12 de enero de 2012

Permítanme que me presente


Miro el pequeño icono de la batería del mp3. Verde. Me meto hasta el cerebro los auriculares con la punta de los dedos. Cierro la puerta. Bajo las escaleras. Salgo a la calle. Nunca sé donde voy cuando voy a ningún sitio.
La calle está llena de naranjos. Hay un gato esperando en el portal a que Juana le ponga en el peldaño las raspas de la cena de anoche. “Tengo un tumor en la espalda. He estado trece días ingresada. No saben, dicen”. Imagino esa esquina sin Juana, barriendo las hojas en la acera, del próximo otoño. Una franja de humo blanco cruza el cielo. ¿Dónde irá? Tan alto. Tan lejos.
Enciendo un cigarrilo debajo del sombrero, pulso play, y me pongo a caminar.

Marilú, la arañita parlante, estuvo ayer hablando conmigo:

“¿Nunca te has preguntado que diría ella si te escuchara decir te amo en voz alta y en mitad de la noche todas las noches? ¿Recuerdas cuántas veces no se lo dijiste?”

Marilú cree que mi comportamiento no es, normal, porque, según su infalible sentido arácnido debería estar gestionando mi tiempo de una manera infinitamente menos lamentable. Textualmente.

Hace mucho que no tengo un buen día:

“ Se me olvida su rostro...A veces. Me voy a la cama Marilú, que descanses”.

Normalmente, la hubiera llamado hija de puta. Le hubiera tirado un zapato. Le aterroriza la palabra microondas. “Microondas microondas microondas”.

Se me olvidan los días. A veces las semanas. Las voces. Se me olvida como olían las sábanas con ella.

¿También tengo la culpa de que llueva?