16 de abril de 2012

Recuerdo que la hierba se mecía, muy lentamente


Bernardette Plumen había terminado en Austria por culpa de un marchante francés que la tenía de querida en un pisito cerca de los alpes, lejos de París y los jardines del chateau en propiedad donde todos los domingos sacaba a pasear a su esposa Gorda fea y millonaria hasta que se cansaba de dar vueltas en su silla de ruedas alrededor de una fuente traída desde Atracia y le decía: “Tu puta nueva se parece a Kelly Michigan. Siempre has sido un insecto. Hace frío. Llévame a casa”.
Kelly fue reina del baile del setenta. Una guarra. Eso decían.

Bernardette había conocido al Ruso en una cantina tiloresa una noche de tantas después de que la Gorda le quitara a los niños, todavía no se sabe ni por cuánto ni cómo consiguió aquellas fotos donde ella salía metiéndose una aguja por las venas del tobillo y los ojos de una rata.
Al Ruso nunca le importó que aquella misma noche te volaras o no la cabeza, era, como de mármol, y nunca nadie le había visto sonreir. Pagaba en dólares. Pagaba bien.
En realidad todo era cuestión de suerte. Con sólo un poco, después del click seguías respirando.

Hablé una vez con Bernardette. La única. La última. Dos días después los sesos le caían a chorros por la pared de aquella mierda de garito, como si alguien hubiese metido su cerebro en un bote de spray y hubiera pintado a su antojo toda aquella habitación.
Una sóla bala.
Una vuelta de tambor.
Un sólo click.
Pero nada de suerte. Ni sólo un poco.

Tenía los ojos verdes.
No hablamos mucho.
“¿Tienes fuego?”.
Supongo, que eran verdes.