8 de abril de 2012

Siempre que a la caída de la tarde


El niño Ugalde, Galindo, dedicaba las tardes del domingo entre otras muchas cosas más o menos extrañas a estar solo si llovía y a andar descalzo por los charcos y si no, a mirar debajo de la túnica de la Virgen después de misa de las ocho a ver si tenía bragas, y era verdad lo que los viejos, golpeando la mesa con el puño del bastón hasta que no quedaba en pie ni una de las fichas del dominó, decían de las madres, de las madres de antes, y de que perdían el juicio y se meaban encima cuando le traían a la puerta al hijo cosido a puñaladas o muerto de una coz, no como ahora, que iban de cama en cama de reputa con cualquiera de los primos y así nacían los niños, del revés, como el Galindo, que no los quería nadie, de lo feos que eran y lo poco iluminados de mollera, hasta el punto, de que a más de una le habían entrado ganas de dejar una canasta en el portal donde las monjas, con una nota que dijera, usted sabrá.
Y digo entre otras muchas, porque a Galindo también se le había metido en la cabeza ponerse a averiguar por qué en la casa de Matilde Mujica todo estaba puesto donde tenía que estar y no donde tendría que haber estado para siempre, que era la ropa tirada por el suelo y los zapatos tirados por el suelo y las sillas y el aliento y casi todo y el hielo de los vasos y ella y su Juan Capitán tirados por el suelo como antes, como antes de estar limpiando para siempre el polvo de meses y de años ya de encima de las colecciones de barquitos veleros con nombres de mujer de cuatro letras metidos en botella que su Juan Capitán ahogado frente a las costas del Marfil había hecho con sus propias manos cuando estaba en tierra firme, con las mismas de aferrarla por el culo y abrirla en canal como a una cerda de corral, su Juan, tan alto y tan guapo y tan, tan pendenciero con las olas de un Mar que le había jurado amor eterno, y lo había cumplido.
Mirando ver caer como caían las hojas de los árboles frutales, el niño Ugalde se había preguntado muchas veces a ras de un horizonte de manzanos si a su padre, también se lo había tragado el Mar, y que por eso, se había criado en un convento, lejos del pueblo.