Bombilla de cuarenta.
Mi sombrero y todo el polvo encima del camino. De un clavo. Ya para siempre, si es que los siempre existen. ¿A qué se aferra uno si no? Tampoco soy ya un globo. Los años pasan, como todo, por eso digo si los siempre a lo mejor...o no.
Un cepillo de dientes. Rosa. De Hello Kitty. Se pega al suelo con una ventosa. Libros. Libros que nunca he leído. Ni que voy a leer. Prefiero hacerme pajas viendo culos de negra en internet. Ya nunca leo. Sólo miro dentro.
Mi caja del tabaco, el mechero, cosas. Mi bote de agua de colonia.
Yolanda en un rincón. Esperando que un día le ponga cuerdas nuevas y me siente en la escalera a cantarle a la luna canciones bonitas de amor.
Un elefante que da los meses y los días y un gato de madera acostado en un diván.
Un timón que marca el Norte. O eso creo.
Un sofá tapizado de flores donde hacer el amor honradamente. Un Clow que baila desarmado al son de una balada triste si das cuerda. Un bote con pinceles. El tic tac de un reloj. Una vela, tres ángeles y un barco de nombre La Tirana.
De cualquier sitio, cuando menos te los esperas, aparece Marilú, la arañita parlante:“¿Cuánto hace ya de esa canción?¿Diez años?”.
Es mejor que no haber vivido.
¿Verdad Klein?
Y escuchar sin paraguas Purple Rain.
Con trocitos de, tengo una vida.
Sobreviviré. Aunque me muera en el intento.

24 de octubre de 2012

Introducción a la Mesopotamia de un señor entrado en años


“¡Borsinianos a mí!” Los Borsinianos son unos seres muy muy muy pequeñitos, que acuden en mi ayuda cuando Señora X me tiene acorralado. Me llevan lejos. Muy lejos. Muy muy lejos. Lejísimos. Y ella dale que dale con que si bla y que si tal y tal y bla del bla y que hay que ver que si no le estoy haciendo, bla bla bla, ni puto caso.
Los Borsinianos.
Primero desmolecularizan cada partícula de mi ser, y cada átomo de mi organismo, es reemplazado por otro, uno por uno de manera, que delante de sus narices, me voy sin irme.
“Porque que si esto porque si lo otro”
“Bla bla bla”
Y así hasta que se cansa.
Que no se cansa nunca. Era un decir.

No sé, a veces aparezco en el cañón del Colorado. Otras en el fondo del Océano. El caso es que está lejos. Lejos lejísimos.  

23 de octubre de 2012

Dime que el mundo no es redondo


Les escucho follar al otro lado de la pared. Ella se ríe como una condenada, con una risa hueca y voluminosa, como de capitana, de cueva de murciélagos, de tormenta, que lo inunda todo y convierte el silencio de mi habitación en una feria.
Él no es siempre el mismo. Igual tiene acento polaco, que al día siguiente francés, o italiano.
Follan mucho.
Duermo poco.

Cuando alquilé esta habitación nadie me dijo que al lado vivía una ninfómana, o lo que sea esa mujer.
Podría levantarme de la cama y llamar al timbre y decirle que tengo mucho sueño, mucho sueño, que si podría follar más bajito, no así, claro, que escucho, ruidos, podría decirle, ruidos raros toda la noche, hasta muy tarde, y que mire qué cara oiga, tengo hasta la lengua seca.
Pero para qué. Sólo estoy de paso, como siempre.
Y me gusta su risa.
Incluso enciendo un cigarro para escuchar cómo se ríe, y se ríe siempre igual, con ganas, hasta donde llegue, como si se estuviera tirando en paracaídas, y su risa, atraviesa los ladrillos, el cemento y la cal, el gotelex, el cuadro de un paisaje con ciervos y escopetas, y su risa, se me mete en el pecho y me lo infla, y siento como el corazón me hace clonk clonk y rebota como una pelota de pinball en las paredes del estomago.

