9 de enero de 2012

Acto tercero


“No estamos solos”, le dijo dejando resbalar todo su peso sobre aquel taladro incandescente que Jimmy Boy tenía entre las piernas, hasta el fondo y entonces, la niña de los ojos le ocupó todo el rostro y de la boca, empezó a dar a luz demonios que susurraban al oído en francés cosas guarras, y de las manos, serpientes con muchas cabezas que treparon hasta su espalda y le arrancaron de un tajo la piel a tiras, mientras La Belle Montenegro se transformaba encima suyo en un caballo negro de pezuñas brillantes y una crin con tormentas que anunciaban volcanes.


Luego fumaron con la cabeza apoyada en la pared un cigarro impregnado en aceite de Ketama, que sumió la habitación en un estado de letargo cuya niebla se escapaba por debajo de la puerta hasta la calle:

“-¿Cuánto valgo?

-Siete mil dólares.

-¿Y piensas cobrarlos?

-No mato ángeles.
Coge tus cosas.
Nos vamos a Detroit”.