8 de enero de 2012

Me estaba limando las uñas y de pronto...


Mi abuelo me regaló una radio pequeña con dos botones, azul, no como el cielo, más, no sé, yo era una niña y no distinguía demasiado los colores, porque todos eran bonitos, aunque el rojo de la sangre de mi madre sin dientes en las puertas de los muebles de cocina, daba un poco de miedo, y solía correr a esconderme por si acaso, mi padre no se había cansado de escupir diablos por la boca y machacar con su anillo de oro aquella estúpida sonrisa, decía mi padre, de mona vestida de seda.

Lo primero que escuché en aquella radio fue que el precio de las espinacas, había bajado siete céntimos.

Hace viento en la ventana.
Las hojas del naranjo se abrazan a la trama de una mano invisible que las mece y las lame con su lengua de gato y que las riza como pasta italiana y como bucles de concierto.
Es precioso. Como en una película japonesa, que vi, donde un cerezo en flor, salía en primer plano deshojándose pétalo tras pétalo, durante más de media hora.
Putos japoneses.

¿Qué voy a hacer con estas manos, el resto de mi vida?