Aunque hace un par de días, me puse a dar golpecitos en la pared, coño ya, que son las tres de la mañana, TOP TOP TOP, ni caso, si me quedo sin tabaco, joder joder si me quedo sin tabaco, TOP TOP TOP, ni puto caso.
Me he comprado un mp3. Uno gordo y grande.

Varios días más tarde …

-Hola.

Estaba cerrando la puerta de la habitación para ir al supermercado, y de la puerta de al lado ha salido una cabecita. Hola, digo.

-Tú eres el de los golpecitos en la pared ¿no?

Me quedo como se quedó el Cid Campeador, de piedra en mitad de la plaza del pueblo, pero sin caballo. De la cabecita, sale un cuerpo pequeñito y me dice que la perdone, que tiene una risa fácil, ya lo sé, ya lo sé, que tiene que reírse mucho, me dice, lo que pueda, y que si quiero un té verde, venga, y me coge de la manga de la camisa y me sienta en un sofá color ciruela y se va caminando como un pajarito hasta la cocina.

-¿Con azúcar?

Digo que sí con dos dedos en alto. Qué bonita es. Le brilla la cara como si fuera de acero inoxidable, de plata, de plata blanca.

Mira, yo- le digo-, no es por nada, pero … bueno que es que …

-Tengo un tumor en la cabeza del tamaño de un tomate.

Me dice.

Sólo estoy de paso joder, no me puede estar pasando esto.
Que no lo diga, que no lo diga.

-Y me voy a morir.

Vale.

-No soy ninguna ninfómana sabes- ¿ah no?, me pregunto-, y no me voy a tirar encima de ti ni nada de eso, sólo quería, pedirte disculpas, aunque lo voy a seguir haciendo, ya sabes, follar como una loca todo lo que pueda, y más cosas, pasear por el parque, jugar a los bolos, mirar el cielo, yo qué sé.

Miro el suelo. El suelo no es interesante. Hay migas de galletas, poco más.

-Me llamo María.

Y entonces es cuando algo desconocido sale de la nada y me mete dos hostias y todo en mí vibra como la cuerda del arco de Orzowei, na na na na na na na, Orzowei, na na na na na na na, y me levanto y casi a punto de llorar como un niño de primaria, le digo, no, no, no, y ella me dice que no qué qué qué, y yo le digo, agarrándola por los hombros, que no puede llamarse María, que por qué coño se llama María, por qué, por qué, no quiero que se llame María … Y me derrumbo en el sofá color ciruela, igual que un árbol amazónico.

-Te escucho en sueños-me dice-. Estas paredes son una mierda. Y roncas.

Yo no ronco.

-Hablas de mareas y relámpagos. Es bonito. Y es triste. Por eso es bonito. Hablas de cuánto la querías. De un fallo en el motor del barco. “Se lo dije, se lo dije”, eso dices, que no era día de salir al Mar. A veces te cagas en el Mar. La verdad es que no dejas de cagarte todo el tiempo en el Mar. Ya te digo, una mierda de paredes.

Tal vez ronque un poco.

Me pregunto como una risa tan grande puede caber en un cuerpo tan pequeño, me pregunto por qué se agacha y me coge de las manos, me pregunto por qué no hago nada por evitarlo, me pregunto como se puede estar tan bonita en pijama, me pregunto si ahora va a follarme, o qué.

Y entonces se me sube encima y se hace un ovillo entre mis brazos, igual que camina, como un pajarito, y cierra los ojos y me toca el pelo, y otra vez no hago nada, de hecho ya ni siquiera me pregunto, y dejo que me cante una canción de Alberto Cortez, que no me gustaba hasta que no la he escuchado construir castillos en el aire con su boca de flauta. Huele a sábanas recién planchadas.

Se queda dormida en el estribillo. Mi té se enfría y me fumaría un cigarrillo, arf arf arf, por Dios, un cigarrillo. Pero no pienso moverme. Podría no moverme nunca más.
Miro el techo y por momentos, mientras la escucho respirar, me olvido de que sólo estoy de paso, como siempre, buscando un sitio donde nadie, haya oído hablar del Mar.

22 de octubre de 2012

La extraña desaparición de Jódoroh Talóv


El seis de diciembre de 1935 Jódoroh Talóv entró al cuarto de baño de su casa y nunca más salió.
No había ventanas.
Y no crean lo que dicen los periódicos. La verdadera historia de Jódoroh Talóv, ocurrió como sigue a continuación:

Jódoroh Talóv abrió la llave del grifo, plegó su cuerpo en doce triángulos equiláteros y se puso a flotar en la bañera. Luego quitó el tapón, y en pocos segundos, navegaba cañería abajo, hacia un mundo mejor, su verdadero, y único sueño.

Cruzó Alabama a cuatro metros bajo el suelo, y en Tuscaloosa, un sistema de aspersión lo escupió a la superficie, donde una vez seco, volvió a doblarse nuevamente hasta convertirse en una pajarita de papel que se elevó sobre la faz de la tierra, y antes de abandonar la atmósfera, explosionó cayendo en forma de confeti sobre toda la humanidad.

Aún hay algo de Jódoroh en todos nosotros desde entonces.

Cuando pides un café y te ponen una porquería y tú dices “gracias” y te lo tomas y te sienta como una patada en los cojones pero te lo tomas y sonríes, eres Jódoroh.
Cuando quieres decirle a la cajera del súper que te importa una mierda que tenga un niño con el síndrome de Down, que llevas diez minutos en la cola, y no dices nada. Cuando te quedas mirando un bebé que te observa fijamente en el semáforo desde su carrito y luego miras a su madre y piensas: “Está buenísima, me la follaría”, y automáticamente después piensas: “No, joder, tiene una sonrisa preciosa”. Cuando te acuerdas de los pájaros, cuando miras al Mar, al horizonte, a los ojos de tu novia, sin que te importe que alguien esté viendo como te estremeces, cuando te llevas a la boca un cigarro del revés y te quemas los labios y alguien que te ama está allí para decirte lo estúpido que eres, pero te llena la boca de saliva y te dice sana sana culito de rana si no sana hoy sanará mañana, y te da un beso y tú, tú no sabes si aquello es el cielo o qué, y dejas de cagarte en todo, y la abrazas, y le dices que la quieres, y que ahora te vas a cortar cuatro dedos para que nunca deje de abrazarte así. Cuando todo continua orbitando a tu alrededor sobre su eje, eres Jódoroh.
Y si no te importa que te amen mujeres estrábicas, feas, cojas, gordas, eres Jódoroh, y si te quedas parado mirando las cosas que hay tiradas por el suelo y te descubres agachándote a ver que pone en ese papelito- “Bah, una lista de la compra” -, a ver si es una carta de amor, o una despedida, o un mensaje divino que diga “Dobla la esquina, y serás feliz”, y cierras los ojos y la doblas y no pasa nada, pero casi has sido feliz, cuando perdonas a la gente que te hizo mucho daño, aunque sólo sea porque has pasado los setenta, eres Jódoroh.
Y si acaso no has entendido nada sobre Jódoroh, tal vez sea porque no estabas allí el día que llovió confeti de los cielos. No importa. Fue hermoso. Lo más hermoso que he visto jamás hacer a alguien.
En cualquier caso, paga tus deudas, cómprate un coche mejor y más grande, el más grande, cosas que no necesites, divide, divide siempre y vencerás, y haz infelices a muchas personas, sin que se note, jódelo todo, ya sabes, eres el rey del universo, la vida es dura, sí, que se jodan, al fin y al cabo, Jódoroh, sólo era un idiota.